Europa en un orden internacional en transición
La Unión Europea atraviesa una transformación estructural que ya no puede explicarse como una simple sucesión de crisis. Lo que está cambiando es el marco mismo de posibilidades en el que Europa actúa. Durante décadas, el proceso de integración europea se consolidó en un entorno de relativa estabilidad geopolítica y económica. Ese entorno se caracterizaba por la expansión del comercio internacional, la vigencia de instituciones multilaterales relativamente estables y la garantía de seguridad proporcionada por la alianza transatlántica. Hoy, sin embargo, ese contexto se está transformando bajo el impacto combinado de la rivalidad entre grandes potencias, la creciente utilización de instrumentos económicos con fines geopolíticos y la erosión de algunos de los pilares del orden liberal internacional.
La competencia estratégica entre Estados Unidos y China se ha convertido en el eje organizador de buena parte de esta transición. Esta rivalidad redefine las reglas del juego internacional y desplaza el foco de la competencia hacia ámbitos como la tecnología, las cadenas de suministro, la energía o el control de infraestructuras críticas. En este contexto, la interdependencia económica deja de ser únicamente un mecanismo de eficiencia y se convierte también en una fuente potencial de vulnerabilidad estratégica, lo que algunos autores han denominado weaponized interdependence (Farrell & Newman, 2019).
Este cambio de contexto obliga a formular una pregunta fundamental para el futuro del proyecto europeo: ¿qué lugar ocupará la Unión Europea en el nuevo equilibrio internacional? En un sistema global cada vez más marcado por la competencia entre grandes potencias, la UE se enfrenta a una tensión creciente entre dos horizontes posibles: la autonomía estratégica y la dependencia funcional.
La autonomía estratégica no implica autosuficiencia ni aislamiento. Se refiere, más bien, a la capacidad de tomar decisiones políticas propias en ámbitos críticos sin depender estructuralmente de actores externos. Implica poder definir prioridades, sostener políticas industriales o tecnológicas y mantener alianzas sin que esas decisiones queden condicionadas por dependencias estructurales en sectores estratégicos. El concepto de dependencia o “vasallaje” no debe entenderse aquí en términos formales o jerárquicos, sino como una situación en la que la capacidad de decisión política se ve limitada por la dependencia tecnológica, energética, financiera o militar.
El modelo europeo de integración se desarrolló durante décadas en un contexto que permitía externalizar parte de estas funciones estratégicas. Tras la Segunda Guerra Mundial, la seguridad europea se articuló en torno al paraguas militar estadounidense y a la arquitectura institucional de la OTAN. Este marco permitió que el proceso de integración se concentrara en la construcción del mercado interior, la convergencia económica y la consolidación del Estado social, mientras las cuestiones relacionadas con el poder militar y la seguridad estratégica permanecían en gran medida externalizadas.
Con el tiempo, la Unión Europea desarrolló una notable capacidad regulatoria que le permitió proyectar normas y estándares más allá de sus fronteras. Este fenómeno ha sido descrito como el Brussels Effect, es decir, la capacidad de la regulación europea para convertirse en referencia global en ámbitos como la competencia, la protección de datos o la regulación del mercado digital (Bradford, 2020). Sin embargo, la capacidad normativa no sustituye a la capacidad material. En un entorno de rivalidad sistémica, regular sin producir o innovar en sectores críticos limita el margen de autonomía estratégica.
La guerra de Ucrania ha actuado como un catalizador de esta toma de conciencia. El conflicto no creó las vulnerabilidades estructurales europeas, pero sí las hizo visibles de forma simultánea. La dependencia energética acumulada durante décadas se reveló como un riesgo estratégico de primer orden, obligando a la Unión a combinar sanciones económicas, apoyo militar a Ucrania y una rápida reconfiguración de su política energética.
La respuesta institucional se articuló en torno al programa REPowerEU, orientado a reducir la dependencia de combustibles fósiles rusos y acelerar la transición hacia energías renovables (European Commission, 2022). Sin embargo, esta transición también genera nuevas dependencias, especialmente en minerales críticos necesarios para tecnologías verdes y electrificación industrial.
A la dimensión energética se suma la dimensión tecnológica. En la economía política contemporánea, el control de tecnologías avanzadas –como los semiconductores, la inteligencia artificial o la computación de alto rendimiento– se ha convertido en un determinante central del poder internacional. En varios de estos sectores, Europa depende todavía de proveedores externos u ocupa posiciones intermedias dentro de las cadenas globales de valor.
En este contexto, la relación transatlántica continúa siendo fundamental para la seguridad europea, pero se desarrolla en un entorno estratégico diferente al de décadas anteriores. La política exterior estadounidense ha reorientado progresivamente sus prioridades hacia la competencia estratégica con China, lo que afecta inevitablemente a la forma en que se articula la cooperación con Europa.
Al mismo tiempo, la Unión Europea continúa operando con una arquitectura institucional incompleta en ámbitos clave como la política fiscal, la política industrial o la defensa. Esta combinación de presión externa y limitaciones internas plantea un dilema estratégico para el proyecto europeo.
La cuestión central que aborda este artículo es hasta qué punto la Unión Europea podrá desarrollar las capacidades necesarias para actuar como actor estratégico en el nuevo orden internacional o si, por el contrario, su posición tenderá a evolucionar hacia formas de dependencia funcional dentro de un sistema dominado por potencias continentales con mayores capacidades industriales, tecnológicas y fiscales.
2. La reconfiguración del vínculo transatlántico
Si la transformación del orden internacional constituye el primer elemento del nuevo contexto estratégico europeo, el segundo es la evolución del vínculo transatlántico. Durante décadas, la relación entre Estados Unidos y Europa funcionó como uno de los pilares centrales de la estabilidad política y de seguridad del continente. La arquitectura de defensa descansaba en la OTAN, el liderazgo estratégico estadounidense actuaba como garantía última de seguridad y la interdependencia económica transatlántica se interpretaba como parte de un mismo espacio político occidental.
Sin embargo, el contexto geopolítico actual obliga a revisar este esquema con mayor realismo. La política exterior estadounidense ha experimentado en los últimos años un desplazamiento progresivo de prioridades hacia la competencia estratégica con China. Este cambio no es únicamente discursivo. Se refleja en decisiones industriales, tecnológicas y comerciales orientadas a reforzar la base productiva estadounidense y a limitar la transferencia de tecnologías estratégicas hacia sus principales competidores.
Este giro comenzó a institucionalizarse ya durante la primera administración Trump. La National Security Strategy de 2017 definió explícitamente a China y Rusia como potencias revisionistas que desafiaban el poder y la influencia de Estados Unidos. Este enfoque se ha mantenido posteriormente en los documentos estratégicos estadounidenses más recientes, que sitúan la competencia con China en el centro de la política exterior y de seguridad nacional (The White House, 2022).
La rivalidad sistémica entre Estados Unidos y China tiene implicaciones directas para Europa. La política industrial estadounidense ha adquirido una dimensión explícitamente estratégica, orientada a fortalecer sectores considerados críticos para la seguridad nacional y la competitividad económica. Programas de incentivos fiscales, subsidios industriales y políticas de relocalización productiva forman parte de esta estrategia más amplia de reorganización de las cadenas de suministro globales.
Para la Unión Europea esta evolución plantea un desafío complejo. Por un lado, el vínculo transatlántico sigue siendo fundamental para la seguridad europea, especialmente en el contexto de la guerra de Ucrania y del papel central que la OTAN continúa desempeñando en la arquitectura de defensa del continente. Por otro lado, las políticas industriales y tecnológicas estadounidenses pueden generar efectos indirectos sobre la economía europea.
Uno de los ámbitos donde esta tensión resulta más visible es el tecnológico. La brecha europea en sectores como los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial o la computación de alto rendimiento ha sido reconocida por las propias instituciones europeas. El European Chips Act se diseñó precisamente para reforzar la capacidad europea de producción de semiconductores y reducir dependencias externas en un sector considerado crítico para la soberanía tecnológica (European Parliament & Council, 2023).
El problema no se limita a un único sector. Informes recientes sobre la competitividad europea han señalado que la fragmentación del mercado interior, la limitada integración del mercado de capitales y la escala relativamente reducida de la inversión tecnológica dificultan la capacidad de la Unión para competir con economías continentales como Estados Unidos o China (European Commission, 2024). Cuando Washington adopta políticas destinadas a atraer inversión y producción estratégica a su territorio, Europa se enfrenta al riesgo de deslocalización de actividades industriales hacia el mercado estadounidense.
Las fricciones comerciales recientes reflejan este contexto. Las tensiones en torno a subsidios industriales, incentivos fiscales o políticas de transición energética han generado preocupación en Bruselas por posibles distorsiones de competencia dentro del espacio transatlántico. Si la política industrial se consolida como instrumento central de competencia geoeconómica, la asimetría fiscal entre Estados Unidos y la Unión Europea adquiere una relevancia estructural.
A estas tensiones económicas se suma una dimensión política más amplia. La relación transatlántica continúa siendo un elemento central de la política exterior europea, pero la creciente autonomía estratégica estadounidense en materia industrial y tecnológica introduce un elemento de incertidumbre sobre el futuro equilibrio de esta relación.
La respuesta europea ha sido prudente. La Unión ha evitado una escalada comercial directa con Estados Unidos, consciente de la profundidad de la interdependencia económica entre ambas economías. Al mismo tiempo, ha comenzado a reforzar instrumentos destinados a protegerse frente a posibles presiones externas.
La adopción del Instrumento Anticoerción constituye un ejemplo de esta evolución. Este mecanismo busca dotar a la Unión de herramientas jurídicas para responder a prácticas de coerción económica por parte de terceros países, reflejando el reconocimiento de que la interdependencia puede convertirse en un instrumento de presión política incluso entre socios estratégicos (European Parliament & Council, 2023).
En este contexto, la autonomía estratégica europea no debe interpretarse como un proyecto antitransatlántico. Más bien constituye una condición para redefinir la relación sobre bases más equilibradas. Cooperar desde la dependencia no es lo mismo que cooperar desde la capacidad de decisión. La primera situación tiende a generar subordinación cuando los intereses divergen. La segunda permite mantener alianzas sólidas sin renunciar a la capacidad de definir prioridades propias.
La evolución del vínculo transatlántico no responde a una ruptura abrupta, sino a una adaptación gradual a un entorno internacional cada vez más competitivo. En este escenario, la Unión Europea se enfrenta al reto de encontrar un equilibrio entre la continuidad de la alianza transatlántica y el desarrollo de capacidades propias que le permitan actuar con mayor autonomía estratégica en el sistema internacional emergente.
3. Vulnerabilidades estructurales de la Unión Europea
Si la reconfiguración del vínculo transatlántico redefine el entorno estratégico europeo, las vulnerabilidades internas de la Unión determinan hasta qué punto puede responder a ese nuevo contexto. La cuestión central no es únicamente externa. La autonomía estratégica europea depende en gran medida de la capacidad de la Unión para reducir dependencias estructurales en sectores clave de la economía política global.
Durante décadas, el proceso de integración europea se desarrolló bajo un supuesto implícito: la interdependencia económica profunda, combinada con instituciones multilaterales relativamente estables y un entorno geopolítico predecible, reduciría el peso de la competencia estratégica en la economía internacional. En ese contexto, la Unión pudo concentrarse en la liberalización del mercado interior, la regulación económica y la expansión del comercio internacional. Sin embargo, la intensificación de la rivalidad entre grandes potencias ha transformado profundamente este escenario.
En la actualidad, sectores como la energía, la tecnología avanzada o las cadenas de suministro estratégicas se han convertido en instrumentos centrales de poder internacional. Estados y grandes bloques económicos utilizan cada vez más herramientas económicas –subsidios industriales, restricciones tecnológicas o control de recursos críticos– como instrumentos de competencia geopolítica. En este contexto, las dependencias estructurales dejan de ser únicamente económicas para convertirse en vulnerabilidades estratégicas.
Para la Unión Europea, estas vulnerabilidades se concentran principalmente en tres ámbitos interrelacionados: la energía, la tecnología y la arquitectura institucional que sostiene su capacidad de acción colectiva.
3.1 Vulnerabilidad energética y transición del modelo energético
La crisis energética desencadenada tras la invasión rusa de Ucrania puso de manifiesto una de las dependencias más evidentes de la economía europea. Durante décadas, el suministro energético del continente se estructuró en torno a importaciones externas relativamente estables, entre ellas el gas ruso, que ocupaba un papel relevante en el mix energético de varios Estados miembros.
La ruptura de esta relación obligó a una reconfiguración acelerada de las políticas energéticas europeas. A través del programa REPowerEU, la Comisión Europea impulsó una estrategia orientada a reducir la dependencia de combustibles fósiles rusos, diversificar proveedores y acelerar el despliegue de energías renovables (European Commission, 2022). Este proceso ha permitido reducir de forma significativa el peso del gas ruso en el suministro energético europeo.
Sin embargo, la transición energética no elimina las dependencias estructurales, sino que las transforma. El desarrollo de tecnologías vinculadas a la electrificación, el almacenamiento energético o las energías renovables depende de minerales críticos como litio, cobalto, níquel o tierras raras. La producción y el procesamiento de muchos de estos recursos se concentran en un número limitado de países, lo que genera nuevas vulnerabilidades geoeconómicas.
Consciente de esta situación, la Unión Europea ha comenzado a desarrollar instrumentos destinados a asegurar el acceso a materias primas estratégicas y a fortalecer las capacidades industriales propias. El Critical Raw Materials Act, adoptado en 2024, constituye uno de los principales instrumentos en esta dirección, al establecer objetivos de diversificación del suministro, reciclaje y desarrollo de capacidades de procesamiento dentro del propio espacio europeo.
No obstante, el desafío energético europeo no se limita al acceso a recursos. La transición hacia un sistema energético descarbonizado requiere inversiones masivas en infraestructuras, innovación tecnológica y redes industriales. La escala de estas transformaciones plantea interrogantes sobre la capacidad de la Unión para coordinar políticas industriales y movilizar recursos financieros a nivel continental.
3.2 Dependencia tecnológica y competencia por las cadenas de valor
La segunda gran vulnerabilidad europea se encuentra en el ámbito tecnológico. En la economía política contemporánea, el control de tecnologías avanzadas se ha convertido en uno de los principales determinantes del poder económico y estratégico.
Sectores como los semiconductores, la inteligencia artificial, la computación de alto rendimiento o las tecnologías cuánticas desempeñan un papel central tanto en la competitividad industrial como en la seguridad nacional. En varios de estos ámbitos, la posición europea es ambivalente. La Unión mantiene fortalezas relevantes en determinados segmentos industriales y científicos, pero depende de actores externos en fases críticas de las cadenas globales de valor.
El caso de los semiconductores ilustra bien esta situación. Aunque Europa alberga empresas líderes en equipamiento y diseño de chips, su capacidad de producción en los segmentos más avanzados es limitada en comparación con la de otros actores globales. Esta dependencia motivó la adopción del European Chips Act, destinado a reforzar la capacidad europea de producción de semiconductores y reducir vulnerabilidades en una tecnología considerada estratégica (European Parliament & Council, 2023).
Más allá de sectores específicos, el desafío tecnológico europeo tiene también una dimensión estructural. Las inversiones en investigación y desarrollo siguen siendo inferiores a las de Estados Unidos o China, y el ecosistema europeo de innovación continúa fragmentado en múltiples sistemas nacionales. Informes recientes sobre competitividad han señalado que la limitada integración del mercado de capitales y la dispersión de políticas industriales dificultan la capacidad de la Unión para movilizar recursos a la escala necesaria para competir en sectores tecnológicos emergentes (European Commission, 2024).
3.3 Fragmentación institucional y capacidad estratégica
La tercera vulnerabilidad estructural europea no es sectorial, sino institucional. A pesar de su tamaño económico y de su peso en el comercio global, la Unión Europea continúa operando con una arquitectura política incompleta en ámbitos fundamentales para la autonomía estratégica.
La política fiscal sigue siendo en gran medida competencia de los Estados miembros, lo que limita la capacidad de la Unión para movilizar recursos financieros a gran escala. Esta fragmentación contrasta con la capacidad de economías como Estados Unidos para desplegar programas de inversión industrial masivos en sectores estratégicos.
En el ámbito de la defensa y la política exterior, las limitaciones institucionales son igualmente visibles. Aunque la cooperación europea en materia de seguridad ha avanzado en los últimos años, la toma de decisiones continúa dependiendo en gran medida de acuerdos intergubernamentales que pueden dificultar respuestas rápidas y coordinadas.
Esta estructura institucional refleja la naturaleza híbrida del proyecto europeo, situado entre una organización internacional y una unión política incompleta. Mientras el mercado interior funciona sobre bases relativamente integradas, los instrumentos necesarios para sostener una política estratégica coherente –desde la fiscalidad hasta la defensa– permanecen fragmentados.
En conjunto, estas vulnerabilidades no implican que la Unión Europea carezca de recursos o capacidades. Europa sigue siendo una de las principales economías del mundo y mantiene una base industrial y científica significativa. Sin embargo, la combinación de dependencias energéticas transformadas, brechas tecnológicas y fragmentación institucional limita su margen de autonomía en un entorno internacional cada vez más competitivo.
La cuestión central no es únicamente si Europa reconoce estas vulnerabilidades, sino si está dispuesta a reformar su arquitectura política y económica para superarlas. En ausencia de esa transformación, la interdependencia que durante décadas favoreció la prosperidad europea podría convertirse progresivamente en una fuente de dependencia estratégica.
4. Autonomía estratégica y reforma institucional europea
El reconocimiento de las vulnerabilidades estructurales europeas no conduce automáticamente a una estrategia política. Identificar dependencias energéticas, tecnológicas o industriales es solo el primer paso. La cuestión decisiva es si la Unión Europea dispone de los instrumentos institucionales, fiscales y políticos necesarios para reducir esas dependencias en un entorno internacional marcado por la competencia geoeconómica entre grandes potencias.
En este contexto ha adquirido centralidad el concepto de autonomía estratégica europea. Inicialmente vinculado al ámbito de la política de defensa, el término ha evolucionado hasta abarcar dimensiones mucho más amplias que incluyen la política industrial, la seguridad energética, la tecnología o las cadenas de suministro. En términos generales, la autonomía estratégica se refiere a la capacidad de la Unión para actuar de forma independiente en sectores críticos sin quedar condicionada por dependencias estructurales respecto de actores externos.
Este objetivo no implica aislamiento ni ruptura con las alianzas existentes. Por el contrario, la autonomía estratégica se plantea como una condición para mantener relaciones internacionales equilibradas en un sistema global cada vez más competitivo. La cooperación con socios estratégicos –en particular con Estados Unidos– sigue siendo un elemento central de la política exterior europea. Sin embargo, la creciente instrumentalización de la interdependencia económica por parte de los principales actores globales ha puesto de relieve los riesgos asociados a dependencias excesivas en sectores clave.
Avanzar hacia una mayor autonomía estratégica exige, en primer lugar, reforzar la base industrial y tecnológica europea. Las políticas adoptadas en los últimos años reflejan un reconocimiento creciente de esta necesidad. Iniciativas como el European Chips Act, los programas destinados a reforzar la producción de tecnologías limpias o las estrategias europeas para asegurar el acceso a materias primas críticas forman parte de este esfuerzo por fortalecer la resiliencia económica europea.
No obstante, el desafío europeo no se limita a la adopción de políticas sectoriales. La cuestión fundamental es la escala de las inversiones necesarias para competir en sectores estratégicos como la inteligencia artificial, los semiconductores o la transición energética. En este sentido, diversos informes recientes sobre competitividad europea han subrayado que la fragmentación del mercado interior y la limitada integración financiera reducen la capacidad de la Unión para movilizar recursos comparables a los de otras grandes economías (European Commission, 2024).
Este problema remite a una dimensión institucional más profunda. La Unión Europea continúa operando con una arquitectura política híbrida que combina elementos supranacionales con amplias competencias nacionales. En ámbitos clave para la autonomía estratégica –como la política fiscal, la política industrial o la defensa– los Estados miembros conservan un papel predominante, lo que dificulta la adopción de estrategias plenamente coordinadas.
La cuestión de la capacidad fiscal europea resulta particularmente relevante en este contexto. La experiencia del instrumento NextGenerationEU, adoptado durante la pandemia de COVID-19, demostró que la Unión puede movilizar recursos financieros significativos cuando existe consenso político suficiente. Sin embargo, este mecanismo fue concebido como una respuesta excepcional a una crisis específica. Si la autonomía estratégica europea requiere inversiones sostenidas en innovación, transición energética y seguridad, el debate sobre la creación de instrumentos fiscales comunes más permanentes vuelve inevitablemente al centro de la agenda política europea.
Otro elemento clave es la política industrial europea. Durante décadas, el enfoque dominante dentro de la Unión se basó en la promoción de la competencia dentro del mercado interior y en una intervención limitada del Estado en la economía. Sin embargo, la creciente utilización de políticas industriales activas por parte de Estados Unidos y China ha reconfigurado el entorno competitivo global. En este contexto, la Unión se enfrenta al reto de desarrollar instrumentos de política industrial capaces de reforzar sectores estratégicos sin fragmentar el mercado interior ni generar nuevas asimetrías entre Estados miembros.
La dimensión de seguridad y defensa también forma parte de este debate. La guerra de Ucrania ha puesto de relieve tanto la importancia de la cooperación europea en materia de defensa como la persistente dependencia de capacidades estadounidenses en ámbitos críticos como inteligencia, logística o sistemas de defensa avanzados. Aunque la OTAN seguirá siendo el pilar central de la seguridad europea en el futuro previsible, el refuerzo de la base industrial de defensa europea aparece cada vez más como un componente esencial de la autonomía estratégica.
A estos desafíos institucionales se suma una dimensión política igualmente relevante. La profundización de la integración europea en ámbitos estratégicos requiere niveles elevados de consenso entre Estados miembros. Sin embargo, las diferencias en percepciones de amenaza, modelos económicos o prioridades nacionales continúan condicionando el alcance y el ritmo de las reformas.
En este contexto, la autonomía estratégica europea no puede entenderse únicamente como un conjunto de políticas sectoriales. Implica, en última instancia, una redefinición del equilibrio entre soberanía nacional e integración supranacional. La cuestión central es si los Estados miembros están dispuestos a avanzar hacia una mayor coordinación política en ámbitos estratégicos con el objetivo de reforzar la posición colectiva de Europa en el sistema internacional.
La respuesta a esta cuestión determinará en gran medida la capacidad de la Unión Europea para adaptarse a un orden internacional cada vez más competitivo. Sin una base industrial, tecnológica y fiscal más integrada, la autonomía estratégica europea corre el riesgo de permanecer como un objetivo político ampliamente compartido pero difícil de materializar en la práctica.
Conclusión.
Europa entre autonomía estratégica y dependencia funcional
La transformación del entorno internacional obliga a reconsiderar algunos de los supuestos que durante décadas sustentaron el proyecto europeo. El contexto que favoreció el desarrollo de la integración –caracterizado por la expansión del comercio internacional, la relativa estabilidad geopolítica y la garantía de seguridad proporcionada por la alianza transatlántica– está siendo sustituido por un sistema internacional marcado por la competencia entre grandes potencias y por el uso creciente de instrumentos económicos como herramientas de poder.
En este nuevo escenario, la posición de la Unión Europea se vuelve necesariamente más compleja. El modelo de integración que permitió construir un mercado continental altamente regulado y profundamente abierto se enfrenta ahora a un entorno en el que la capacidad de producir, innovar y proteger sectores estratégicos adquiere una importancia creciente. La autonomía económica y tecnológica deja de ser un elemento secundario del proyecto europeo para convertirse en una condición relevante para preservar su capacidad de decisión política.
El análisis desarrollado en este artículo ha identificado tres dimensiones principales de esta transformación. En primer lugar, la reconfiguración del orden internacional en torno a la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China redefine los equilibrios globales y desplaza la competencia hacia ámbitos como la tecnología, la energía o las cadenas de suministro. En segundo lugar, el vínculo transatlántico continúa siendo fundamental para la seguridad europea, pero se desarrolla en un contexto en el que las prioridades estratégicas estadounidenses se orientan cada vez más hacia la competencia con China y hacia el refuerzo de su base industrial y tecnológica. Finalmente, las vulnerabilidades estructurales de la Unión Europea en sectores clave revelan los límites de un modelo de integración que durante décadas pudo apoyarse en un entorno internacional relativamente estable.
Estas dinámicas convergen en una cuestión central: la capacidad de Europa para actuar como actor estratégico en el sistema internacional emergente. La autonomía estratégica no implica aislamiento ni ruptura con las alianzas existentes. Implica, más bien, la posibilidad de sostener decisiones políticas propias en ámbitos críticos sin depender estructuralmente de actores externos.
La cuestión fundamental es si la Unión Europea está dispuesta a desarrollar los instrumentos institucionales, fiscales y políticos necesarios para alcanzar ese objetivo. En un sistema internacional cada vez más competitivo, la capacidad de combinar escala económica, capacidad tecnológica y coherencia política se convierte en un elemento central del poder. La alternativa a ese proceso no es necesariamente el declive europeo, sino una forma más sutil de dependencia estructural.
En última instancia, el dilema al que se enfrenta la Unión Europea puede formularse de manera relativamente simple: reforzar su capacidad de acción colectiva para preservar su autonomía estratégica o aceptar una posición cada vez más condicionada dentro de un sistema internacional dominado por potencias con mayores capacidades industriales, tecnológicas y fiscales.
Referencias bibliográficas
BRADFORD, A. (2020): The Brussels effect: How the European Union rules the world. Oxford University Press.
EUROPEAN COMMISSION (2022): REPowerEU plan. European Commission.
EUROPEAN COMMISSION (2024): The future of European competitiveness. European Commission.
EUROPEAN PARLIAMENT AND THE COUNCIL OF THE EUROPEAN UNION (2023a): Regulation (EU) 2023/2675 of the European Parliament and of the Council of 22 November 2023 on the protection of the Union and its Member States from economic coercion by third countries. Official Journal of the European Union.
EUROPEAN PARLIAMENT AND THE COUNCIL OF THE EUROPEAN UNION (2023b): Regulation (EU) 2023/1781 of the European Parliament and of the Council establishing a framework of measures for strengthening Europe’s semiconductor ecosystem (European Chips Act). Official Journal of the European Union.
FARRELL, H., y NEWMAN, A. L. (2019): Weaponized interdependence: How global economic networks shape state coercion. International Security, 44(1), 42–79. https://doi.org/10.1162/isec_a_00351
THE WHITE HOUSE (2017): National security strategy of the United States of America. The White House.
THE WHITE HOUSE (2022): National security strategy of the United States of America. The White House. https://www.whitehouse.gov