El crepúsculo del orden neoliberal global
Estamos viviendo tiempos ásperos y confusos. Por todas partes del mundo afloran crisis económicas; estanflación; ralentización del crecimiento de la productividad; fragmentación geoeconómica; guerras arancelarias; nacionalismos económicos; desglobalización; ocaso de la unipolaridad; crisis climática; desafección democrática; ascenso de autoritarismos electorales.
El ambiente general que embarga a la mayoría de las sociedades es el del malestar generalizado, frustración, rencores despertados, odios, estupor y asfixiantes incertidumbres.
Por ello, no es raro que por todos lados estén surgiendo lecturas apocalípticas respecto al “advenimiento del fin de los tiempos”. No se trata solo de las reverberantes escatologías religiosas que promete la inminente llegada de la redención celestial, sino también de la proliferación de debates políticos y filosóficos sobre el derrumbe de la “civilización”; la llegada de un “Armagedón” que dirimirá con fuego purificador la batalla entre “occidente” y “oriente”; o el colapso ecológico y demográfico que terminará con la vida tal como hoy la conocemos, etc.
En medio de todo ello, la pregunta que uno se hace es ¿cómo ubicarnos en un tiempo que parece inaprensible? Y, lo más importante, ¿cómo situarnos en el tiempo para transformarlo por uno más condescendiente con el bienestar y la justicia social?
Las teorías convencionales que se usaban en tiempos de “normalidad”, hoy son incompetentes para abordar esta vorágine de anomalías. Las manidas categorías de “globalización”, “nichos de oportunidad”, “libre mercado”, “gobernabilidad, “liberalismo político”, etc. se muestran agotadas e inútiles para dar cuenta de un mundo que ha perdido horizonte y predictibilidad.
Sin embargo, en un esfuerzo para comprender la complejidad del presente, en los últimos años han surgido varios conceptos de apoyo para intentar aprehender esta realidad esquiva.
Uno de ellos es el de “policrisis”
Recuperando un término formulado por E. Morin en los años noventa, el profesor A. Tooze, C. Hobson y otros han propuesto la categoría de policrisis para referirse al momento excepcional y caótico que actualmente está viviendo el mundo. Posteriormente, el Foro Económico Mundial de Davos y el Banco Mundial han adoptado el término para hacer sus evaluaciones sobre la situación global actual.
En su acepción simple, policrisis hace referencia a la convergencia de muchas crisis independientes ocurriendo simultáneamente, superponiéndose y retroalimentándose entre ellas. En particular, para Tooze es la manera de nombrar la perplejidad general que estas perturbaciones provocan y la pérdida de confianza en los dispositivos de conocimiento que se tienen para descifrar el porvenir. Es un tipo de “crisis de conocimiento” respecto a la trayectoria global de los acontecimientos que ahora se presentan como caóticos.
Si bien esta categoría ayuda a establecer el tránsito por un “punto de inflexión crítico” del curso histórico, carece de contenido más allá de la descripción patética del agolpamiento de múltiples crisis. El propio Tooze, en una reciente autocrítica, reconoce que es una “teoría débil” que, además, no permite “especificar los factores que las impulsan” ni mucho menos “el peso específico” de cada una de ellas. Lo que a la larga resulta “confuso e inútil”.
Uno de los mayores problemas con esta interpretación es que se concentra en el aparato de producción de conocimientos que poseen las teorías sociales contemporáneas, esto es, en un déficit académico. Cuando en realidad la incertidumbre y el caos que nombra es una experiencia social y, por tanto, tiene que ver con las propias estructuras económicas, que han perdido el vigor del crecimiento; y de los mecanismos de legitimación política, que se muestran desgastados al momento de alcanzar consensos activos de las sociedades. Por otra parte, la categoría policrisis carece de historicidad, pues se limita a enunciar el horror de un abismo en el que todo pareciera colapsar sin salida alguna, incluido el propio curso histórico.
Interregno
Fue Gramsci, que vivió un tiempo parecido al presente, el que propuso el concepto de interregno para referirse a las cualidades de un punto de transición histórica, pero, precisamente, con la carga de un hecho social general y preludio de un nuevo “orden” social.
Recogiendo una categoría usada para designar los complejos e irregulares tiempos que emergen del fin de un soberano hasta la entronización de uno nuevo (del latín “inter”, entre; “regnum” reinado), el interregno en Gramsci designa la “muerte de las viejas ideologías” que mantenían el consenso social de las clases dominantes. Por ello, es el tiempo en que esas clases dejan de ser dirigentes y quedan solo como dominantes; como detentadoras de la “pura fuerza de la coerción”.
Si bien es un momento de tránsito, de una forma de legitimación a otra, el interregno señala una “crisis de autoridad” cuya resolución históricamente normal queda bloqueada”. Las masas populares se “separan” de la ideología dominante, pero no para abrazar inmediatamente otra sino para sumergirse en un “escepticismo generalizado” hacia todas las “teorías y fórmulas generales”. Así, en medio de esta “muerte de las viejas ideologías”, lo que prevalece como cohesión social es el vínculo del “puro hecho económico”, el “cinismo” descarnado en política y, claro, la coerción.
“Lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”, continua Gramsci, abriendo un espacio de incertidumbre general. Moller Stahl argumenta que el interregno sería un tiempo de pérdida de fe en las ideologías dominantes porque habría una competencia de varios proyectos ideológicos con suficiente respaldo en la sociedad. Pero, en realidad, para Gramsci, lo que caracteriza el interregno no es un mercado competitivo de ideologías, sino el derrumbe de todas ellas. Es la experiencia del vacío de creencias movilizadoras. Es en este inicial aplanamiento ideológico que empuja a los pueblos a “no creer en lo que creían antes”, del que luego surgen, necesariamente, las condiciones para la “formación de una nueva cultura” y la disputa entre distintos proyectos ideológicos para conquistar la hegemonía. Solo entonces hay espacio para una “expansión sin precedentes” de lo nuevo. Gramsci creía que podía ser la ideología socialista. Pero no descartaba la “restauración de lo viejo” o, peor, la emergencia de los “más diversos fenómenos morbosos”.
La conceptualización gramsciana es sumamente potente para comprender el presente. La debilidad que tiene es que concentra la explicación, y la resolución, de la “crisis de autoridad”, en la ideología, dejando de lado la economía que, como veremos después, es tan decisiva como la primera. Además, pero esto ya no es atribuible a Gramsci, el uso actual del concepto interregno se ha reducido a una mera adjetivación paralizante, casi nihilista, de las “monstruosidades” contemporáneas de la vida política.
Tiempo liminal
Con este concepto recogemos las virtudes de los dos anteriormente mencionados y buscamos superar sus limitaciones.
Inicialmente, el término liminalidad fue propuesto por los antropólogos Gennet y Turner para estudiar el tránsito a estados estructurales de la vida de un pueblo, como la guerra, la escasez, la abundancia, etc. Es un tiempo de disolución y descomposición de las normas prevalecientes en el que lo viejo y lo nuevo “no están ni vivos ni muertos, por un lado, y a la vez están vivos y muertos, por otro”. Por ello, es el “reino de la posibilidad pura”, de la que surge toda posible configuración posterior.
Proponemos utilizar el concepto de tiempo liminal para caracterizar las condiciones objetivas y la manera subjetiva con la que todos los actores sociales experimentan la dirección del tiempo histórico de sus vidas, en momentos de transición de un régimen mundial de acumulación económica y legitimación política a otro.
Señala el cierre de una época y el inicio de una nueva, pero no como tránsito gradual ni como una apacible mezcla anfibia, sino como una avalancha de rupturas existenciales carentes de sustituto, dejando a su paso un vacío, una desesperante ausencia íntima. Es un corte abrupto en la experiencia del sentido del tiempo social y deja a las personas sin reemplazo imaginado ni premonición plausible durante varios años, quizá décadas. Es el momento de transición en el que el viejo orden de previsiones colectivas se cansa, deja de cautivar. Y, esto es lo desgarrador, sin que surja nada sólido y duradero que lo sustituya. Dando lugar a un periodo temporal, que puede durar una o dos décadas, de desencanto, de irritación social, de polarizaciones, de adhesiones y entusiasmos cortos seguidos de nuevas decepciones.
El tiempo liminal tiene las siguientes características que definen la finalización de un ciclo de acumulación-legitimación y la ausencia temporal de sustituto:
Crisis económica general. No hay crepúsculo de creencias sociales sin deterioro del soporte material económico que lo arropó. Cuando la economía crece, los ingresos monetarios mejoran; la movilidad social, rápida o lenta, es verificable, y las jerarquías de reconocimiento se afianzan, las adhesiones morales entre gobernantes y gobernados son estables. El mundo se presenta con un destino imaginado. Esto cambia cuando hay una parálisis del ascenso social, una caída del estatus, un recorte de la capacidad de gasto o un freno a la asequibilidad a los bienes socialmente disponibles. Es decir, cuando emerge una crisis económica. Ello marca el declive estructural de toda una época, y es verificable por la caída del crecimiento económico (PIB), la ralentización del aumento de la productividad, la pérdida de dinamismo del consumo, el aumento de la desigualdad y la frustración colectiva. Como ahora.
Si nos fijamos con atención en el transcurso de los últimos 150 años, las sociedades del mundo han atravesado tres ciclos económicos de aproximadamente 40-60 años que, pese a sus diferencias internas, tienen una misma trayectoria de crecimiento, expansión, estabilización, declive, recesión y ocaso. Los ciclos de Kondratiev son una aproximación a este curso.
Tuvimos el ciclo liberal de 1870 hasta comienzos de la Primera Guerra Mundial del siglo XX, cuando se inicia su descenso. Luego el ciclo del “Estado del bienestar”, o del “capitalismo de Estado”, a mediados de los años 30, que entraría en su fase descendente a fines de los años 60. Finalmente, el ciclo neoliberal que despuntó en los años 80, hasta mostrar signos de envejecimiento a partir de la “gran recession” del 2007-09. Y entre el viejo ciclo y nuevo ciclo está el tiempo liminal que, algún momento, tendrá que dar lugar a un nuevo ciclo histórico de estabilidad.
Ver el tiempo liminal de esta manera desfataliza la historia, pues habla de un torbellino social donde finalmente se dirimirá el nuevo ciclo de estabilización económico (capitalista, o no). Tooze argumenta que eso es “prometer” demasiado y que no se puede decir lo que vendrá. Pero, si esto fuera así, se acepta la idea de que las sociedades pueden vivir indefinidamente en la incertidumbre estratégica, lo que desdice la experiencia de toda la historia escrita conocida. O, mejor aún, que el capitalismo hubiera alcanzado su límite insuperable, cuando en realidad los limites históricos siempre son producidos socialmente.
De momento, los datos de la crisis son inobjetables.
Bajo crecimiento del producto interior bruto (PIB) mundial. Entre 1970 y 1982, el crecimiento de la riqueza económica mundial cayó del 5% al 2,7% anual. Eso puso fin al Estado de bienestar y al desarrollismo y dio paso al neoliberalismo, que logró aumentar el crecimiento al 3,1% durante 28 años. Pero desde el 2010 al 2023, nuevamente se cayó en un raquítico crecimiento del 2,7% en promedio por año. El Banco Mundial (BM) calcula que entre el 2023 y el 2030 será aún peor, pues el crecimiento caerá a un 2,2%.
Según el Bank for International Settlements (BIS), el crecimiento del comercio mundial, baluarte del globalismo neoliberal, en la última década se ha detenido. Sumadas importaciones y exportaciones del comercio mundial respecto al PIB global, entre 1870 y 1915 subieron del 20 al 30%. Entre las dos guerras mundiales cayeron al 15%. Tras la segunda guerra mundial, hasta 1980, se elevó al 35% y, en toda la etapa neoliberal trepó hasta alcanzar el 60%. Tras la crisis de 2008 este ascenso se ha paralizado. No ha desaparecido el globalismo comercial. Ha perdido impulso, se retrae y comienza a fragmentarse.
La productividad en las principales economías de occidente, ha disminuido en las últimas décadas. En EEUU, en los años 60, creció cerca del 2,3% en promedio anual. En los 70 creció menos del 1%. Fue un síntoma de la crisis que se vivió entonces. En los años 80, noventa y primera década del 2000, la productividad aumentó del 1,5 al 2%. Pero nuevamente en la década del 2010-2020 cayó a menos del 1,5. En la zona del euro, del 3% anual en la década de los 60, no ha parado de caer hasta estancarse actualmente en el 0,5%.
Divergencia de elites. Cuando el estancamiento económico se prolonga, las elites empresariales y políticas rompen sus acuerdos previos que encausaron la bonanza. Divergen en cómo salir de la crisis. Las propuestas se crispan. Todas apuntan a distintos lados. Unos buscan nuevos aliados, otros aumentar sus exigencias frente a los demás, en tanto que los más audaces, propondrán nuevos cursos económicos que impulsen el crecimiento y la distribución. Estamos ante una mutación de los bloques de poder con propensión hegemónica.
Las derechas que rompen el conservadurismo en ruinas se escoran a la extrema derecha, proponiendo regresar a la pura “lealtad neoliberal” de los ajustes macro y el disciplinamiento de las clases populares. Otras, propugnarán levantar murallas arancelarias para recuperar protagonismo manufacturero; pero manteniendo para adentro el uso neoliberal de los recursos públicos estatales. Cada cual apuesta a ser más radical que las anteriores para diferenciarse del declive general.
Las normas que hasta aquí prevalecieron como “horizonte de época” colapsan. El libre mercado, la globalización, la austeridad fiscal y el “Estado mínimo”, que durante 4 décadas fueron el sentido común de cualquier política pública “moderna”, se repliegan para dar paso a una carrera por aranceles en contra de los más eficientes (China), a políticas proteccionistas; endeudamientos públicos agigantados y nacionalismos económicos de todo tipo, industriales, tecnológicos y militares.
Según el FMI, las restricciones al libre comercio –que durante décadas eran excepcionalidades de países marginales– de 200 al año han pasado a más de 3000 en el 2024, impulsadas fundamentalmente por los países económicamente más poderosos. Primero vino “hagamos nuevamente grande a América”. Luego le siguió la búsqueda de la “soberanía europea”; del plan “hecho in China”; del “Plan Brasil”. Del globalismo liberal como cumbre suprema de la historia hemos pasado al soberanismo y los mercados segmentados por subordinaciones geopolíticas.
Pero es también tiempo en que las izquierdas y progresismos salgan de su marginalidad y podrán hallar oídos receptores con la aplicación de nuevos caminos para mejorar la economía y los ingresos populares: subir impuestos a las grandes empresas, incentivar la demanda con gasto público, desplegar políticas neo-industrialistas, nacionalizar empresas estratégicas, etc.
Si los primeros fallan, las políticas de izquierda podrán llegar a los gobiernos. Pero si la izquierda falla, la venganza será feroz y las derechas revanchistas buscarán terminar con cualquier atisbo de oposición popular.
Con todo, ninguna propuesta alternativa se afianzará plenamente. Izquierdas y derechas se sucederán en los gobiernos en medio de expectativas y decepciones escalonadas. En tanto no surja un nuevo modelo de acumulación sustentado en un soporte productivo que permita un crecimiento económico duradero, al menos en los países económicamente más poderosos, lo más probable es que asistamos a oleadas y contraoleadas simultáneas de proyectos políticos enfrentados, dando lugar a un sistema político polarizado.
Suspensión del tiempo histórico. En medio de este declive y malestar general, los viejos sistemas de legitimación se agrietan y desploman en cámara lenta, desvaneciendo el horizonte predictivo con el cual las personas depositaban sus esperanzas movilizadoras.
Al no haber un mañana que imaginariamente mejore el presente, tampoco hay un camino, recto o tortuoso, fragmentado o ininterrumpido, mediante el cual acortar los dilemas del presente con respecto al bienestar imaginado. Entonces el tiempo histórico desaparece, pues este supone un flujo, turbulento y discontinuo pero dirigido hacia un horizonte, una meta, un destino. Ante el vacío de porvenir, la sociedad se sumerge en la experiencia corporal de un tiempo suspendido, carente de flujo con respecto a fines; navegando en un presente sin sentido y dilatado hasta el infinito.
El tiempo físico se comprime en una vorágine de hechos y exigencias, pero el tiempo histórico, que da un sentido a las múltiples acciones de las personas, está detenido porque no hay horizonte que le dé vida y movimiento. El futuro se presenta inscrutable, y los trozos de vida personal como pliegues sin cohesión alguna. El futuro se ha extinguido, el presente se ha desquiciado. El rumbo de la vida social ha sido secuestrado.
Protagonismo estatal. Rotos los viejos pactos y certidumbres, los bloques políticos emergentes buscan apoyarse en la fuerza bruta del poder del Estado (económica y política) para imponer lo que consideran la salida a la crisis. La nueva regla del juego interestatal que emerge es que hoy no existen reglas. En el tiempo de transición liminal todo es lícito; en primer lugar y sobre todo, la fuerza, la coacción entre Estados para imponer a los otros lo que los gobiernos, y las empresas cobijadas en él, necesitan. No importa si estas son empresas “nacionales” o transnacionales. Lo importante es que tengan como sede un Estado, y aprovecharán la fuerza política, económica y coercitiva que tiene ese Estado para lograr créditos internos, subvenciones, protecciones arancelarias, chantajes a otros Estados para eximirse de impuestos y, claro, para ocupar sus mercados.
Se desata un interregno caótico donde los Estados actúan como desenfrenados leviatanes hobbesianos, lanzados unos contra los otros. La única barrera que se imponen es la que emerge de los límites de sus recursos y poder. En función de eso miden realistamente sus esferas de control e influencia.
Ya no hay “valores” a los que adherirse. Ni democracia, ni derechos humanos, ni justicia. Solo el poder. El poder de ocupar. El poder de ganar. El poder de usurpar. El poder de rentabilizar. El poder de humillar, atemorizar y someter.
Hemos entrado a un pórtico histórico “salvaje” regido por la ley de la fuerza de los Estados (económica y militar). Las personas que escenifican esta brutalidad del mundo no son efímeras casualidades. Son la representación morbosa de una necesaria ruptura desbocada. No terminarán cuando sean reemplazados en las siguientes elecciones. Forman parte de la borrascosa transición hacia un nuevo orden global estable; pero es una transición que durará más de una década; sembrando violencia, odios y canibalismos intra estatales que dejarán heridas por siglos.
El que esta inflexión del orden tome formas crueles y violentas carentes de narrativas legitimadoras puede ser visto como el síntoma del crepúsculo de un régimen de dominación. En este caso, del ciclo globalista (40 años) y del ciclo hegemónico norteamericano (100 años). Todo declive de una autoridad exacerba la desesperación de quienes lo usufructuaron, llevándolos a intentar detener lo inevitable de manera violenta. Es lo que la historiadora Tuchman ha denominado la “frivolidad belicosa de los imperios seniles”. Pero también la brutalidad es un síntoma del tormentoso nacimiento del orden nuevo. Es la recurrente “partera” de la historia a la que se refería Marx en el famoso capítulo XXIV de El Capital, donde describe no solo como se forma el Estado moderno, sino, además, cómo el Estado es una “potencia económica” que ayuda al nacimiento de toda nueva forma social. La violenta intervención estatal es una marca de nacimiento del capitalismo y, por ello, de todos los nuevos ciclos largos con los que se renueva la acumulación de riqueza e inversiones. La embravecida coacción estatal es una característica propia de los tiempos liminales. Como el actual.
En medio de estas monstruosidades desnudas con las que están actuando los grandes Estados, es posible distinguir el nacimiento de unos principios de regularidad que, de aquí a un tiempo, podrán cimentar el nuevo orden internacional que emergerá y se estabilizará durante las siguientes décadas. Estas regularidades son:
1.- Los Estados ya no son solo el soporte de la acumulación de los capitales, como lo fueron en el neoliberalismo; ahora son también parte del comando y reorganización territorializada de esa acumulación. China, Corea, Japón, Vietnam son ejemplos exitosos de ello. EEUU y la UE seguirán el camino, pero no bajo la forma de Estado-empresario, como lo hicieron los primeros, sino como Estado incubador, protector y alimentador de “sus” empresas privadas en sus áreas de influencia. Pero, además, como un medio de expansión de la infraestructura del Estado a través de empresas privadas.
2.- Los Estados del mundo se diferenciarán entre Estados patrones y Estados vasallos, según su capacidad infraestructural, su poderío económico, su cohesión política y logística militar. Los primeros, delimitando áreas de control y autonomía de las empresas que tienen residencia en sus territorios. Los segundos, como proveedores de insumos y exclusividad comercial hacia los primeros.
3.- La soberanía ya no es un reconocimiento pactado por tratados internacionales. Es fuerza económica, sólida legitimidad interna, capacidad de defenderse y posibilidad de infringir daños a otros estados. Quienes no tengan esos atributos devendrán en Estados de servidumbre.
4.- Las áreas de influencia, regional o continental, serán flexibles, sometidas a las presiones de irradiación de los capitales en busca de mercados. Pero la elasticidad de las fronteras no dependerá de acuerdos comerciales, sino de oleadas de guerras arancelarias, chantajes geopolíticos e intromisiones en la vida interna de los Estados. De un “orden internacional” para los mercados, en el que los estados eran la plataforma sobre la que se desplazaba el protagonismo de la libre circulación de los capitales, pasaremos a un “orden global” de los Estados que conquistan, a la fuerza, para “sus” capitales, espacios regionales y puntuales mercados globales.
5.- El régimen de legitimación gubernamental interno gradualmente dejará de lado el ideologema liberal globalista para centrarse en temas de seguridad regional, “grandeza” nacional y soberanía.
Disponibilidad social. Sin embargo, ninguna sociedad puede vivir indefinidamente en la incertidumbre estratégica. Es un tema de necesaria cohesión social duradera, de métodos de legitimación de cualquier forma de gobierno y, también, de efectos drásticos en la economía.
Por ello, al estupor y desasosiego social, en algún momento le ha de seguir, abruptamente, una disponibilidad cognitiva a revocar viejas narrativas y a aferrarse a unas nuevas, las que sean, pero con las que sea factible encontrar soluciones a las ansiedades y necesidades que agobian. Será el momento de la cristalización de un nuevo sistema de creencias que restituya la flecha del porvenir al tiempo histórico dirigido a una meta mínimamente verificable. En el fondo, se trata de la formación de un nuevo modelo de legitimación y dominación que, obligatoriamente, deberá venir acompañado, o cabalgando, un nuevo modelo de acumulación económica y un nuevo bloque de clases sociales en el poder que lidere esos cambios.
Sin soporte económico-tecnológico sostenible en el tiempo, no hay posibilidad de un nuevo horizonte predictivo duradero.
La apertura cognitiva no tiene rumbo preestablecido ni fecha anticipada. No es un artilugio discursivo ni una mera combinación de acuerdos cupulares. Son creencias bien fundadas, esto es, expectativas de futuro que poseen gradualmente un soporte mínimo de veracidad material en las mejoras de las condiciones de vida de la mayor parte de las personas y que, de mantenerse en el tiempo, dan lugar a un nuevo ciclo de expansión económica. Puede tomar rumbos conservadores, por ejemplo, variantes posfascistas; hiper neoliberales para “adentro” y soberanistas para “afuera”; o también reformistas, o inclusive, revolucionarias. La lucha política de ese momento, la audacia con la que las distintas fuerzas políticas concurran a esa disponibilidad cognitiva de la sociedad, influirá en la naturaleza del nuevo ciclo del tiempo histórico.
Mas eso vendrá después. Por ahora, el mundo está apenas en medio de esta vorágine liminal.