Hacia un neoliberalismo de guerra

Enrique Vega Fernández



Las fechas concretas son en términos generales tramposas, pero nos pueden ayudar a enmarcar y relacionar acontecimientos. Por eso me decido a empezar por la del 1 de septiembre del pasado año 2025, día en el que la Armada estadounidense ataca en aguas internacionales del Caribe, frente a las costas de Venezuela, a una lancha procedente de este país, matando a sus once indefensos y sorprendidos tripulantes, a los que posteriormente (una vez asesinados en alta mar) se les acusará de pertenecer a una organización narcotraficante, el Tren de Aragua, sin que se aportaran pruebas ni de la titularidad de dicha organización, ni de la pertenencia de la tripulación a ella, ni de si realmente transportaban estupefacientes (todo, personas y mercancías, habían quedado en el fondo del mar).

Un primer episodio, que no será sino el primero de una larga lista de ataques del mismo tipo y en parecidas circunstancias (Operación Lanza del Sur), ampliado posteriormente a las costas colombianas del Pacífico, que llevará, incrementando paulatinamente la presión y la agresividad, al bombardeo, la noche del 3 de enero de 2026, de ciertas áreas civiles y militares de Venezuela, como parte del dispositivo que permitiera el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores. Descabezado el país y antes, incluso, de que sus máximas autoridades pudiesen siquiera reaccionar mínimamente a la nueva situación, Estados Unidos, por boca de su propio presidente, el sempiterno Donald Trump (que ha llegado a autodefinirse como Acting President de Venezuela), anunciaba que su pretensión era gobernar Venezuela para reconstruirla y controlar su producción petrolífera y mineral durante el tiempo que hiciera falta (¿no recuerda esto a la vieja definición de “protectorado” de los tiempos coloniales? Nada nuevo bajo el sol). Unas altisonantes y repetidas declaraciones que nos permiten ver el primigenio y, al mismo tiempo, objetivo final de todas las argumentaciones justificadoras de la agresividad contra Venezuela que suponían las acusaciones de dictadura, de represión, de narcotráfico y de corrupción, que, sin necesidad de que no fueran verdad, no eran la verdad, no han sido la verdadera causa del ilegal e injustificado ataque estadounidense, cuyo objetivo real, cada vez más claro, es el control (una forma de apropiación como otra cualquiera) de ciertos de sus recursos naturales (hidrocarburos y minerales concretamente). Ya nos alertó el bueno de Clausewitz, cuidado con la “niebla de la guerra”.

Pero una golondrina no hace verano. Operaciones, más o menos destructivas y/o prolongadas o repetidas, del tipo de la citada Operación Lanza del Sur, que más que de ataques se podrían catalogar como advertencias o avisos, han sido frecuentes en los últimos tiempos. Sin necesidad de remontarnos al Irak de 2003 (también potencia petrolera, qué casualidad) (Operación Libertad Iraquí); Irán (también potencia petrolera, qué casualidad) ha sido atacada en junio de 2025 (Operación Martillo de Medianoche) y en marzo de 2026 (Operación Furia Épica estadounidense y León Rugiente israelí) por Estados Unidos e Israel (que también bombardea a su libre albedrío a gazatíes, cisjordanos, libaneses y sirios), e indirectamente, porque en realidad se atacaba al Estado Islámico, también lo han sido Nigeria (también potencia petrolífera, qué casualidad) en diciembre de 2025 y Siria en el pasado mes de enero, primero por la fuerzas aéreas británica y francesa (4 de enero) y pocos días después (10 de enero) por las estadounidenses (Operación Ojo de Halcón).  

Pero no seamos masoquistas, no culpemos sólo de esta tendencia al control de los recursos de otros pueblos y territorios en beneficio propio al llamado mundo occidental. Rusia lleva combatiendo en Ucrania, tras haber ocupado la península de Crimea, desde hace más de tres años, además de por razones lingüístico-culturales e históricas y de seguridad, por los esenciales minerales (las llamadas “tierras raras”) del Donbás, que también ambiciona Estados Unidos y cuya extracción y comercialización por Estados Unidos es uno de los puntos contenidos en el Plan de Paz estadounidense para Ucrania de 28 puntos, presentado por este país en noviembre de 2025. En estas cuestiones de saltarse la legalidad internacional vigente (que implica respeto a las fronteras establecidas y no intromisión en los asuntos internos de los demás países), el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.   

2.- Libertad vs. Igualdad, pero no juntas

Sin embargo, da la impresión de que todos estos hechos hasta ahora esbozados nos están sorprendiendo. Aunque sea comprensible porque los Estados Unidos del presidente Trump han decidido quitarse la careta y hacerlo todo a las bravas, sin fingir aludir a los grandes principios que se dicen respetar mientras se los elude, no tiene mucho sentido sorprenderse a estas alturas. 

¿No consiste el capitalismo, hoy día conocido como neoliberalismo, precisamente en esto? Tanto tienes, tanto puedes, tanto vales (en la vida cotidiana, en las sociedades nacionales y en la sociedad internacional): la ley del más rico. Y para vendernos las supuestas virtudes y beneficios de este capitalismo neoliberal, llevan años contándonos que hasta ahora (hasta la explosión Trump) vivíamos en un mundo basado en normas y valores. Pero en realidad sólo había un verdadero “valor”: la propiedad, y una sola “norma”: respetarla. 

A nivel internacional, estas célebres “normas” se codificaron en 1944, cuando la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial era ya evidente, en los Acuerdos de Bretton Woods. Pacto firmado por cuarenta y cuatro países (aún no había sobrevenido el proceso de descolonización de las décadas 50, 60 y 70 del siglo XX) para establecer un nuevo orden monetario y financiero mundial, creando el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) para estabilizar las divisas, vincularlas al dólar (convertido, así, en el gerente del mundo financiero, pero controlado por la Reserva Federal estadounidense) y vincular éste al oro. Vinculación dólar-oro, que no debió de resultar muy rentable ya que Estados Unidos la suprimió veintisiete años  después (1971). Debiendo crearse más tarde, en 1995, la Organización Mundial del Comercio (OMC), que es la que actualmente, algo más “democratizada” ya que fue creada por 166 naciones de las 193 que son miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), se ocupa de las normas que rigen el comercio internacional, su 98%.

Quienes crearon este marco económico-comercial internacional capitalista fueron fundamentalmente los países europeos, que durante varios siglos (del XV al XX), contando en los últimos decenios con la inestimable e indispensable ayuda de su hijo predilecto, los Estados Unidos de América, han dominado el mundo y lo han hecho a su imagen y semejanza. Países y sociedades que, simultáneamente, llegaron a la conclusión de que la mejor (¿la menos mala?) forma de evitar conflictos sociales internos era recuperar el viejo concepto griego de “democracia”: el poder del pueblo, de la gente, de todos. Y para poder aplicarlo sin salirse del marco capitalista imperante, que intuían había sido la base de su poderío desde la revolución industrial de mediados del siglo XVIII, recurren al célebre y entusiasta eslogan de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, del que adoptan la libertad (lo que en el futuro se conocerá como los derechos humanos civiles y políticos), prescindiendo de los incompatibles con el capitalismo: igualdad y fraternidad (lo que en el futuro se conocerá como los derechos humanos sociales y económicos y, más tarde, medioambientales) y lo denominan como el invento griego, democracia, no queriendo tener en cuenta que los griegos lo aplicaban a las polis, las ciudades de entonces, donde todos se conocían entre sí y se podían resolver, o al menos tratar, los asuntos públicos en asambleas ciudadanas cara a cara de todos los ciudadanos libres (sin esclavos, criados o extranjeros residentes). Nada en absoluto comparable con la polifacética y diversa composición de las entidades nacionales y la sociedad internacional de los actuales siglos XX y XXI. Puede que en la antigua Grecia clásica, su “democracia primigenia” pudiese abarcar de forma compatible la libertad y la igualdad, pero no parece que esté siendo posible (hasta ahora, por lo menos, lo que no quiere decir que no sea posible en el futuro) en nuestro actual mundo de “democracia capitalista”. 

Implantada la democracia (este tipo de democracia política y civil o “democracia formal” de partidos políticos y elecciones periódicas limpias y respetadas) como signo distintivo de los países modernos y desarrollados, no quedaba más remedio que lavarle la cara a las normas económicas y comerciales (Bretton Woods) antes descritas, de manifiesto signo capitalista, haciendo como que se democratizaba también la sociedad internacional. Para ello se crea la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945, de la que forman parte todas las naciones del mundo, que pueden debatir cualquier tema que pueda interesarles en su Asamblea General y en la multitud de organismos subsidiarios dependientes de ella, especializados en las más diversas áreas de las relaciones internacionales. Sí, pueden debatir e incluso adoptar resoluciones, pero lo que no puede hacer la Asamblea General de las Naciones Unidas es decidir. Decidir con carácter impositivo es sólo atributo de su Consejo de Seguridad, compuesto de cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China) con derecho a veto (un sólo voto en contra anula la validez de cualquier resolución) y diez rotatorios por periodos bienales sin derecho a veto. Es, por tanto, el Consejo de Seguridad, su pentarquía dominante, el único órgano con capacidad decisoria para los asuntos de la paz y las relaciones internacionales (para los conflictos de todo tipo entre Estados-nación y, cada vez más, para los conflictos internos de todo tipo en cada uno de ellos) y la única autoridad que puede tomar decisiones vinculantes, imponer sanciones o autorizar el uso de la fuerza. Es, asimismo, el único órgano de la ONU cuyas resoluciones estatutariamente deben acatar todos los Estados Miembros. Una vez más, también a nivel internacional, libertad sí (se puede debatir), pero igualdad no (sólo decide la pentarquía). 

Es, por tanto, la pentarquía dominante del Consejo de Seguridad, en definitiva, quien  se encarga de disciplinar al mundo para que la estructura económica capitalista internacional implantada en Bretton Woods se mantenga y sólo se modifique, si falta hiciera, en el sentido de un capitalismo más sólido y poderoso, como nos mostraron los cambios acaecidos en los años setenta del pasado siglo XX, que, a través de las nuevas herramientas tecnológicas basadas en la cibernética, implantaron eso que hoy día conocemos como el neoliberalismo. Desarrollo tecnológico que, a estas alturas, vemos que no sólo es capaz de hacernos pensar que podremos dominar y controlar el espacio extraterrestre y el microfuncionamiento de todo lo existente, sino la propia concepción de la realidad, hoy día tergiversable con la Inteligencia Artificial. 

Pero una pentarquía tan poderosa no podía estar exenta del virus (tan capitalista) de la competencia. Si bien, cuando las Naciones Unidas fueron creadas, había un hegemón entre sus cinco miembros, Estados Unidos, el desarrollo de los acontecimientos fue llevando progresivamente, primero, a que Rusia –entonces Unión Soviética– se equiparase al hegemón; a que ésta desapareciera como tal a finales de los años noventa para volver a ser una Rusia, que si bien sigue siendo la mayor potencia nuclear del mundo, es una potencia económicamente muy debilitada; a que tanto el Reino Unido como Francia, a pesar de la Unión Europea, hayan perdido capacidad de influencia en la geopolítica mundial, donde cada vez más potencias emergentes demandan su lugar en el mismo; y a que, finalmente, la que era la potencia más débil en el momento de constituirse el Consejo de Seguridad, China, se haya convertido en el rival, a su misma altura, del viejo hegemón, Estados Unidos. La composición del Consejo de Seguridad y de su pentarquía dominante se ha convertido en uno de los principales asuntos pendientes de la geopolítica mundial.        

Pero no perdamos el hilo. Pronto se vió que el mundo de Bretton Woods y de la ONU era un mundo inestable, con una Europa capitalista al oeste bajo el amparo de los Estados Unidos, que había acabado con la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico inaugurando la nueva era de la guerra atómica (Hiroshima y Nagasaki, 6 y 9 de agosto de 1945 respectivamente), y una Europa comunista al este, encabezada por la Unión Soviética, que no tarda en prepararse para esa posible confrontación nuclear que empieza a vislumbrarse en el horizonte (primera prueba nuclear soviética en agosto de 1949). Para enfrentar esta situación y poder llegar a imponer los propios criterios (capitalismo vs comunismo) llegado el caso, se crea, en abril de 1949, la Organización político-militar del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a la que se responderá en mayo de 1955 con su réplica político-militar, el Pacto de Varsovia. La guerra como solución en última instancia.

3.- Las guerras de la Guerra Fría

Y el mundo empieza a dividirse entre el mundo que se mantiene capitalista y el mundo comunista, que preconiza la instauración del socialismo creyendo que se pueden quemar etapas, sin ser capaz de encontrar la fórmula para transformar la sociedad en función del segundo de los grandes lemas de la Revolución Francesa (olvidado por el capitalismo): la igualdad (social y económica) sin abandonar lo que ya se había convertido –como se ha comentado– en el signo distintivo de los países modernos y desarrollados: la democracia (de derechos humanos políticos y civiles y de posibilidad de participar en la elección de sus dirigentes y autoridades públicas). Esto les hará perder la batalla ideológica con el mundo capitalista, que se materializará en la década los ochenta del pasado siglo XX con la implantación de un nuevo modelo de capitalismo que se acabará conociendo como neoliberalismo, la ideología político-económica que aboga por reducir la intervención pública en la economía y fomentar la libertad privada de producción, comercio y mercado, sustituyendo el capitalismo de Estado por el capitalismo privado mediante desregulaciones y privatizaciones. Una nueva estructura político-económica que se irá imponiendo en el mundo capitalista a partir de los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos (1981-1989) y Margaret Thatcher en el Reino Unido (1979-1990) y transformará los comunismos en estructuras mixtas neoliberalizadas a partir del fin del maoísmo en China con la llegada al poder de Deng Xiaoping (1978-1989) y con el derrumbe de la Unión Soviética en 1990-1991, dejando tan sólo pequeñas islas de resistencia, como la Cuba castrista, sin apenas capacidad de influencia real en la geopolítica mundial, salvo su capacidad mítica de referencia.

Es a lo largo de todo este recorrido desde la división del mundo en mundo capitalista y mundo comunista tras la Segunda Guerra Mundial donde podemos encontrar las diferentes funciones que la guerra ha jugado en los últimos tres cuartos de siglo (1945-2026). Un periodo que se inicia con dos mundos enfrentados, cuyos hegemones (Estados Unidos y la Unión Soviética, y sus respectivas alianzas militares, la OTAN y el Pacto de Varsovia) no se atreven a enfrentarse con las armas en la mano debido a la destrucción mutua asegurada que implican las armas nucleares (de hecho, se conocerá históricamente a este periodo como de “Guerra Fría”), pero que sí proseguirán su enfrentamiento geopolítico, ideológico y económico a través de guerras que han ido pasando por diferentes modalidades impuestas por el propio devenir de los acontecimientos.

En una primera etapa encontramos las guerras de enfrentamiento directo entre ambas cosmovisiones por la supremacía geopolítica del planeta. Son las guerras civiles de China (1945-1949), Corea (1950-1953) y Vietnam (1955-1975). La primera entre el Partido Nacionalista Chino (PNCh) o Kuomingtang (encabezado por Chiang Kai-Shek) y el Partido Comunista Chino (PCCh) (encabezado por Mao Tse Tung), que finaliza con la victoria del PCCh y la expulsión del Kuomintang a la isla de Formosa, hoy Taiwan, y la constitución de la República Popular China. Triunfo de la revolución china que será una de las causas de la segunda guerra entre Corea del Norte, sostenida por la Unión Soviética y sus aliados europeos y la República Popular China, y Corea del Sur, sostenida por Estados Unidos y sus aliados europeos a través de lo que se denominó Comando de las Naciones Unidas (UNC), que daría lugar, tras el armisticio de julio de 1953, a la consolidación de los dos países: Corea del Norte (comunista) y del Sur (capitalista), todavía existentes y enfrentados. Y, por último, la guerra de Vietnam (1955-1975) entre el Vietnam del Norte comunista, sostenido por la República Popular China y la Unión Soviética y sus aliados europeos, y el Vietnam del Sur heredero de la Indochina colonial francesa, sostenido por Estados Unidos y sus aliados europeos, que finaliza en 1975 con la victoria del Norte, que unifica el país como República Socialista de Vietnam, e induce asimismo la separación de Laos y Camboya, que también se constituyen como repúblicas socialistas.

Un modelo de guerra que, en cierta forma, se replicará a continuación en las conocidas como  guerras coloniales o de liberación colonial, que se extendieron entre 1945 y 1975 por todo el planeta, fundamentalmente en los continentes africano y asiático, Un tipo de guerra que podríamos caracterizar como de “lucha de clases a nivel internacional”, que daría lugar a una división clasista de la sociedad internacional con la aparición del término “tercer mundo” como sinónimo de “pobre” y, sobre todo, de “dependiente” de uno u otro de los dos mundos ya existentes y consolidados: el capitalista, encabezado y teledirigido por Estados Unidos, y el comunista, encabezado y teledirigido por la Unión Soviética; ambos autoconvencidos de haber encontrado la fórmula mágica del progreso científico y económico y de la justicia social.

4.- Neoliberalismo

El final de esta etapa descolonizadora (décadas del sesenta y setenta del siglo XX), que triplica el número de naciones independientes, coincide –o quizás  produce o provoca– el ya citado nuevo modelo de capitalismo conocido como neoliberalismo, consecuencia de la crisis iniciada en 1971, cuando Estados Unidos decide abandonar la vinculación del dólar al oro, devaluándolo, debido a la conjunción de recesión económica e inflación que le estaba suponiendo la guerra de Vietnam (que coincide con una aguda crisis cerealista en la Unión Soviética). Una medida que afecta sensiblemente al mercado del petróleo y, especialmente al consorcio de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), provocando la conocida como “crisis del petróleo de 1973/74” (el petróleo como arma geopolítica): reducción de la producción y embargos selectivos, especialmente a países del mundo occidental (capitalista), generalizando la estanflación (recesión económica e inflación simultáneas).

Los principales hitos significativos que esta sucesión de crisis provoca, que conducirán a la implantación de diferenciadas formas de neoliberalismo, tanto en el mundo capitalista/occidental como en el comunista/oriental, son los gobiernos de la premier Thatcher en el Reino Unido (1979-1990) y del presidente Ronald Reagan en Estados Unidos (1981-1989), la transformación del comunismo chino con la llegada al poder en China de Deng Xiaoping (1978-1989)  y el colapso del comunismo soviético (1990-1991). 

Así, mientras el mundo capitalista profundiza en su privatización, el maoísmo desaparece en China sustituido por el “comunismo con características chinas” de Deng Xiaoping (1978-1981) y Xi Jinping (desde 1981): privatización de empresas estatales, creación de Zonas Económicas Especiales, aceptación de inversiones extranjeras, etc; y la Unión Soviética se disuelve (diciembre de 1991)  heredada por una Rusia ya no comunista y privada de gran parte de sus antiguos territorios convertidos en 14 países europeos (seis) y asiáticos (ocho) independientes.

5.- El Islam como ideología emancipadora.

     El terrorismo como arma

No es ésta, sin embargo, la única novedad que nos  va  a deparar esta fase histórica.  En contra de lo que siempre se ha supuesto, no son siempre las religiones las que moldean las sociedades, sino que, en circunstancias determinadas pueden ser las sociedades las que moldean las religiones. Es el sentimiento de liberación y emancipación nacionalista, característico del siglo XX, el que impregnará al Islam e inducirá al mundo musulmán a rebelarse y enfrentarse al mundo desarrollado en su doble versión capitalista y comunista. Cuando el mundo musulmán se revuelve contra el mundo desarrollado (terrorismo islamista, yihadismo), no lo hace porque no sean musulmanes, o, al menos, no solamente, sino también porque se sienten dominados y agraviados cultural y económicamente. 

Este es el origen del islamismo, la teoría o doctrina que preconiza la emancipación del mundo musulmán a través de la reforma del propio Islam, cuyas bases ideológicas y operativas han ido naciendo en diferentes partes del mundo de formas aparentemente desconectadas.

En el mundo musulmán africano se iniciará en el periodo de entreguerras (1920-1940) con la Asociación de los Hermanos Musulmanes en Egipto, que combina su acción política e ideológica con la beneficiencia (evidenciando el principio de que la fuerza de atracción  de una ideología es proporcional a su capacidad de práctica social) y con las aportaciones de Sayyid Qutb, funcionario del Ministerio de Enseñanza egipcio, que es enviado a Estados Unidos para estudiar los métodos de enseñanza occidentales. El materialismo que impregna a la sociedad estadounidense y la copia que del mismo cree que está adaptando el régimen de Nasser en Egipto, le lleva a escribir dos tratados “La justicia en el Islam” y “Señales en el camino”, en los que establece dos de los principales principios en que acabará basándose el islamismo como teoría política. Equipara el mundo actual con la yahiliyya (la barbarie anterior al Islam) que redimió el profeta Mahoma, incitando a imitarlo mediante la yihad (esfuerzo personal de perfeccionamiento) social y colectiva, que justificará posteriormente el terrorismo indiscriminado.

En Asia, la génesis del islamismo es múltiple, pero prácticamente contemporánea. En la península indostánica, todavía bajo dominación colonial británica, el propio proceso independentista fomentará la alerta de los musulmanes, minoritarios frente a la mayoría hindú. En ella destacan las aportaciones de Mawdudi y los movimientos deobandi y tabligh. El primero se opone al carácter excesivamente nacionalista y poco islámico, del recién independizado (1947) Paquistán, que significa, curiosa y precisamente, “el país de los musulmanes puros”. El movimiento deobandi (así denominado por haber surgido en la ciudad india Deoband) nace, en realidad, a finales del siglo XIX, cuando Gran Bretaña coloniza el subcontinente indio, expulsando a los mogoles y dejando a los musulmanes, hasta entonces dominantes, en minoría frente a los hindúes. Su objetivo inicial era fomentar la formación de ulemas y madrasas con el objetivo de que no se perdieran las prácticas y costumbres islámicas. Con el tiempo, la minoría musulmana deobandi será un importante apoyo a las teorías islamistas de regeneración y reforma islámicas que empiezan a recorrer el mundo musulmán. El movimiento reformador religioso Tablighi Jamaat (sociedad para la propagación de la fe, tabligh en forma abreviada) nace en 1927 para la reislamización de los musulmanes indios, excesivamente influidos y condicionados por el entorno hindú. La principal aportación del tabligh al islamismo moderno es su capacidad de influencia en las comunidades musulmanas que están alejadas de ambientes musulmanes debido a la emigración  o cualquier otra causa.

Mientras, en la antigua Persia shií, a diferencia del sunismo imperante en el norte de África y en la península indostánica, con lengua y cultura muy diferentes, con un pasado imperial milenario y en la que el clero shií está mucho más estructurado jerárquicamente que en las sociedades sunitas, la incidencia del islamismo con características propias tendrá un carácter revolucionario. Desde febrero de 1921 gobierna la dinastía Pahlevi, que tras un golpe de Estado militar encabezado por el general Reza Khan y apoyado por los británicos, se hace con el poder y en 1925 se autoproclama shah (rey), instaurando la nueva dinastía Pahlevi, ejerciendo de gendarme para defender los intereses de sus aliados occidentales en el área. Enfrentada la monarquía con el político nacionalista Mossadegh (primer ministro del país en esos momentos), el shah da un autogolpe de Estado en agosto de  1953 implantando una nueva dictadura apoyada en las oligarquías financieras y militares. En este ambiente, surge la figura del intelectual Alí Shariati, que incorpora al corpus doctrinal shií los ideales tercermundistas de liberación y nacionalismo, preconizando una yihad islamista contra el tirano, que atrae al clero shií enfurecido por su impiedad y su dependencia de potencias extrajeras no musulmanas. La rebelión del clero shií la encabezará el ayatolá Jomeini, una de las más altas autoridades islámicas del país, desde el propio Irán  y desde el vecino Irak al ser expulsado del país. Apoyado por la mayoría popular, la revolución del clero inspirada por las teorías de Shariati logra derribar al régimen en 1979 y sustituirlo por un nuevo régimen teocrático islamista.

En la península arábiga, donde gobierna desde 1932 la alianza entre la dinastía de los Saud  y el wahabismo, corriente religiosa suní conservadora y puritana, surgida en la península en el siglo XVIII, que preconiza una interpretación literal y estricta del Corán y sus hadices (enseñanzas del profeta Mahoma transmitidas oralmente) buscando lo que consideran las prácticas originales del Islam, se refugian en la década de los cincuenta del siglo XX numerosos hermanos musulmanes, huyendo de la presión ejercida sobre la Hermandad por el régimen nacionalista egipcio de Nasser, proporcionando al país, que empezaba a beneficiarse de unos considerables ingresos procedentes de la industria petrolera, un nutrido grupo de intelectuales mejor formados que la mayoría del país, una sociedad, en esos momentos eminentemente rural. Con ellos, la Universidad de Medina se transforma en un centro de propagación de las ideas islamistas al que acuden estudiantes de todo el mundo árabe, que se refuerza con la absorción del wahabismo con los inversores y trabajadores inmigrantes que acuden al país ante el auge de la industria petrolera y de la modernización de las ciudades saudíes. Wahabismo que propagarán en sus lugares de origen al regresar a ellos. Por su parte, el régimen saudí crea la Liga Islámica para wahabizar al mundo musulmán a través de la ayuda económica y la financiación de actividades religiosas y caritativas.

Todo esto va a dejar un Islam convencido de la superioridad de su cultura, obsesionado con la inferioridad de su poder e impelido a enfrentarse a un mundo desarrollado, que a su vez está convencido de la universalidad de sus sistemas político-sociales –sea el capitalismo neoliberal de los países occidentales, sea el comunismo soviético o con características chinas–, y obsesionado también con la obligación de extenderlos por todo el mundo. Un Islam islamista que será utlizado como la identidad social en la que refugiarse individualmente y desde la que actuar colectivamente. Un Islam que va a tener su bautismo de fuego en el Afganistán de los últimos años de la década de los setenta del siglo XX, donde las disputas políticas llevan a un golpe de Estado protagonizado por jóvenes oficiales comunistas divididos en dos fracciones, los prosoviéticos del Parsham (bandera) y los doctrinarios del Khalq (pueblo), que logran imponerse,  exiliar a sus rivales a Moscú y establecer en el país, a sangre y fuego, un socialismo totalmente ajeno a las costumbres y tradiciones de un país musulmán y rural, que los enfrenta a la mayoría de la población provocando un levantamiento generalizado, que no tarda en ser abastecido en armas y dinero por Estados Unidos a través de Paquistán. Temerosa la Unión Soviética de perder la oportunidad de poder crear un nuevo régimen satélite y de que caiga Afganistán bajo la influencia de Estados Unidos, decide deponer el poder de sus aliados parsham y el 27 de diciembre de 1979 invade Afganistán exacerbando la resistencia (étnica, tribal y territorial local), que se acabará conociendo como “los señores de la guerra”, ante la presencia de un ejército extranjero e infiel, que pretende imponer costumbres y formas de vida no musulmanas. Entre los muchos grupos que se levantan contra el invasor soviético se encuentra la versión local de los Hermanos Musulmanes creada y liderada por estudiantes afganos formados en la Universidad de Medina (Arabia Saudi) y al-Azhar (Egipto). El hecho de que su apoyo exterior se canalice a través de Paquistán hace que éste incida preferentemente en ellos y en los pastunes, etnia común a los dos lados de la frontera afgano-paquistaní, de cuya conjunción saldrá el islamista pastún Partido Islámico (Hezb e Islami) liderado por Guldebun Hekmatyar. Una resistencia, en definitiva, pastún wahabí ideológicamente orientada por la Hermandad Musulmana y operativamente iluminada por el islamismo revolucionario (armado) triunfante en el vecino Irán, que se ve favorecida por la rivalidad internacional entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

La guerra afgano-soviética atrae a muchos voluntarios musulmanes que se empiezan a autodenominar salafistas yihadistas,  es decir, que pretenden imponer por la fuerza  de las armas (yihadistas) el nuevo Islam islamista por todo el Dar al-Islam (la tierra de los musulmanes). Un islamismo que conciben como el regreso a la pureza de las tres primeras generaciones musulmanas, conocidas como los “salaf” (salafistas). Un salafismo yihadista, cuya incidencia real en la guerra contra las fuerzas soviéticas, llevada a cabo básicamente por la propia resistencia afgana, es mínima, pero del que, sin embargo, saldrá la ideología de los “ejércitos clandestinos” que, una vez expulsados  los soviéticos de Afganistán (febrero de 1989) acudirán a la llamada de un Osama ben Laden, que se formó entre ellos y que considera inadmisible la presencia de soldados infieles en la tierra de los Lugares Sagrados (Arabia Saudí) con ocasión de la Guerra del Golfo (agosto de 1990- febrero de 1991).

Finalizada la guerra en Afganistán con la salida de las tropas de la Unión Soviética, –sumida ésta en un doloroso proceso de disolución (1990-1991)–, los yihadistas-salafistas regresan a sus lugares de origen, acogida o exilio con la sensación del deber cumplido pero de tarea inacabada, y decididos a continuar con la yihad proselitista que han aprendido y practicado en los campos de adiestramiento y entrenamiento paquistaníes y en los campos de batalla afganos.

Un sentimiento que será reforzado por los acontecimientos que se van sucediendo en el mundo musulmán en los siguientes años: primera intifada (levantamiento) palestina (1987-1991), en una de las más sangrantes causas de humillación del mundo musulmán; Guerra del Golfo (1990-1991), con ocasión de la cual las tropas estadounidenses y sus aliados huellan el territorio de los Lugares Sagrados (Arabia Saudí) y derrotan y humillan al régimen iraquí; la asistencia impasible del mundo a la anulación por el impío régimen argelino del Frente Nacional Argelino (FLN) de las elecciones ganadas (1992) por el islamista Frente Islámico de Salvación (FIS), obligando a sus dirigentes a pasar a la clandestinidad –en la cual, por cierto, se convertirán en el Ejército de Salvación Nacional (EIS), matriz de sus sucesivas transformaciones en Grupo Islásmico Armado (GIA) y Grupo Salafista para la Predicación y el Combate–; matanza de musulmanes a manos de bosnios y croatas (cristianos ortodoxos) en Bosnia-Herzegovina (Sbrenica, 1992).

Este es el mundo que perciben las masas del mundo musulmán y, con especial irritación, los yihadistas salafistas que culpan de todo ello al mundo desarrollado, especialmente a Estados Unidos, organizándose en “ejércitos clandestinos” en distintas partes del mundo. Uno de ellos va a surgir en la propia Arabia Saudí (Comité para la Defensa de los Derechos Legítimos, CDDL), enfrentado a la propia casa reinante de los Saud, considerada un instrumento de Occidente y de su expansionismo neoliberal. De este enfrentamiento y de la correspondiente represión emergerá la figura del joven millonario Osama ben Laden, coordinador de los apoyos saudíes a la resistencia afgana antisoviética, en la cual llega a participar personalmente. En su nuevo papel dirigente organiza (1988) la informatización del inventario y estructuras de los yihadistas salafistas, a la que llamará “la base” –de datos– (al-Qaeda). Perseguido por el régimen saudí, se refugia en el régimen islamista sudanés del general Al-Bashir, desde donde comienza a construir su red-imperio económico exclusivamente orientado al apoyo y sostén de la yihad salafista (al-Qaeda). Presionado por Estados Unidos, el régimen sudanés lo expulsa del país (1995). En 1996, Osama ben Laden regresa a Afganistán, donde entra en contacto con los talibán y proclama su “Declaración de la yihad contra los judíos y los cristianos” y acaba creando el Frente Islámico contra los judíos y los cristianos, materialización organizativa de los datos de “la base” (al-Qaeda) del universo yihadista salafista, en los que incluye a los talibán (plural de talib, estudiante de madrasa pastún deobandi), que surgen en 1994 incorporándose a la guerrilla antisoviética afgana.

El Frente Islámico pronto se convierte  en el refugio de las generaciones posteriores a la masiva emigración musulmana al mundo desarrollado de los años ochenta, como consecuencia de la crisis petrolera de 1973 y de la implantación del neoliberalismo en el mundo desarrollado, que se ven, cada vez más, convertidos de proletarios en excluidos (aculturados pobres sin demasiadas expectativas de futuro) en la década de los noventa del siglo XX. No comprenden el Islam tradicional de sus padres, oscurantista y retrógrado desde el prisma de la cultura de los países desarrollados que aprenden en sus escuelas (aculturación), al mismo tiempo que se sienten excluidos. Cuando las ideas de Madawi, Qutb, Shariati, Jomeini o el wahabismo empiezan a ser predicadas en inglés, francés, alemán, español o ruso en las mezquitas financiadas por las petromonarquías del Golfo, esta juventud pobre y desamparada encuentra refugio anímico en la nueva identidad islamista, que le permite racionalizar, al mismo tiempo, su rechazo al tradicionalista de sus padres y su rencor histórico antioccidental, justificando ante sí misma cualquier comportamiento con sólo adscribirse a la defensa del Islam.

En este caldo de cultivo, la información que reciben del exterior a través de  determinados canales es una glorificada versión de la actuación de los “combatientes de la libertad” en Afganistán contra la invasión del ateísmo soviético, coincidiendo con las noticias de la invasión israelí del Líbano (1982) y sus matanzas en Sabra y Shatila (1983), de la segunda intifada (levantamiento) palestina (2000), o de la expulsión del Líbano de las fuerzas estadounidenses, francesas e italianas (1983); todo lo cual les induce a confiar en que la posibilidad de la yihad (la yihad fuera de área, la yihad islamista, la globalización islámica) es real y posible. Financiadas por la red/imperio económica/ideológica de Osama ben Laden sus principales episodios son los atentados contra las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar-es-Salaam (1998), los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos (2001) –que provocan la invasión estadounidense de Afganistán (noviembre de 2001)–, el atentado del 11 de marzo en la estación de Atocha de Madrid (2004), el de Casablanca (Marruecos (2003) o el del 7 de julio en Londres (2005). Es el nuevo tipo de guerra al que se enfrentará (se sigue enfrentando) el neoliberalismo.

6.- Las guerras contraterroristas

Y al que contestará con su propia versión del mismo, las guerras contraterroristas, en las que el concepto de terrorismo se agranda cuanto haga falta con tal de que su adscripción justifique la actuación de, principalmente Estados Unidos –que en las dos siguientes décadas logra imponer su hegemonía a nivel mundial–, pero en general de todo el mundo neoliberal. Es el periodo conocido de la “globalización”, del que serán sus principales hitos bélicos la Operación Libertad Duradera (2001-2021) estadounidense en Afganistán para desmantelar a al-Qaeda y derrocar al régimen de los talibán, apoyada (2001-2014) por la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) de la OTAN, que finalizan sin éxito tras una precipitada y desorganizada retirada y con los talibán manteniendo el poder en Afganistán (2021); la intervención en Irak (2003-2011) por, igualmente, Estados Unidos y la OTAN, acusando sin pruebas de que estaba produciendo armas de destrucción masiva y financiando el terrorismo internacional; la intervención en Irak y Siria de la llamada Coalición Global contra el Daesh o Estado Islámico, filial (al menos inicialmente) de Al-Qaeda en estos dos países de Oriente Medio; o las intervenciones francesas en diferentes países africanos (antiguas colonias suyas) para combatir la presencia de organizaciones yihadistas salafistas filiales de al-Qaeda o del Estado Islámico/Daesh: operaciones Serval (2013), Barkhane (2014-2017) o Sangaris (2013-2016).

7.- El neoliberalismo de guerra.

     La violencia internacional como medio de acumulación

Si bien estas acciones terroristas/guerras contraterroristas, además de su carácter cultural y civilizatorio (mundo musulmán vs. mundo cristiano) tienen también un carácter de “lucha de clases internacional” (países/sociedades no desarrollados vs. países/sociedades desarrolladas) como las guerras de descolonización ya mencionadas de los años sesenta y setenta del siglo XX, el siguiente ciclo de violencia y guerra internacionales tendrá como protagonista al propio neoliberalismo, personalizado en su hegemón, Estados Unidos –los Estados Unidos del presidente Tump–, pero no como agredido por ser el dominante, sino precisamente como agresor mediante una política que perfectamente se podría etiquetar como un “neoliberalismo de guerra” o como “la violencia internacional como medio de acumulación”, del que ya se han apuntado sus inicios en los primeros párrafos de este artículo.

Una política que se enmascara con grandilocuentes declaraciones y propuestas de arreglo pacífico de conflictos, de los que, en realidad, se busca beneficio económico y/o tecnológico. Los casos más paradigmáticos son las propuestas de paz en Gaza y Ucrania, y los hechos más notables las operaciones bélicas Determinación Absoluta contra Venezuela y las operaciones Martillo de Medianoche y Furia Épica contra Irán, y el intento de humillar y neutralizar a la Unión Europea con su aspiración de hacerse con Groenlandia. 

Efectivamente, Estados Unidos, punta de lanza y cabeza rectora del neoliberalismo actual, presentó en septiembre de 2025 un Plan de Paz para Gaza  de 21 puntos, en el que, entre otras muchas propuestas, se propone una reconstrucción de la franja de Gaza bajo el “gobierno” (al modo del viejo Mandato Británico colonialista) de una Junta de Paz presidida por él mismo, Donald Trump, que regiría y dirigiría la financiación, la reurbanización y la reforma de dicha reconstrucción física y administrativa, bajo la seguridad proporcionada por una Fuerza de Estabilización comandada, controlada y dirigida por las Fuerzas Armadas estadounidenses.

Una futura arquitectura política y administrativa tras la que puede verse la facilidad con la que podría implantarse en Gaza aquella transformación de la Franja en una Riviera de Oriente Medio que el presidente Trump (empresario inmobiliario e inversionista) presentó al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu en su conferencia de prensa conjunta en Washington el 5 de febrero de 2025, basada en el documento de 38 páginas titulado Fondo para la Transformación, Aceleración Económica y Reconstrucción de Gaza (GREAT en inglés, ¿suena de algo?), consistente en transformar en diez años, bajo administración estadounidense y con inversiones públicas y privadas que cuadriplicarían en una década su desembolso inicial, el territorio gazatí en un enclave turístico y una zona industrial de tecnología punta de ocho o diez ciudades inteligentes administradas por Inteligencia Artificial. Algo que, sin embargo, aunque no se cita, implicaría la deportación, forzosa o forzada, de dos millones de gazatíes a Egipto, Jordania o zonas gazatíes especialmente designadas y la transformación de quienes no abandonaran el territorio en la mano de obra barata de sirvientes de los emporios turísticos y tecnológicos.       

Algo parecido se puede concluir del Plan de Paz estadounidense para Ucrania de 21 puntos de noviembre de 2025, que incluye varias cláusulas relativas a la reconstrucción física, económica y administrativa de Ucrania tras el fin de las hostilidades. Como en el caso anterior sobre Gaza, la reconstrucción sería supervisada y garantizada por Estados Unidos a través de un Consejo de Paz, también presidido por el propio Trump, que tendría la última palabra sobre cualquier discrepancia que pudiera surgir en la interpretación o ejecución del Plan. Y se financiaría con un denominado Fondo de Desarrollo para la Reconstrucción elaborado por el Banco Mundial, entre cuyos objetivos estaría la extracción de minerales, entre ellos, las “tierras raras” (litio, uranio, titanio. berilio, etc.) ucranianas (especialmente en su área oriental, el Donbass, principal escenario actual de los combates), a las que Estados Unidos tiene el ojo echado desde hace tiempo. Además, el Plan cuenta para esta financiación con los fondos rusos que tiene congelados la Unión Europea, de los que cien mil millones de dólares serían utilizados para iniciativas lideradas por Estados Unidos, que recibiría el 50% de estas ganancias, debiendo la Unión Europea aportar otros cien mil millones de dólares.

Dos planes de paz indudablemente beneficiosos económicamente para Estados Unidos y sus empresarios, a los que se puede añadir el Acuerdo de Paz Congo-Ruanda, firmado el 4 del pasado diciembre de 2025, ratificando los compromisos adquiridos por las autoridades congoleñas y ruandesas el 27 de junio (bajo mediación y presión de Estados Unidos) en Washington, que permite a Ruanda mantener tropas en el este del Congo hasta que se neutralice a las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda y al M23, el grupo rebelde ruandés apoyado y sostenido por el Congo; y el firmado por Ruanda y el M23 en el mismo sentido, el 15 de noviembre en Catar. 

En este citado Acuerdo de Paz de 4 de diciembre hay también, cómo no, una dimensión económica (tildada por el presidente Trump como “con la que se va a ganar mucho dinero”): integración económica regional y acuerdos bilaterales entre Estados Unidos, con acceso preferencial, y ambos países para la explotación de minerales estratégicos para la alta tecnología, abundantes en ambos países, incluidas las tierras raras y otros minerales esenciales.

Ninguno de los tres planes de paz (Ucrania, Gaza, Centroáfrica) parecen tener muchas posibilidades de llegar a ponerse en vigor tal como están inicialmente redactados, pero si alguno de los tres llegara a implementarse tras las modificaciones que pudiera haber, lo más probable es que estas citadas cláusulas, que suponen beneficios económicos para Estados Unidos (y para su presidente y algunos de sus grandes magnates), estarían incluidas de una forma u otra.

En otro orden de cosas, la “resolución de conflictos made in USA post globalización y post multilateralismo” no se está desarrollando, como en los casos citados, buscando la paz (y sus beneficios derivados) sino, por el contrario, utilizando directamente la fuerza para conseguirlos. Son los casos paradigmáticos de Venezuela o Irán y, cada vez parece que más, Cuba.

En el primero, Venezuela, como ya se apunta en los primeros párrafos de este estudio, Estados Unidos justificará el ataque  (Operación Determinación Absoluta del 3 de enero de 2026, componente específico para Venezuela de la más amplia Operación Lanza del Sur, materialización de la versión trumpista de la Doctrina Monroe, “América para los americanos”) con las acusaciones de régimen dictatorial represivo corrupto y narcotraficante dirigido por un Gobierno ilegal no producto de las urnas, sino autoimpuesto mediante “pucherazo” (elecciones del 28 de julio de 2024), con el resultado del secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores y la imposición de una tutela política-económica al régimen, ahora encabezado por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, también miembro del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

El presidente Trump (que ha llegado a autodenominarse acting president de Venezuela) declara, el propio 3 de enero, que “Estados Unidos gobernará Venezuela hasta que haya una transición segura y apropiada», apuntando que “los líderes del citado proceso de transición serán su propio equipo, incluido el secretario de Estado, Marco Rubio” y solicitando a la presidenta pro tempore Delcy Rodríguez “acceso total al petróleo y a otros recursos naturales de Venezuela, que nos permitan reconstruirlo, como a sus infraestructuras, puentes y carreteras”. Tres días más tarde (6 de enero), confirma en su red Truth Social que “las autoridades provisionales de Venezuela (Gobierno interino de Delcy Rodríguez) entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad a los Estados Unidos, que controlará ese dinero para garantizar que se utilice en beneficio del pueblo venezolano y de Estados Unidos”. Estos envíos se realizarían desde Venezuela directamente a los muelles de carga y descarga de Estados Unidos, que lleva a cabo su primera venta de petróleo venezolano el 14 de enero por valor de quinientos millones de dólares, a menos de dos semanas desde la incursión militar y el secuestro del presidente Maduro y su esposa, que continúan encarcelados en Estados Unidos.

En román paladino “déjenos comerciar sus hidrocarburos y sus reservas minerales y le adecentamos el país, mientras nos quedamos con las ganancias de la operación y le reconstruimos (física y socialmente) el país a nuestra conveniencia”.

El caso de Irán, respondiendo a la misma estrategia, es distinto por tres principales razones: la distancia geográfica, la inexistencia del amparo justificativo de la Doctrina Monroe (¿hoy día transformada en Donroe?) y su carácter de enfrentamiento de larga data desde noviembre de 1979, cuando varios miles de estudiantes iraníes, en la exaltación del triunfo de la revolución islamista en el país, irrumpen en la embajada estadounidense de Teherán y toman como rehenes a 63 estadounidenses como protesta por la acogida del depuesto shah (enero de 1979, tras la revolución islamista iraní) Mohammad Reza Palevi. El nuevo dirigente iraní ayatolá Jomeini exige a Estados Unidos, a cambio de su liberación, el fin de la intromisión estadounidense en los asuntos internos iraníes, sin que se pueda llegar a alcanzar ningún tipo de acuerdo. Solamente son liberados trece rehenes en noviembre y las negociaciones se interrumpen por falta de resultados en abril de 1980, con 50 rehenes todavía  encarcelados en Irán.

Estados Unidos decide pasar a la acción con la operación de rescate Garra de Águila, lanzada desde el portaaviones USS Nimitz con el apoyo de aviones de transporte C-130, pero una violenta tormenta de arena en el desierto hace fracasar la operación (ocho bajas mortales). Desde entonces, Estados Unidos siempre ha considerado al régimen iraní como un enemigo a destruir, llegando a incluirlo  (enero de 2002) en el llamado Eje del Mal, junto a Irak y Corea del Norte, por sus supuestas intenciones de hacerse con armamento nuclear. Inclusión que permite justificar acciones militares, de desestabilización o aislamiento en su contra.

Una situación de enfrentamiento geopolítico que se verá reforzada cuando el régimen iraní ampare a una serie de organizaciones islamistas en el cercano Oriente enfrentadas con el gran aliado y “gendarme” en dicha área geográfica de Estados Unidos, Israel, por su política discriminatoria y colonialista antimusulmana en Cisjordania y Gaza (la Palestina ocupada), y recordando que Irán, gran productor de hidrocarburos, pudiera algún día jugar el papel que Arabia Saudí tuvo en la crisis del petróleo de 1973. Quizás, por todo ello, Estados Unidos, en función de su nueva política de “violencia internacional como medio de acumulación” del “neoliberalismo de guerra” esté programando hacerse con el petróleo iraní, como se ha hecho con el venezolano, el gran valor geopolítico en manos iraníes, que, de desaparecer, posibilitaría una adecuada  resolución de algunos de los problemas que, ahora mismo, están afectando peligrosamente a la geopolítica mundial.

Es en esta hipótesis en la que puede entenderse el desplazamiento al área del Cercano Oriente  de dos potentes escuadras navales estadounidenses (Operación Furia Épica) desde las que poder atacar con posibilidades (altas) de éxito a Irán, para derrocar al régimen y hacerse con su petróleo, a imagen y semejanza de la estrategia seguida con Venezuela. Y el consiguiente ataque del 28 de febrero de 2026 con el asesinato del líder supremo del régimen, el Ayatolá Jameneí (Operaciones Furia Épica estadounidense y León Rugiente israelí).

Pero el neoliberalismo, que en esencia es competitividad, no podía estar en esta nueva etapa de violencia internacional como medio de acumulación exenta de la propia competencia interna, que se muestra en la política estadounidense respecto a la Unión Europea: amenazándola con aranceles, forzándola a abastecer a Ucrania de armamento, material y pertrechos necesariamente comprados en el mercado estadounidense, y amenazándola con hacerse con parte de su territorio, Groenlandia, en nombre de su seguridad, cuando se ha demostrado, ante el dilema, que esa seguridad es mucho más lógica, factible y eficaz asignándosela a la OTAN, a la que los propios Estados Unidos no sólo pertenecen, sino que son los que la teledirigen y llevan sacando beneficio de ella desde su misma creación. Entonces, ¿el interés estadounidense por ocupar físicamente Groenlandia mediante algún tipo de situación administrativa está motivado por inquietudes securitarias o por ambiciones económicas sobre sus posibles recursos energéticos y minerales?  

Quizás haya ocurrido así siempre a lo largo de la historia, pero creo que dado el descaro con que se está haciendo en estos momentos, no estaría de más incluir un nuevo epígrafe a los muchos que tratan de reducir la historia a frases épicas: la paz como negocio, el neoliberalismo de guerra o la violencia internacional como medio de acumulación; como frase épica para que la historia designe nuestro actual periodo histórico, que se inicia en la segunda decena del siglo XXI y finaliza…

Otros artículos de interés:

  • All Posts
  • Economía
  • Gaceta Sindical #46
  • Geopolítica
  • Política

 Europa en un orden internacional en transición La Unión Europea atraviesa una transformación estructural que ya no puede explicarse como una simple sucesión de crisis. Lo que está cambiando es el marco mismo de posibilidades en el que Europa actúa. Durante décadas, el proceso de integración europea se consolidó en un entorno de relativa estabilidad geopolítica y económica. Ese entorno...

Las nuevas empresas tecnológicas y la ideología californiana El pasado enero, la ceremonia de investidura de Donald Trump como 47 presidente de los Estados Unidos de América destacó por la presencia de buena parte de los presidentes, líderes y consejeros delegados de grandes compañías tecnológicas estadounidenses como Amazon, Meta, Apple, Google, SpaceX u OpenAI. Hace tres décadas, las empresas del...

Las fechas concretas son en términos generales tramposas, pero nos pueden ayudar a enmarcar y relacionar acontecimientos. Por eso me decido a empezar por la del 1 de septiembre del pasado año 2025, día en el que la Armada estadounidense ataca en aguas internacionales del Caribe, frente a las costas de Venezuela, a una lancha procedente de este país, matando...

Confederación sindical de Comisiones Obreras

C/ Fernández de la hoz nº12 - 28010 - Madrid