En el desquiciado desorden que caracteriza desde el año 2020 a la situación mundial, la palabra neoliberalismo sigue viva a pesar de que muchas de sus creencias y los modelos neoliberales de capitalismo y globalización que durante cuatro décadas organizaron el mundo han comenzado a desmoronarse. Mientras que el neoliberalismo, tanto en su vertiente de doctrina económica operativa como en su condición de corriente ideológica dominante, es más cosa del pasado que del futuro, ideas y propuestas que identificamos como neoliberales siguen formando parte del debate político y la conversación pública.
Este número de “Gaceta Sindical: reflexión y debate” pretende por ello tener en cuenta las nuevas estructuras económicas, éticas y sociales que ya operan en las políticas existentes. No se trata de un listado cerrado de preocupaciones, pero los artículos que aquí se publican nos pueden ayudar a identificar la magnitud del cambio que estamos viviendo y pueden orientarnos para poder combatir los peores efectos de esa transición que ya vislumbramos. Vivimos un periodo frontera, en el que todavía hay rasgos del neoliberalismo anterior pero ya se percibe una superación de algunos de los mitos fundacionales del mismo.
Durante aproximadamente cuatro décadas, entre 1980 y 2020, el neoliberalismo gobernó el mundo y lo hizo girar al ritmo que marcaban los países y sectores sociales más poderosos, que se enriquecieron como nunca lo habían hecho. Durante ese reinado neoliberal, una parte significativa de las clases trabajadoras del mundo capitalista desarrollado perdieron salarios reales, empleos manufactureros bien remunerados y protección social, lo que contribuyó a su alejamiento de las fuerzas de izquierdas que anteriormente habían representado sus intereses. El desigual impacto económico, social y territorial de las políticas neoliberales puede considerarse una de las causas que explican la paradójica situación actua, en la que el neoliberalismo decae mientras los debates sobre el neoliberalismo siguen resonando en la opinión pública.
En ámbitos académicos, la hegemonía neoliberal, el desempeño de sus políticas o el discurrir de sus diferentes facciones y versiones ocuparon un papel relevante en las tareas de análisis que han enriquecido la comprensión de esa época histórica y de las ideas y políticas que la sustentaron.
En años más recientes, a raíz de la profunda crisis multidimensional que ocasionó en 2020 la pandemia del covid-19 y dejó de nuevo al descubierto, como en la crisis financiera global de 2008, el fracaso de los principios y las políticas neoliberales para afrontarla, el análisis abordó también los posibles futuros del neoliberalismo, barajándose hipótesis y respuestas para todos los gustos. Habrá que esperar algún tiempo para que los hechos y los datos permitan atisbar qué escenario, entre los muchos posibles, acaba asentándose.
¿De qué hablamos cuando hablamos del neoliberalismo?
Dado que se trata de un término con múltiples interpretaciones cargadas de connotaciones políticas e ideológicas y que, a menudo, se utiliza como línea de confrontación entre las izquierdas, que suelen denigrarlo, y las derechas, que generalmente lo ensalzan, convendría examinar algunas de las definiciones que sirven de telón de fondo a los debates sobre el neoliberalismo.
La Real Academia Española (RAE) ofrece una definición vaga: “Teoría política y económica que tiende a reducir al mínimo la intervención del Estado”. Puede ser un buen punto de partida, pero no es suficiente para delimitar el contorno o identificar los diversos componentes y las principales características del neoliberalismo. Un par de distinciones ayudarían a enriquecer esa definición y a entender el fenómeno.
Primera, esa mínima intervención estatal no fue tan mínima. Numerosos terrenos y actividades recibieron una atención prioritaria: seguridad nacional y defensa, orden público, control de fronteras o acción gubernamental orientada a liberar capacidades empresariales y eliminar restricciones a la incesante búsqueda de rentabilidad. Sin olvidar los notables recursos públicos dedicados a desarrollar un marco normativo e institucional caracterizado por la existencia de derechos de propiedad privada robustos, mercados desregulados y libre comercio internacional con instituciones y reglas globales que lo propiciaran.
Segunda, el neoliberalismo no está vertebrado por la única idea del Estado mínimo. Lo componen también una teoría económica, un proyecto político, modelos particulares de funcionamiento del capitalismo y la globalización o una ideología y un conjunto de creencias que dan sentido y justifican a los diversos componentes del engranaje neoliberal. Así, por ejemplo, la creencia ahistórica de que el mercado surge espontáneamente y siempre asigna eficientemente los recursos, heredada del liberalismo clásico, desembocó en acciones normativas destinadas a minimizar el gasto público, limitar la intervención económica del Estado y ofrecer a la iniciativa privada parte de la gestión de unos bienes públicos menguantes.
Más allá del significado que ofrece la RAE se encuentran descripciones con mayor densidad ideológica y más implicadas en la lucha política y la batalla cultural.
Las izquierdas suelen aceptar las ideas que denuncian al neoliberalismo como un proyecto de clase que pretende restablecer las condiciones de acumulación del capital, restaurar el poder de las elites económicas y extraer rentas y riquezas a favor del capital (David Harvey, 2005). Y subrayan el escaso interés mostrado por las fuerzas neoliberales en la defensa de los valores democráticos o su connivencia con regímenes dictatoriales.
Las derechas, por su parte, acostumbran a defender las bondades y ventajas de un orden competitivo que genera prosperidad, protege la libertad individual y coordina conocimientos dispersos en la sociedad y muy diferentes decisiones y acciones de los individuos gracias a unos mercados libres, un marco institucional apropiado y un Estado limitado (Friedrich Hayek, 1947). Y destacan el fracaso histórico del socialismo y de las políticas y concepciones keynesianas en los objetivos fundamentales de sostener de forma duradera el crecimiento económico y la libertad de los individuos.
Este tipo de descripciones ayudaron a izquierdas y a derechas a estructurar sus opiniones y a construir relatos coherentes que se acomodaban bien a las necesidades de suministrar munición a las pugnas políticas y las batallas culturales en las etapas de ascenso y auge del neoliberalismo, pero en el momento actual de búsqueda de un nuevo orden global han perdido buena parte de esa utilidad.
En 2025, Estados Unidos, la gran potencia que fue una de las principales beneficiarias del dominio neoliberal, dio la espalda a los modelos de globalización y capitalismo neoliberales. La administración Trump y los poderes que la respaldan consideran que esos modelos y políticas neoliberales ya no resultan beneficiosos para los intereses estadounidenses o benefician más a los de sus competidores y buscan nuevos soportes institucionales y herramientas políticas para preservar la hegemonía mundial de Estados Unidos y debilitar a China, su principal rival sistémico. El neoliberalismo comienza así un periodo de descomposición en el que la razón de la fuerza pasa a ocupar una posición preponderante. En esa nueva situación, una parte sustancial de la conversación pública en torno al neoliberalismo se nutre de inercias de un pasado que está en pleno proceso de deconstrucción o ha dejado de existir.
¿Qué rasgos del neoliberalismo están desapareciendo?
Las ideas y la acción política de Trump en el primer año de su segundo mandato presidencial permiten identificar qué características del neoliberalismo se desdibujan o decaen.
En primer lugar, la colaboración económica de Estados Unidos con sus tradicionales socios occidentales y los tratados de libre comercio dejan de considerarse fuentes de beneficios mutuos y son desplazados por guerras comerciales, imposiciones arancelarias y amenazas militares. En paralelo, las ventajas de la especialización productiva y la deslocalización internacional de capitales y actividades económicas dejan de ser apreciadas. En ese nuevo contexto, las instituciones y normas multilaterales que eran un incentivo para la colaboración, facilitaban el cumplimiento de los acuerdos y disponían de autoridad para imponer sanciones o prevenir y desescalar conflictos pierden protagonismo y son ignoradas o cuestionadas.
En segundo lugar, las autoridades gubernamentales dejan de promover y justificar el libre movimiento internacional de factores productivos porque consideran que puede perjudicar la actividad económica doméstica y crear vulnerabilidades y dependencias. Del mismo modo, la creencia en que el Estado debe interferir lo menos posible en la asignación de recursos productivos, la oferta de bienes o la regulación de los mercados se sustituye por una creciente intervención pública en la definición de los objetivos económicos y en la regulación a favor de los sectores y empresas que se encargarán de cumplir esos objetivos. Así, la reindustrialización, la relocalización de empresas y actividades económicas, el apoyo financiero y fiscal a empresas y sectores que se consideran estratégicos, el impulso de campeones empresariales globales y la intervención diplomática y militar para conseguir nuevos mercados y contratos a las empresas nacionales o evitar que otros Estados apliquen normas administrativas o fiscales que sean consideradas perjudiciales o abusivas, han pasado a ser tareas estatales tan legítimas como esenciales.
En tercer lugar, el cosmopolitismo ideológico sustentado en intereses y valores universales que facilitaban el reconocimiento de la pluralidad de identidades nacionales existentes y la cooperación entre países se sustituye por ideologías nacionalistas excluyentes que cuestionan las reglas e instituciones globales de carácter multilateral. El resultado es que los países se preparan para defender sus intereses, integridad territorial y soberanía nacional mediante una fuerza militar capaz de disuadir o imponerse.
Éstas son algunas de las novedades que muestran hasta qué punto la ideología y las políticas neoliberales se están deshilachando y son sustituidas por ideas y políticas más intervencionistas, más agresivas y menos cooperativas. Además, lo que quedaba en el neoliberalismo de los valores liberales vinculados a los derechos humanos, la democracia o la igualdad civil sufre un fuerte acoso y experimenta un franco retroceso.
En todo caso, del pensamiento neoliberal quedan restos, algunos componentes e inercias. Por ejemplo, la extrema admiración por el beneficio y la riqueza patrimonial, la presión política y cultural a favor del recorte de impuestos, especialmente de los que afectan a las rentas del capital, a las altas rentas del trabajo y a los grandes patrimonios y herencias, o el culto al crecimiento económico, sin reparar en los costes relacionados con externalidades, impactos sociales y medioambientales o consecuencias en términos de desigualdad y cambio climático.
Respecto al modelo de globalización neoliberal, no cabe dar por hecho que su descomposición vaya a suponer la desaparición de la globalización. Hay demasiados intereses en juego y muchos actores económicos que intentarán preservar parte de la globalización alcanzada y ensayarán nuevas vías y modos para lograrlo. Pero las presiones y tendencias ya existentes apuntan a unos intercambios comerciales globales más limitados o fragmentados; unos movimientos financieros internacionales sometidos a mayores restricciones; y unas cadenas de valor y suministro menos extensas y complejas que las que se construyeron tras la implosión en 1989 de los sistemas de tipo soviético en Europa, la integración de la economía china en el mercado mundial o la aplicación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en los procesos globales de producción y comercialización.
La decadencia del modelo capitalista neoliberal tampoco presupone la muerte del sistema capitalista, que no ha agotado su capacidad de impulsar la acumulación de capital, está demostrando su reconocida flexibilidad para adaptarse a las nuevas condiciones de un mundo convulso y cuenta con el apoyo de grandes poderes nacionales y globales. Las características del nuevo modelo capitalista por construir están por ver y serán el resultado de las pugnas y los acuerdos entre los muchos agentes políticos, económicos y sociales capaces de participar e influir en su construcción.
Apuntes y conclusiones finales
La demolición del neoliberalismo a la que estamos asistiendo no implica ni deja de implicar la desaparición de la globalización o el capitalismo. En el corto o el medio plazo en los que tiene sentido hacer previsiones fundamentadas, el capitalismo seguirá vivo, seguramente con otros ropajes y un nuevo modelo, y la globalización, quizás demediada, más fragmentada y con mayores conflictos, sobrevivirá.
Lo que nadie sabe ni puede saber es cuándo o qué modelos sustituirán a los anteriores modelos de capitalismo y globalización neoliberales que están desmantelándose. Entre otras cosas, porque dependerá de lo que hagan los muchos actores y poderes que ya están influyendo o intentarán influir en los procesos de cambio y transformación que se han iniciado.
Ni los análisis ni la imaginación pueden sustituir a la acción política o la lucha social. Las reflexiones y los debates públicos sirven de inspiración al qué hacer, pero lo decisivo para impulsar los cambios y defender los derechos y libertades de las grandes mayorías sociales seguirá siendo construir organización y fraguar amplias alianzas democráticas y progresistas. Serán imprescindibles fuerzas políticas, sindicales, sociales y culturales capaces de escuchar y representar a la mayoría social, defender sus condiciones de vida y reforzar los valores y las prácticas sociales que facilitan el diálogo, la convivencia y la democracia.
Creo que vale la pena terminar estas reflexiones con una breve incursión sobre la maleabilidad del lenguaje. Me serviré para ello de una de las citas más repetidas cuando se trata de pensar en el uso y el significado de las palabras. Se encuentra en una conocida obra de Lewis Carroll, cuya segunda parte, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, se publicó en 1871:
“-Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso-, significa lo que yo quiero que signifique…, ni más ni menos.
-La cuestión es -dijo Alicia- si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión es -dijo Humpty Dumpty- quién es el amo…, eso es todo”.
En el cuento de Alicia, al igual que en cualquier espacio cerrado a influencias externas, Humpty Dumpty tiene razón, porque las palabras sirven de trincheras y casamatas que evitan influencias externas e impiden que el árbol eternamente de la vida se cuele en su interior y acabe trastocando los significados que el poder y la costumbre imponen. Pero la duda que plantea Alicia es relevante, porque en la república de las palabras son el pueblo o la comunidad de usuarios de un idioma los soberanos que determinan el sentido más extendido de cada palabra. O así era hasta el extraordinario desarrollo de las nuevas tecnologías y la enorme influencia de los nuevos canales de información, desinformación y comunicación.
La pretensión de esta introducción es proporcionar un relativamente amplio marco de referencias para el diálogo y la reflexión a propósito del neoliberalismo y de lo que queda de las ideas, teorías y políticas que sustentaron su hegemonía. También, señalar algunos escollos que pueden hacer naufragar el debate o dificultar la conversación. Escollos como, por ejemplo, los siguientes: agotarse en el intento de adivinar el futuro o qué sucesor del neoliberalismo acabará imponiéndose; confundir la actual deconstrucción de los modelos neoliberales de globalización y capitalismo con el fin del capitalismo y la globalización; descartar toda posibilidad a que algunos de los rasgos del neoliberalismo sigan siendo funcionales durante un más o menos largo periodo de decadencia o, en su caso, encuentren acomodo en los nuevos modelos de globalización y capitalismo que están por construir y por nombrar; sustituir la pausa con la que debe encararse el análisis (siempre abierto, inconcluso y a la espera de nuevos datos, indicios y pruebas) por la inmediatez, la pasión o la contundencia que requieren los relatos políticos.