La reflexión del momento es mucho más que política. Es detectar si estamos en el borde de una ruptura civilizatoria o es, simplemente, la continuidad de lo ya conocido como neoliberalismo. Y esa reflexión trasciende de lo político.
Habría que preguntarse si cierta “falsa conciencia” se ha adueñado durante décadas del pensamiento racional, que concebía el progreso como el resultado de un determinado nivel civilizatorio que no permitiría volver a planteamientos primitivos. Como si las clases subalternas del Occidente, incluidos las élites y grupos empresariales de Europa, en vez de concebir la realidad existente como fruto de un equilibrio de fuerzas sociales o modos de poder transitorios, hubieran asumido una ficción de estabilidad global y permanente, basada en unos principios que no eran tales y que ahora desaparecen. Conviene preguntarse si la multilateralidad, el Estado de Bienestar, o la democracia basada en el imperio de la ley, eran el resultado de un nivel civilizatorio sin retorno.
La pregunta clave es si se cree que se restaurará el mundo de antaño, si solo vivimos un episodio pasajero o es el comienzo de un periodo brutal que necesita tocar fondo, en el que los intereses se presentan directamente sin ocultarse en ningún “relato” más o menos sofisticado.
Para contestar a esas cuestiones conviene repasar algunos rasgos claves del neoliberalismo:
1. El neoliberalismo ha aumentado el tamaño del Estado
El neoliberalismo no pretendía disminuir el tamaño del Estado, pretendía cambiar su función distributiva. En la trilogía del Consenso de Washington solo figuraba desregular, liberalizar, privatizar, junto a una retórica de “cambiar el papel del Estado”. La consecuencia de un Estado Mínimo parecía implícita, pero era falsa.
Su papel salvador en las múltiples crisis financieras habidas, singularmente la del 2008, su actuación como proveedor de último recurso en la COVID-19, su rol creciente en los desastres ecológicos, su poder movilizador de recursos para la industria de armamento, la batalla del espacio y el desarrollo tecnológico… muestra que su importancia no ha sido nunca discutida.
El gráfico siguiente perteneciente a un estudio de FUNCAS1https://www.funcas.es/wp-content/uploads/2020/08/PEE164art12.pdf muestra cómo su tamaño en los países de la OCDE se ha mantenido o incrementado desde 1985, precisamente las décadas de predominio neoliberal.

Utilizando medias móviles quinquenales nos revela también otro dato clave del gasto público neoliberal: su papel estabilizador anticíclico, esa función que Keynes le atribuía como garante último para frenar el hundimiento en las crisis y recuperar cuanto antes la senda del crecimiento, función que ha seguido desempeñando a la perfección mientras desmontaba los elementos sociales del Estado de Bienestar. A su manera, el neoliberalismo ha sido keynesiano en eso.
El neoliberalismo ha funcionado exactamente como estaba diseñado, concentrando riqueza, poder y oportunidades en manos de unos pocos. Y el Estado ha sido un instrumento eficaz para conseguirlo. La precarización del trabajo, el encarecimiento de la vivienda y la vida, la mercantilización de los servicios públicos y la creciente desigualdad no son efectos colaterales, sino pilares centrales de un sistema en el que la acaparación de rentas ha corrido en paralelo a la concentración de poder en unos pocos oligarcas globales.
Que la izquierda política mirara principalmente al tamaño de gasto público como principal parámetro de progreso y se despreocupara de quién y para qué se gestionaba muestra su miopía. Más que arrebatarle funciones era arrebatarle recursos, aprovecharse de ellos para financiar, sin riesgos, su gestión privada. Dar la vuelta a las políticas redistributivas, compensando la desfiscalización de empresas y rentas altas con endeudamiento incluso, siempre que se necesitara. El objetivo principal era tener disponibilidad de recursos para salvar sectores o empresas y ayudar a la competitividad de la economía, principalmente las grandes corporaciones asistidas por el Estado.
2. La gran batalla: la disputa del Estado y el achicamiento de sus funciones soberanas
No solo no se ha producido una disminución del gasto público y el tamaño del Estado, sino que la disputa por el destino de sus recursos se ha convertido en el campo principal de la gran batalla. No solo del Estado Nación sino del conjunto de las instituciones públicas representantes del interés general, también las supranacionales como la UE. La política hoy trata de eso.
Por un lado, subsiste la gran pugna para controlar espacios desde la lógica democrática del interés general frente a la parte cooptada por el interés privado, mediante privatizaciones, externalizaciones de servicios o la acción de los lobbies.
William Davies define el neoliberalismo2William Davies (2014): The Limits of Neoliberalism: Authority, Sovereignty and the Logic of Competition. como un proyecto flexible que no duda en utilizar al Estado para reestructurar la sociedad. Es más, desde muy pronto lo asume como instrumento esencial para impulsar y proteger la competencia global bajo una ética de auditoría de mercado. No busca la desaparición del Estado sino introducir una New Public Management, que pretende neutralizar su potencia democratizadora y la autonomía política de las instituciones públicas, es decir, la soberanía democrática.
La pugna por amortizar la capacidad democratizadora del Estado se ha basado en tres pilares determinantes que Mariana Mazzucato ha estudiado en profundidad:
- De un lado, la externalización del conocimiento estratégico en beneficio de las grandes consultorías, que “infantiliza» a los gobiernos, atrofia la capacidad pública y socava la rendición de cuentas.
- De otro, la privatización de la gestión de parcelas esenciales de la gestión de servicios públicos (sanidad, educación, gestión de infraestructuras, gasto social) a empresas privadas.
- El tercer pilar consistía en diluir o hacer desaparecer la figura del “servidor público”, esa capa superior de ciudadanos preparados para la gestión del Estado con una idea no partidista pero sí política de defensa del interés general como única referencia de servicio. Gestores de lo público que no se limiten a administrar lo que hay, sino que se muestran proactivos, eficaces y que asuman riesgos a favor de las transformaciones que reclaman el patrimonio de bienes y servicios comunes. La cooptación de las elites funcionariales (juristas, hacienda, sanidad, industria, urbanismo) para ponerlas al servicio de intereses privados ha sido fundamental para debilitar el Estado democrático.
La batalla por la pugna del Estado ha sido en estas décadas una cuestión interna principalmente nacional. Ahora empieza a ser también otra muy distinta en la que parcelas de gestión y de poder interno son usurpados por las tecnológicas globales.
La razón es que son ya, pero lo serán más en el futuro, los proveedores de servicios que achicarán las prestaciones públicas gestionadas directamente por fuerzas sociales nacionales. Basta repasar los campos en los que la prestación eficiente de servicios tendrá un componente tecnológico creciente, para darse cuenta del reto pendiente que asocia soberanía política y autonomía tecnológica: administración (estadísticas, gestión de datos y procesos), provisión de servicios básicos (sanidad, educación, logística) o gestión de infraestructuras (telecomunicaciones, energía, transporte, logística).
En la medida en que la mejora de la eficiencia de los servicios públicos dependa de la gestión autónoma de prestaciones que trae consigo la IA, y que sus suministradores sean empresas ubicadas en EEUU, en la cabeza del imperio que actúa ahora como vemos, no será nunca una implicación neutral.
La soberanía de los estados mengua cuando las capacidades que definen su eficacia son las típicas de economías periféricas. Y ahora Europa también es dependiente y periférica en soluciones tecnológicas.
3. Las tres fases del neoliberalismo: de la seducción al punitivismo
Veamos ahora si podemos denominar neoliberal a esta fase del capitalismo.
Willian Davis ha sistematizado tres fases en el desarrollo neoliberal que muestran su flexibilidad y adaptación:
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- El neoliberalismo combativo (1979-1989).– En esta fase se construye un armazón intelectual y cultural que pretende justificar el neoliberalismo como la única opción posible y se centra en el ataque al socialismo existente de la URSS y a los sindicatos.
Se recupera a Von Mises y Carl Smith para dotarse de un fundamento económico solvente. Del primero, toman los argumentos lanzados en la década de 1920 que trataban de invalidar el modelo económico socialista por su obsesión planificadora, mientras se ensalza la asignación eficaz de precios en el libre mercado. Del segundo, toman el impulso a la mentalidad tecnocrática que revalorizaba el poder del ejecutivo sobre el legislativo e introduce una binariedad simple, de amigo-enemigo, entre el libre mercado y todo lo demás, convirtiendo al socialismo en el enemigo necesario.
La experiencia de Margaret Thatcher en Reino Unido mostró que no solo era posible debilitar a los sindicatos sino inculcar en los trabajadores un imaginario político e identitario con aspiraciones individuales no socialistas.
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- El neoliberalismo normativo (1989-2008).– Con el socialismo derrotado, el proyecto neoliberal necesitaba un sentido que le diera coherencia ética y eso exigía incluir normas y principios para mostrarse como un sistema con códigos universales y justos. Remachar que no hay alternativa se convierte en la consigna TINA.
Los valores del mercado y del business as usual se extienden a otras esferas de las actividades sociales, con la idea del capital humano como sinónimo subjetivo de valor. La competitividad como principio público, los índices de calidad, la sostenibilidad y la Responsabilidad Social Corporativa, la sociedad del conocimiento mezclan aspiraciones colectivas e individuales y se insertan en el discurso institucional y académico como un nuevo sentido común.
La globalización multilateral basada en reglas se identifica como el fin de la historia y universaliza el comportamiento de gobiernos y élites globales.
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- El neoliberalismo punitivo (2008 hasta ¿?).– El sostén moral del neoliberalismo se viene abajo con la crisis del 2008. El fracaso de las normas que lo sustentaban y la dimensión de los recursos públicos necesarios para sostener al sistema obliga a un desplazamiento culpable hacia lo público, que siendo salvador fue estigmatizado como causante.
Se instala la idea del “riesgo moral” asociado a los gestores públicos despilfarradores y se impone el argumento de la “austeridad” que justifica el castigo del ajuste como merecido. Ello permite cerrar pronto la herida, pero en falso. En los círculos de poder son conscientes de que faltan argumentos capaces de dar una nueva coherencia ideológica al proyecto neoliberal.
En paralelo, las tecnológicas, que habían sido las principales proveedoras de las ideologías optimistas de una nueva civilización, aparecen ya como plutócratas dispuestos a asociarse con los poderes tradicionales que reclaman apoyo público a sus iniciativas.
Todo el andamiaje ideológico del Orden Mundial basado en reglas transparentes se viene abajo. La oscuridad retorna a los cenáculos del poder.
Hay, sin embargo, una nueva fase que se abre cuando finaliza la crisis caótica del COVID-19, una pandemia resuelta principalmente con el recurso al aislamiento al igual que se superaron las epidemias medievales. La idea de “autonomía estratégica” inicia un periodo diferente, en el que el recurso a la guerra choca con la mitificada colaboración entre Estados hasta hacerla saltar por los aires, por las causas que se analizan a continuación. No es solo la crisis de la multilateralidad, es la crisis de la colaboración pacífica entre entes soberanos la que se rompe.
4. La disputa entre Estados. El retorno del imperialismo
Lejos quedan aquellos años felices de globalización multilateral en los que las grandes corporaciones, amparadas en su dimensión multinacional, parecían sobrevolar sobre los Estados. Si se pone el zoom en las razones de la entrada del Reino Unido y Francia en la reciente guerra iniciada por EEUU e Israel contra Irán es fácil encontrar la “defensa de intereses estratégicos” en la zona como justificación. Y esos son y muestran, en esencia, la conexión entre British Petroleum y Total Energies, dos grandes “multinacionales” de la energía presentes en más de 50 países ahora identificadas en “sus” respectivos Estados de Reino Unido y Francia, a los que reclaman cobijo.
Esa conexión, que siempre estuvo latente, se hace evidente. Diseñar en California y fabricar en Shenzhen era la lógica de la división del trabajo interiorizada por las grandes corporaciones que la globalización neoliberal exportó al mundo, asumida como un mantra que favorecería la hegemonía de Occidente y el liderazgo en la innovación. Esa lógica se universalizó a todos los sectores productivos, desde la alimentación a la sanidad, desde el automóvil a las tecnológicas. Y desplazó la actividad y el empleo productivo hacía China y Asia sin que de ese desequilibrio se vislumbrara, en ningún momento, un desplazamiento del centro de gravedad del poder.
Pero ese desplazamiento sí se produjo. China es hoy una alternativa real al poder hegemónico indiscutido de EEUU, que está obligado a plantarle cara de forma inmediata, pues existe la convicción profunda en las élites norteamericanas de que el tiempo juega en contra de sus intereses.
Hace un lustro, algo cambió. La crisis del COVID-19 fue algo sobrenatural a la lógica del capitalismo, pero natural para los más atentos a la crisis medioambiental en ciernes.
Las rupturas de las cadenas de suministro, que habían dado soporte a la globalización neoliberal, apuntaban a una reestructuración profunda de los mercados de capitales. Si cada potencia debía internalizar sus suministros estratégicos, si la globalización se fragmentaba en bloques regionales, la disponibilidad de flujos de capital globales excedentarios que hasta ahora habían permitido financiar los déficits estructurales de la economía de EEUU podrían disminuir y ahogar su economía. La autonomía estratégica de cada bloque, que hasta ahora habían sido exportadoras de capital hacia EEUU, obligaba a atender las mayores necesidades de inversión interna en sus territorios.
EEUU debía mostrarse decidido a impedirlo, dando los pasos necesarios para disciplinar, al menos, al mundo desarrollado y poner límites a su “autonomía estratégica” en cuatro campos decisivos: tecnología, energía, defensa y comercio, que es como decir en todo lo importante. Esa disciplina debía dirigirse a sus principales socios: Japón, Reino Unido, Canadá o Corea. Y también a las monarquías árabes. Pero sobre todo a la UE, en tanto que principal centro comercial del mundo.
Comprendió pronto que la única forma de disponer del capital global excedentario, que había permitido financiar los déficits fiscales y comerciales que han acompañado siempre a EEUU, era impidiendo que se destinaran, como inversión interna, en sus espacios económicos a atender demandas de interés general que les reclamaban sus sociedades.
Esa disciplina de los aliados se ha considerado esencial para enfrentarse a corto plazo al reto geoestratégico de China. Si su implantación como potencia ascendente necesita tranquilidad y tiempo para desarrollarse a medio y largo plazo, su proyecto, EEUU se ve obligado a fomentar tensiones, a “sembrar el caos”, con constantes focos de tensión, como forma inmediata y recurrente de inestabilidad para mantener su hegemonía.
5. Trump o el poder sin metáforas
No hay duda de que el momento actual es la continuación de la lógica punitiva que Davies sitúa en la crisis del 2008. Definirla o no como neoliberal es asumir una identificación total entre neoliberalismo y capitalismo. Como si no hubiera otra forma evolucionada de poder capitalista. Pero Trump es otra cosa. Es el poder en estado puro, caprichoso, implacable en el uso de recursos directos; un poder sin metáfora, que más que “un nuevo orden” corresponde a una etapa de desorden necesario.
Es personalista y, por tanto, transitorio, pero es más que eso. Es también sistémico y responde a la necesaria reconfiguración del Estado al servicio de unas élites que reclaman un poder duro.
Un poder que se asienta en la medida en que incorpora a personalidades destacadas de la América corporativa, que dan un paso al frente directamente, sin intermediarios. El perfil de apoyos es amplio, desde las industrias extractivas tradicionales (petróleo y gas traking) a, en el otro extremo, las principales tecnológicas. Ejemplo de ese alineamiento es Jeff Bezos y su determinación para “disciplinar” una institución tan simbólica como el Washington Post, un episodio que, en absoluto, parece coyuntural. También, la compra por parte de Paramount Skydance –cuyo propietario, David Ellison, está claramente alineado con Donald Trump– del imperio Warner. Con ese movimiento, Ellison, dueño de la tecnológica Oracle, pasa a controlar CNN, además de la ya en su poder CBS y parte de TikTok USA.
Ambos casos muestran el nuevo rol de las tecnológicas, arropando, mediante el control de medios tradicionales y nuevos, proyectos reaccionarios que se reclaman “razón de estado” para demandar recursos públicos crecientes para competir con China.
La vocación de largo plazo del nuevo esquema de poder se percibe también en el modo en que se exporta a las naciones desarrolladas, mediante el apoyo a partidos de extrema derecha, a las que conminan para que se hagan con el gobierno de sus Estados nacionales e impongan la disciplina a cualquier contrapoder existente. Una operación a la que se acabarán incorporando probablemente, si tienen posibilidades de éxito, buena parte del poder financiero y las grandes corporaciones con raigambre en cada Estado.
6. La lógica extractiva y el excedente en el nuevo capitalismo
Aunque la retórica pública se explaye en la recuperación de la industria, el capitalismo norteamericano, o sea sus grandes corporaciones, se sitúa de lleno en la lógica de la desposesión, es decir, de apropiación de recursos y rentas ajenas, que reclama un poder político fuerte.
Si en algo han destacado las tecnológicas es, precisamente, en su capacidad para detectar pronto cómo el control y explotación de datos ajenos era la materia prima esencial de la fase cognitiva del nuevo capitalismo. A partir de ahí, han ido asumiendo, sin ningún pudor, que su negocio global debería estar pegado al poder estatal de EEUU pues solo así podrían eludir los controles públicos de otras naciones.
Como si, al ir quemando etapas, sus gestores hubieran aceptado que, en el fondo, su negocio, el más avanzado en cuanto a innovación cognitiva, se parece, cada vez más, al más primario de los conocidos, el de la minería, que desde los tiempos inmemoriales de Babilonia ha utilizado la rapiña de recursos ajenos basados en el poder militar como algo esencial.
El intervencionismo anti regulador con la UE, las políticas arancelarias presentadas como vasallaje o la obsesión por apropiarse de yacimientos de tierras raras y, en el interior, el desmontaje de contrapoderes, son señas aceptadas para la disputa agresiva de los recursos públicos en el interior y también de recursos y rentas extraídas de otros países.
Su evolución es también la propia de cualquier empresa que ha alcanzado la dimensión de oligopolio global y enlaza con el comportamiento dominante de las grandes corporaciones de todo el mundo, en el que los excedentes empresariales tienen un creciente componente extractivo.
Efectivamente, los beneficios de las grandes energéticas o las farmacéuticas y de otros sectores tienen poco que ver con la extracción de plusvalías a sus trabajadores ni con la organización del trabajo, y mucho con la captación de rentas a sus clientes y usuarios amparados en situaciones de privilegio que están basadas en la captación de los órganos reguladores de los Estados nacionales o entidades supranacionales, como la UE.
La figura del capitalista explotador se diluye. El proceso de socialización productiva que Marx asoció a la acumulación de capital significa que cuanta más dimensión alcanza, más interdependientes nos volvemos, más grandes son los medios para construir y organizar el proceso de trabajo y más lejos los centros de poder real. Las grandes tecnológicas y su monopolio sobre las plataformas y la centralización del conocimiento en IA representan un nivel extremo de concentración global de capital y también un “patrono” lejano e inaccesible para los pueblos del mundo.
La tensión capital/trabajo sigue representando la fuente principal del excedente en muchas empresas de tamaño medio o grande, pero ya no en todos. Los sectores productivos que alimentan con su esfuerzo una larga cadena de valor, los típicos negocios B2B, como la agricultura o el transporte, en buena medida pymes, quedan sometidos a una pinza sin apenas capacidad de subsistencia, al ser incapaces de trasladar al precio los costes crecientes de sus inputs, suministrados por grandes corporaciones inaccesibles. Son y serán los grandes paganos, junto al ciudadano común, del sistema de desposesión de rentas dominante, en el que el conflicto interno con sus trabajadores es algo secundario. Serán los grandes demandantes de ayudas públicas como el único modo de sobrevivir.
7. De la mitificación a la mistificación del Estado de Bienestar
La cuestión es inducir hasta qué punto las políticas trumpistas son parte de algo consistente y estable o si es previsible un retorno al orden basado en reglas. La paradoja del momento es que un reequilibrio que favorezca a las fuerzas democráticas pase por hacer valer la consigna de “ley y el orden”, que siempre fue la pantalla conservadora para reprimir el “desorden” de las fuerzas populares y que ahora empieza a simbolizar justo lo contrario, la esperanza de un horizonte de progreso.
Quizás esa esperanza empiece a latir pronto –casi ya empieza– aunque falta dibujar horizontes. No parece que el retorno al Estado de Bienestar, esa especie de Estación Termini que parecía colmar las aspiraciones de las generaciones del baby boom, sea hoy un horizonte suficiente y entendible para el futuro de la sociedad y la esperanza de las nuevas generaciones. Ni mucho menos.
La experiencia de las últimas décadas nos muestra que la existencia del Estado de Bienestar era solo la consecuencia transitoria de un equilibrio de fuerzas que la realidad neoliberal ha ido vaciando y desmontando. Para comprobar que no es hoy un horizonte deseable para las nuevas generaciones basta con buscar en el diccionario los sinónimos de bienestar: confort, holgura, abundancia, placer, felicidad, y rumiarlo con la mirada de los más jóvenes.
Su realidad les dice que hace tiempo que no es más que una ficción, una imagen idealizada y mitificada del pasado que no volverá como tampoco lo hará el Imperio Español ni las Cruzadas. La desfiscalización de las rentas altas y la minoración de los tipos efectivos a las grandes corporaciones han reducido la capacidad redistributiva del Estado, haciéndola incapaz para atender una desigualdad creciente que surge de las entrañas primarias del sistema productivo y de la lógica de desposesión de rentas que impone la oligopolización del poder y la captura de las instituciones a todos los niveles.
Lo peor es que de la mitificación se ha pasado a la mistificación y eso ya produce rechazo. La incapacidad de hacer que la realidad se pareciera al mito ha generado una mística que empieza a identificar las alusiones al Estado de Bienestar como un artificio, algo adulterado, una falsificación, un fraude o un engaño. O una ensoñación idealista de un pasado que no volverá.
Así es. No solo fue el fruto de un equilibrio de fuerzas, sino que de ese equilibrio nacieron unos consensos que los desequilibrios de poder actuales hacen imposibles. No habrá en el horizonte inmediato un cambio que permita consensos universales. No habrá una idea compartida entre grandes corporaciones y ciudadanos de a pie sobre qué tipo de estado necesitamos.
Lo que se necesita es un horizonte que despeje incógnitas, no que alimente ficciones.
La otra dimensión es la democrática. Ahora parece que la democracia no les es funcional a las élites, pero, desgraciadamente, antes ha dejado de serlo para las diversas capas populares que han comprobado la incapacidad política de enfrentarse a los oligopolios que se apropian de sus rentas disponibles.
Ahí nace buena parte del desencanto. No es la ensoñación de un nuevo consenso sobre el Estado lo que puede movilizar, sino la reclamación de la defensa del interés general como principio público básico y la exigencia de un Estado y una política al servicio de los ciudadanos. Reconocer y denunciar que la pugna por el Estado es la principal tensión del momento es esencial, porque los poderosos necesitan fagocitar todos los recursos públicos para sus negocios privados.
Reclamar un Estado de los Ciudadanos, siguiendo la lógica de Platón, Aristóteles, Hobbes, Rousseau o Hannah Arendt es hoy la tarea.
Un Estado que esté atento al futuro de las generaciones que ya están aquí, buena parte inmigrante, y alimente una ilusión de cambio en el que lo individual y lo común converjan. Un Estado que se centre en todos los derechos que hacen realidad la democracia, desde atajar la pobreza infantil a reclamar una herencia básica que active la inversión productiva y aplaque el problema de la vivienda hasta que no haya una oferta publica suficiente. Y que se centre en gravar a las grandes fortunas como forma de financiarlo.
8. Conclusiones
Dos vectores diferentes confluyen en el momento actual:
De un lado, el modelo de negocio de las tecnológicas se reconoce como claramente extractivo y reclama recursos públicos crecientes para competir con China. Y que impone, al tiempo, que su liderazgo tecnológico sea considerado un “asunto de Estado”, un poder fuerte que les ampare sin ambages. Una demanda que coincide con la evidencia de que, desde 2008, el neoliberalismo había agotado su capacidad de seducción y adoptaba posiciones punitivas.
De otro, la necesidad de disciplinar a sus principales aliados occidentales y frenar cualquier veleidad de “autonomía estratégica” en los principales centros de poder regionales, (UE, Reino Unido, Canadá, Japón, Corea del Sur, monarquías del golfo) que la crisis del COVID-19 y la ruptura de las cadenas de suministro exigía.
La necesidad de financiar la creciente demanda de capital y recursos de tierras raras (centros de datos, carrera espacial, hegemonía militar) para mantener la hegemonía tecno-científica con China es, en última instancia, la clave coyuntural que enlaza con cambios profundos en el modelo de negocio, de carácter crecientemente extractivo, ya claramente dominante en las grandes corporaciones.
Denunciar la pugna por los recursos públicos como la principal tensión del momento es una necesidad.
Reclamar un Estado de los Ciudadanos que asuma los derechos de la nueva ciudadanía es hoy el mejor horizonte que podemos ofrecer.