Introducción
Durante las últimas décadas el mundo ha vivido bajo el paradigma de un proceso de globalización cuyos rasgos básicos parecen ahora estar en cuestionamiento. Un periodo caracterizado, entre otras cuestiones, por una creciente interdependencia entre países que situaba la apertura externa y el libre comercio como ejes del desarrollo. Pero la globalización ha ido configurando también vínculos entre países de otra naturaleza –como los culturales, científico-tecnológicos o interpersonales– que parecían definir, aunque con muchos matices, un mundo menos militarizado y de relativa paz mundial. Así, el orden internacional evolucionó desde la bipolaridad de los años 90 hacia una configuración multipolar más compleja con nuevas potencias, con China a la cabeza, y un número creciente de países que reclamaban voz propia en la cada vez más densa red de organismos multilaterales que parecían configurar mecanismos de gobernanza común.
Pero el año 2025, coincidiendo con el inicio del segundo mandato de Donald Trump, supuso un punto de inflexión en la globalización tal y como la habíamos conocido. Estados Unidos (EEUU) reacciona ante una pérdida de poder relativo cuestionando un orden internacional que percibe ahora contrario a sus intereses nacionales. Los pilares esenciales de esa etapa son así cuestionados, paradójicamente, por el que ha sido arquitecto institucional y potencia hegemónica. Un giro de guion con notables paralelismos con el denominado “shock de Nixon” de los años 70, que sentó precisamente las bases de la globalización neoliberal. Si en aquel momento el cuestionamiento se producía en el marco de la Guerra Fría, hoy el escenario es de una posible nueva bipolaridad entre EEUU-China o, al menos, de una configuración más compleja con diferentes áreas geográficas y diversos centros de poder.
Esto supone un profundo cambio en el relato hasta ahora conocido de la globalización, que algunos interpretan en términos de fragmentación geográfica o incluso reversión del proceso. Pero el concepto de globalización es un término con significados variables, lo que dificulta el diagnóstico y las perspectivas. En este artículo se hace uso del Índice Elcano de Presencia Global, una propuesta metodológica que cuantifica el volumen y naturaleza de la proyección exterior de los países y permite concretar respuestas a algunas de las preguntas centrales del debate actual ¿estamos realmente ante el inicio de un periodo de desglobalización?, ¿qué elementos se mantienen de la globalización hasta ahora conocida y cuáles son novedosos?, ¿estamos ante una nueva bipolaridad?
1 .De Nixon a Trump: fisuras y fractura del relato
de la globalización conocida
La globalización hasta ahora conocida, que puede situarse aproximadamente entre 1990 y 2025, hunde sus raíces en las transformaciones iniciadas en la década de 1970. El denominado “shock de Nixon” representa la ruptura del orden de posguerra, articulado en torno a los Acuerdos de Bretton Woods, e inicia una fase de reconfiguración del sistema internacional que se consolidaría en décadas posteriores bajo el paradigma neoliberal. Es evidente que el mundo actual difiere profundamente del de entonces, pero existen paralelismos notables entre ese momento histórico y lo que muchos ya califican como el “shock de Trump”, fechado en el anuncio generalizado de aranceles unilaterales en el denominado Liberation day. El punto en común fundamental es que en ambos casos EEUU percibe que el sistema internacional que ayudó a construir no es ya funcional a sus intereses nacionales y decide romperlo unilateralment, ignorando los foros multilaterales existentes.
En 1971, el diagnóstico fundamental era que otras economías, por entonces Japón y Europa, se beneficiaban de un dólar sobrevalorado que generaba crecientes déficits comerciales a EEUU. Nixon señalaba que estos países, “en gran medida gracias a nuestra ayuda, han recuperado su vitalidad. Se han convertido en fuertes competidores y celebramos su éxito. Pero ahora que son económicamente fuertes, ha llegado el momento de que asuman la parte que les corresponde de la responsabilidad de defender la libertad en todo el mundo. (…) Ha llegado el momento de que EEUU asuma un nuevo papel en el mundo” (Nixon, 1971). El orden post Bretton Woods y el propio diseño del FMI se fundamentaban en la propuesta estadounidense, el denominado Plan White, que establecía un patrón de cambios oro con el dólar como principal divisa mundial. Junto con la ruptura monetaria –simbolizada por la célebre afirmación del entonces secretario del Tesoro John Connally “el dólar es nuestra divisa, pero es vuestro problema”–, se adoptaron medidas proteccionistas, incluyendo la imposición de aranceles a socios como Canadá, en una estrategia amplia de defensa de la posición estadounidense en un ya nuevo orden internacional. Este episodio inició una etapa de expansión sin precedentes del sistema financiero internacional, que requería del acompañamiento de apertura externa y libre movilidad de los flujos financieros y comerciales, convirtiéndose en uno de los rasgos definitorios de la globalización contemporánea.
El 26 de abril de 2025 fue señalado por el propio Trump como “uno de los días más importantes de la historia estadounidense. Es nuestra declaración de independencia económica”, que “será recordado para siempre como el día en que la industria estadounidense renació, el día en que se recuperó el destino de EEUU” (Trump, 2025). De nuevo se señala al supuesto mayor beneficio de otros países a costa del bienestar estadounidense (“mientras otras naciones se enriquecían y se volvían poderosas, en gran medida a costa nuestra (…) cómo líderes extranjeros nos robaban nuestros empleos, cómo estafadores extranjeros saqueaban nuestras fábricas y cómo oportunistas extranjeros destrozaban nuestro otrora hermoso sueño americano”) a través de los desequilibrios comerciales, que “han devastado nuestra base industrial y puesto en riesgo nuestra seguridad nacional” (Trump, 2025). Y aunque la cuestión se focaliza en la dimensión comercial y en el ascenso de China, el diagnóstico se extiende al conjunto del entramado institucional y a su reforma unilateral. EEUU no puede “seguir haciendo lo que hemos hecho durante los últimos 50 años” (Trump, 2025), porque considera que “el orden mundial de posguerra no sólo está obsoleto; ahora es un arma utilizada contra nosotros» (Rubio, 2026).
Son muchas las diferencias que separan ambos momentos históricos, pero hay una significativa. Nixon buscaba una reforma del sistema internacional que mantuviese la hegemonía estadounidense en una nueva multipolaridad, que derivó la expansión del paradigma neoliberal bajo el denominado Consenso de Washington, basado en la liberalización, la apertura externa y la reducción del papel del Estado. Trump tiene en cambio un planteamiento más rupturista que pretende marcar el inicio de una etapa de fragmentación, competencia y desacoplamiento del orden internacional existente. La crítica se dirige así a los pilares básicos del ideario desde el fin de la Guerra Fría, “la euforia de este triunfo nos condujo a una peligrosa ilusión: la de haber entrado, cito, en «el fin de la historia» (…) Que los lazos creados únicamente por el comercio reemplazarían ahora la nacionalidad. Que el orden global basado en normas, un término manido, reemplazaría ahora el interés nacional” (Rubio, 2026). Desde los años 90 se venía produciendo una desmilitarización relativa de las relaciones internacionales y un mayor predominio de mecanismos de cooperación internacional. Aunque los conflictos armados no desaparecieron, su naturaleza parecía distinta a las de la etapa bipolar, siendo remota la posibilidad de una nueva guerra mundial. A medida que crecían las interdependencias entre países menor parecían los incentivos de un conflicto armado, invitando a pensar en un mundo sin ideologías (Fukuyama, 1992) en el que la revolución tecnológica de las comunicaciones diluyó la cuestión geográfica (Friedman, 2005). Así, las bases teóricas del enfoque neoliberal se concretaban en políticas de apertura externa, libre comercio y facilitaciones a los movimientos de capital, consolidando la idea de que la interdependencia económica era un mecanismo de seguridad internacional.
La globalización se presentaba de este modo como una oportunidad de desarrollo, un proceso desideologizado y un mecanismo de convergencia entre países. Para las economías periféricas la estrategia recomendada era clara: apertura externa, atracción de inversión extranjera directa y reformas estructurales orientadas al mercado. Y con ello la tradicional división internacional del trabajo fue transformándose fruto de la creciente fragmentación productiva y de los procesos de deslocalización industrial, surgiendo nuevos polos manufactureros en la periferia mundial y procesos de terciarización en los centros. Se consolidó así el concepto de hiperglobalización, entendido como un proceso autorregulado, casi natural e irreversible, cuyo avance no podía detenerse, sino únicamente gestionarse mediante estrategias de adaptación. Esta visión asumía lo global como una dimensión única, una suerte de geografía integrada y homogénea. Sin embargo, desde una perspectiva geográfica, la globalización no implicó solo una mayor integración mundial, sino también el fortalecimiento de dinámicas regionales. A lo largo de las últimas décadas se consolidaron proyectos de integración como la Unión Europea, el NAFTA o la progresiva institucionalización de ASEAN, como mecanismo de competencia en un entorno internacional cada vez más abierto, precisamente en las regiones de mayor grado de desarrollo. De hecho, la utilidad el propio concepto “global” está crecientemente cuestionada para caracterizar el mundo de las últimas décadas precisamente por la distorsión que genera en la perspectiva geográfica (O’Neill, 2024).
Todos estos elementos moldearon durante décadas a un relato desde Occidente marcadamente optimista sobre la globalización, al que se le presuponía la capacidad de generar ganancias generalizadas, que ha sido progresivamente sustituido por una visión más pesimista y conflictiva. Pero la fractura del relato a la que hoy asistimos es consecuencia de fisuras acumuladas durante años. La crisis europea de 2010 marcó un primer punto de inflexión. Mientras en EEUU y Europa comenzaba, tras la crisis financiera global, una percepción crítica centrada en la desindustrialización y su influencia en el débil crecimiento económico, muchas economías asiáticas continuaron registrando elevadas tasas de expansión y profundizando su inserción internacional. En particular, China, apoyada en políticas industriales activas y en un papel central del Estado, logrando consolidarse en segmentos de mayor valor añadido dentro de sectores tecnológicos estratégicos con una marcada estrategia de orientación exportadora hacia el resto del mundo. Y la pandemia de 2020 evidenció vulnerabilidades externas y disrupciones en múltiples cadenas de suministro. La dependencia de aprovisionamientos críticos –desde material médico hasta componentes tecnológicos– y los riesgos logísticos asociados a la dispersión geográfica de la producción son hoy problemas de seguridad económica1. Como respuesta, junto con el giro proteccionista, se ha producido una recuperación de la política industrial y del concepto de autonomía estratégica, orientada a reforzar capacidades productivas nacionales en sectores considerados estratégicos2. Estas políticas buscan en última instancia reconstruir capacidades productivas, reforzando la soberanía y la autonomía, en unos parámetros que recuerdan al concepto de protección de industria naciente y que relacionan el concepto de seguridad nacional con los procesos de apertura externa.
En este contexto, ya desde 2010 pero aceleradamente desde la pandemia, se ha extendido el debate sobre una posible ralentización (slowbalization), incluso la reversión (deglobalization), de la globalización y el diagnóstico en base a ganadores y perdedores del proceso. Este cambio de percepción se refleja también en los procesos de integración regional, donde la salida del Reino Unido de la UE o el cambio de denominación del TLCAN, hoy USMCA, reflejan el cuestionamiento de los equilibrios y alianzas previas. Al mismo tiempo, ha cobrado mayor protagonismo la cara más dura de la globalización, su dimensión militar. La invasión de Ucrania supuso un punto de inflexión y ha consolidado una ruptura con Rusia que hoy parece difícilmente reversible. A ello se suman otros focos de inestabilidad, especialmente en Oriente Medio, donde se vuelve a poner de relieve la dimensión geopolítica de los recursos energéticos y su papel central en las relaciones internacionales. El uso explícito de la fuerza, subordinado a intereses nacionales, es otro signo de la voluntad de EEUU de romper los marcos multilaterales existentes.
Hoy la interdependencia económica, que durante décadas fue interpretada como un factor de estabilidad y seguridad internacional, se considera una fuente de vulnerabilidad y la geopolítica que reordena los vínculos internacionales. Así, el retorno de la historia y de la geografía simboliza una ruptura con algunos de los elementos básicos del orden hasta ahora conocido.
2. ¿Realmente nos estamos desglobalizando?
Los datos del relato
A partir de la crisis de 2010 comienzan a extenderse dudas sobre el proceso de globalización y su posible reversión, hoy ya consolidadas en el debate público. Pero ¿el mundo se está realmente “desglobalizando”? La primera cuestión que aclarar es a qué nos referimos con el término globalización, dado que es un término polisémico empleado desde diferentes disciplinas (Olivie y Gracia, 2020). Es evidente que es un proceso de una naturaleza eminentemente económica, en la medida en que los flujos comerciales y financieros son los primeros medios de articulación externa. Pero la globalización tiene también una dimensión militar, con mayor protagonismo antes de los años 90 pero que cobra relevancia en la actualidad. Y, en los últimos años, ha cobrado relevancia el concepto de globalización blanda, en contraposición a la dura, como forma de poder no-coercitivo (Nye, 2004).
Una forma de analizar cuantitativamente la evolución y naturaleza diversa de la globalización es el Índice Elcano de Presencia Global (Olivié y Gracia, 2023). Un índice sintético que ofrece una propuesta metodológica para medir la proyección exterior de los países a través de 17 variables agrupadas en tres dimensiones (económica, militar, blanda3). Al ofrecer resultados desde 1990 permite ver la evolución del proceso tanto desde el punto de vista de su volumen como de su naturaleza, según la relevancia de cada dimensión. Y al calcularse para 150 países, cubre más del 98% del PIB y población mundial. Ello posibilita contrastar la narrativa de desglobalización con datos concretos.
Gráfico 1
Evolución agregada del Índice Elcano de Presencia Global

Fuente: Gracia y Fernández (2025)
El gráfico 1 muestra la evolución agregada del Índice para los 150 países para los que se calcula. Los resultados evidencian la importancia y el protagonismo de la dimensión económica, pero también cambios significativos respecto a la globalización hasta ahora conocida. En primer lugar, el impacto económico de la crisis de 2010 genera un descenso en el ritmo de crecimiento de la globalización, incluso con reducciones puntuales de la misma, lo que no implica necesariamente menor globalización que en los años 90. En segundo lugar, un creciente protagonismo de la dimensión blanda precisamente a partir de 2010, que es interrumpido por la pandemia. En tercer lugar, una recuperación de la dimensión militar, todavía tímida, pero que revierte la tendencia de desmilitarización registrada hasta ahora.
Pero además de un proceso de naturaleza diversa, la globalización es un proceso heterogéneo desde el punto de vista geográfico (gráfico 2), que se concentra fundamentalmente en las tres regiones más desarrolladas –Europa, Asia y Norteamérica–. Unos resultados que evidencian la relevancia de los procesos de integración regional en este periodo, tanto en la mayor intensidad de los vínculos entre sus miembros como entre regiones, que enfatizan el carácter específicamente geográfico que en realidad ha tenido aquello que hemos venido denominando global. Mientras, otras regiones periféricas registran una evolución sustancialmente menor, con una diferencia creciente con el tiempo, reflejando un desigual impacto geográfico de la globalización.
Gráfico 2
Evolución de Presencia Global absoluta por regiones, 1990-2024

Fuente: Gracia y Fernández (2025).
Otro de los ejes centrales del relato sobre la globalización es la transición desde el mundo bipolar de los 90 –entre EEUU y la URSS– hacia un escenario multipolar, con crecientes dudas sobre el regreso de una nueva bipolaridad. La rivalidad entre EEUU y China es hoy el centro de un debate en el que uno se percibe como damnificado y el otro es señalado como principal beneficiario. Pero, si bien es evidente y conocido el ascenso de China en las últimas décadas, es difícilmente sostenible que EEUU haya sido perjudicado por la globalización contemporánea.
Como muestra el gráfico 2, EEUU encabeza la clasificación de presencia global –en todos los años y dimensiones–, mientras que China ocupa la segunda posición desde 2010. En líneas generales, todos aumentan su proyección exterior pero los países asiáticos lo han hecho a un ritmo muy superior que los europeos. Tan solo Rusia e Italia presentan un valor absoluto de presencia global inferior al registrado en 1990.
Gráfico 3
Top 13 de Presencia Global en 2024 y sus valores en 1990 y 2024

Fuente: Gracia y Fernández (2025).
¿Vivimos entonces en un mundo multipolar o en una nueva bipolaridad? En este aspecto, el Índice otorga resultados contradictorios. Por un lado, la brecha que separa todavía a EEUU y China es de una magnitud considerable (figura 4), pero de magnitud muy similar a la que presentaban EEUU y la entonces URSS (1460 y 1470 puntos de diferencia, respectivamente). Pero en cualquier caso el valor de EEUU es superior al que registraba en los 90 y crece en los últimos años, mientras que China registra por primera vez en la serie descensos absolutos. Además, durante este periodo, la UE se ha consagrado como una nueva entidad geopolítica, con vínculos crecientes entre sus miembros y hacia el exterior del espacio comunitario. Así, la presencia exterior de la UE –fuera de sus fronteras– ha registrado desde 2005 un valor superior al de EEUU, aunque mermado en los últimos años, entre otros motivos por la salida del Reino Unido.
Gráfico 4
Evolución comparada de la presencia global de EEUU, China y la UE

Fuente: Gracia y Fernández (2025)
Si ampliamos el foco y agregamos todos los países del hoy denominado Sur global y los comparamos con la evolución del Norte, se constata también la importante diferencia entre ambos bloques (gráfico 5). Bien es cierto que se ha reducido, particularmente desde 2010, pero tímidamente. Si en 1990, del agregado mundial de presencia global, un 71% correspondía a los países del Norte y un 29% a los del Sur, en 2024 varía a un 65% y 35%, respectivamente.
Gráfico 5
Cuotas de presencia global, Norte y Sur Global

Fuente: Gracia y Fernández (2025).
3. ¿Un nuevo relato?
Los datos del Índice Elcano de Presencia Global matizan sustancialmente el relato extendido sobre el diagnóstico actual de la globalización. En primer lugar, no permiten sostener la idea de que el proceso esté revertiéndose en términos absolutos, aunque sí cambiando su naturaleza hasta ahora conocida. En segundo lugar, muestran el liderazgo de EEUU en todo el periodo y el ascenso de China, pero también la diferencia que todavía les separa y el rol que puede desempeñar la UE en el debate sobre una nueva bipolaridad. En tercer lugar, muestran que la globalización es un proceso de impacto geográfico heterogéneo, concentrando en tres regiones, y en el que la asunción del ascenso del Sur global no parece reflejarse en resultados verificables.
Pero es evidente que el relato ya ha cambiado, y que el mundo de hoy es muy diferente al de los años 90. La necesidad de reformar las instituciones multilaterales es compartida incluso por el actual secretario general de la ONU4 y la ruptura unilateral recuerda en parte al giro de Nixon, pero lo que hoy propone EEUU no es la reforma del sistema conocido sino su progresiva supresión. Una ruptura endógena, en la que la potencia hegemónica desestructura el orden existente con el fin de moldearlo para maximizar sus intereses nacionales, aun a costa de debilitar los marcos multilaterales existentes incluso en lo que se refiere a sus relaciones con los países hasta ahora considerados aliados.
En el plano económico, el paso de la interdependencia como mecanismo de seguridad a un signo de vulnerabilidad externa; el concepto de autonomía estratégica; el cuestionamiento del librecomercio y de la apertura externa como vía de desarrollo; el papel del Estado y de la política industrial, suponen en última instancia la recuperación de la cuestión ideológica y geográfica como elementos explicativos del mundo contemporáneo y ofrecen dudas sobre la vigencia del paradigma neoliberal de la globalización. Así el eje “países desarrollados-en desarrollo” ha sido sustituido por la lógica del Norte-Sur global, donde emergen nuevas formas de articulación externa y alianzas. Incluso la perspectiva sobre los espacios de integración regional como mecanismo de integración económica parece derivar hacia el concepto de áreas de influencia, que remite a las formas clásicas de imperialismo donde se hace explícita la voluntad de control geoeconómico.
Durante las últimas décadas, las guerras en el mundo ni mucho menos desaparecieron, pero parecían inscribirse en la existencia de un derecho internacional reglado por organismos multilaterales a los que se les suponía la capacidad de reducir la relevancia de la dimensión militar en las relaciones internacionales. Hoy la guerra ha vuelto al primer plano de la política exterior americana, junto con la renuncia a seguir ofreciendo “el sueño americano”. Los cambios en políticas migratorias, educativas, de cooperación al desarrollo o de liderazgo en la lucha contra el cambio climático, implican un cambio profundo en algunos de los instrumentos centrales de su tradicional poder blando. Todo ello supone no solo la redefinición de su política externa hacia el aislacionismo y la revisión de sus alianzas, sino también el cuestionamiento de los pilares básicos que caracterizaron la globalización conocida. No implica necesariamente que los vínculos ya existentes entre países en muy diferentes planos puedan eliminarse y comenzar así un periodo de desglobalización, pero sí que se esté produciendo una fractura de la globalización conocida. No hay menos globalización en términos absolutos, sino una globalización más dura y menos homogénea geográficamente.
El resurgimiento del proteccionismo comercial unilateral y la renovada centralidad de la política industrial constituyen uno de los rasgos más visibles de la reconfiguración actual hacia una mayor preocupación por los riesgos externos, la seguridad de suministro y la ubicación geográfica que, en un plano de geografía productiva, podría derivar en una paulatina transformación del modelo de fragmentación y deslocalización masiva de décadas previas. Así, emergen nuevos conceptos–como el reshoring, nearshoring o friendshoring– vinculadas a objetivos de autonomía estratégica y reducción de riesgos que, si bien son poco novedosos, reflejan esa recuperación de la cuestión industrial y tecnológica. Este giro responde también a la creciente evidencia del impacto negativo que la globalización ha tenido sobre amplias capas de la clase media industrial en Europa y EEUU, donde la ausencia de estrategias de reconversión o de desarrollo de nuevas capacidades industriales ha contribuido a la pérdida de empleo industrial, al estancamiento salarial y a la erosión del consenso social en torno a los beneficios de la apertura externa. No obstante, estos efectos han sido heterogéneos y requieren un análisis matizado que evite interpretaciones simplistas, y la tradicional visión país-sector resulta cada vez menos útil para entender la realidad actual de los procesos productivos. La complejidad de las cadenas globales de valor supera la dicotomía entre industrialización y terciarización y obliga a replantear los debates clásicos sobre la política industrial.
Y además conviene tener en cuenta que la reversión completa de buena parte de las deslocalizaciones productivas es en muchos casos algo inviable. No todo puede volver; entre otras razones porque no todo se deslocalizó, sino que ha surgido durante este tiempo, particularmente en las cadenas más tecnológicas asociadas a la transición energética y a la digitalización. El caso del vehículo eléctrico ilustra bien estas limitaciones, donde las empresas chinas dominan ya la producción mundial, tanto de vehículos como de baterías, e ignorar esta realidad no fortalecería la autonomía estratégica, sino que la debilitarla. Si no es factible desarticularse, solo es posible buscar la mejor forma de articularse y el contexto de recuperación de la cuestión industrial y las limitaciones al librecomercio es favorable para establecer acuerdos con requisitos de localización, compromisos laborales o integración en redes de proveedores nacionales, que puedan generar externalidades positivas.
De hecho, el riesgo tecnológico externo asociado al auge de un país asiático ocurrió también en los años 70 con el auge de la producción automotriz de Japón, que generó tensiones proteccionistas y preocupación por el empleo industrial europeo en línea con los debates actuales. La respuesta combinó instrumentos de proteccionismo comercial con mecanismos más flexibles, como las restricciones voluntarias a las exportaciones, a cambio de permitir la inversión japonesa en Europa. Ello permitió preservar el empleo en el sector, pero también una paulatina adopción forzosa a las nuevas técnicas de organizar la producción asociadas al toyotismo, que en buena medida implicaron un paulatino empeoramiento del empleo industrial. Pero frente a disrupciones tecnológicas externas, el aislacionismo es inviable y no hay más alternativa que fórmulas de cooperación estructurada basadas en la confianza y el diálogo.
El mundo de hoy es ya un mundo diferente y los cambios que han ocurrido no son reversibles. Mientras que en los años setenta el mundo multipolar estaba aún en proceso de gestación, en la actualidad constituye una realidad efectiva, con independencia de su grado de reconocimiento en los marcos multilaterales. El intento de gobernanza multilateral parece dar paso a un mundo en torno a diferentes centros o polos –como EEUU, China y la UE–con capacidad de influir a terceros de manera diversa y con relaciones entre sí complejas y asimétricas. Y en este nuevo mundo los riesgos globales no desaparecen, sino que se intensifican.
- Unos riesgos geográficos alimentados también por otras crisis logísticas como en el caso del accidente nuclear de Fukushima en 2011, el accidente del buque Ever Given en el canal de Suez en 2021 o, más recientemente, los problemas en el canal de Panamá asociados a la sequía.
↩︎ - Así lo evidencian iniciativas recientes como la Infrastructure Investment and Jobs Act, la Inflation Reduction Act o la CHIPS and Science Act en EEUU, así como la European Chips Act o REPowerEU en la UE, entre otras medidas.
↩︎ - Dentro de la dimensión blanda se incluyen los indicadores de migraciones, turismo, deportes, ciencia, tecnología, educación, cultura, información, cooperación al desarrollo y cambio climático. Para más detalles metodológicos véase Olivié y Gracia (2023).
↩︎ - Son numerosas las ocasiones en las que António Guterres se ha referido a la obsolescencia del actual sistema internacional desde que asumió el cargo.
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Referencias bibliográficas
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