Lejos quedan los tiempos en que todo parecía trascurrir con cierta previsibilidad. Ciertamente los cambios nunca han dejado de sucederse, pero se producían a un ritmo que permitía asimilarlos. De ahí que el futuro se afrontara con confianza. Ahora las tornas han cambiado. Es como si todo se hubiera acelerado y el futuro se hubiera convertido en una fuente de amenazas. Este es el clima cultural de las últimas décadas, que han sido pródigas en acontecimientos. Efectivamente, el mundo está cambiando dramáticamente en los últimos años. Parafraseando a Keynes podríamos afirmar que cuando esperábamos lo inevitable, ha sucedido lo impensado. Hace no tanto lo inevitable era la necesidad imperiosa de afrontar dos de los retos que el capitalismo había provocado: el cambio climático y la pérdida de cohesión social como consecuencias del incremento de las desigualdades globales. Lo impensado fue una pandemia universal, el retorno de la guerra al centro de Europa con la vuelta a una demencial carrera armamentística; la aceleración del cambio tecnológico de la mano de la digitalización y la inteligencia artificial, y la manifestación abrupta de un nuevo orden que llevaba décadas fraguándose.
En tiempos de cambios profundos los límites de lo posible se ensanchan en todas direcciones, tanto reaccionarias como emancipadoras, unas veces a favor de las élites y otras en beneficio de las mayorías sociales.
La emergencia de un nuevo orden
Oímos con insistencia que estamos asistiendo a la implantación de un nuevo orden social e internacional. El retorno de Trump a la Casa Blanca hace poco más de un año ha acelerado el desarrollo de unos acontecimientos que se venían cociendo a fuego lento desde hace más de tres lustros. Es cierto, el nuevo orden que se está asentando no solo es fruto de la triste actualidad que estamos viendo en los EEUU –con la caza de inmigrantes y la deriva autoritaria de Trump– o en las relaciones internacionales, donde se percibe el tránsito desde un orden multilateral basado en el derecho internacional a otro en el que prima el ejercicio más despiadado del poder y las pulsiones imperialistas. Es también algo que se venía mostrando a lo largo de las dos últimas décadas, y que tuvo como detonante la Gran Recesión del 2008 y su clausura definitiva con la pandemia del año 2020: el consenso neoliberal que había reinado las últimas cuatro décadas ha saltado por los aires y asistimos a la definición y el asentamiento de un nuevo orden social.
Orden social y su evolución
Antes de entrar a caracterizar sus rasgos, es obligado precisar qué se entiende por «orden social». Se ha convertido en una expresión de uso común que puede significar ya cualquier cosa. Por orden social entiendo una determinada configuración de poder definida por juegos de dominación y compromiso entre clases sociales y fracciones de clase, tanto en el plano interno de los estados como en las relaciones –económicas, políticas y militares– que establecen entre ellos1Una definición que sigue a la propuesta por Duménil y Lévy (2014) y que he utilizado en mi libro La gran encrucijada (Álvarez Cantalapiedra, 2019)..
Los órdenes sociales emergen tras reestructuraciones profundas en el capitalismo. Desde finales del siglo XIX, momento en el que apareció el capitalismo organizado con rasgos contemporáneos, se han sucedido sucesivos órdenes sociales, cada uno de los cuales empieza y termina con una crisis estructural:
- La crisis de 1890 inauguró el orden liberal, cuya vigencia alcanzó hasta los años veinte del siglo pasado.
- La Gran Depresión de los años treinta del siglo XX abrió la puerta al orden socialdemócrata, también llamado «compromiso social keynesiano de izquierdas», que tuvo su momento álgido en las décadas posteriores a la segunda posguerra.
- El periodo de crisis de los años 70 del siglo XX precipitó el comienzo del orden neoliberal.
- La Gran Recesión, desencadenada en el año 2008, representa el inicio del tránsito hacia un nuevo orden social que cabe calificar de orden autoritario nacional nativista por los rasgos que presenta.
Así pues, los órdenes sociales van asociados a fases del capitalismo y, por cómo se han denominado, es posible identificar la existencia de un orden político en su seno. La expresión «orden político» connota un conjunto de ideologías, políticas y arreglos institucionales (Gerstle, 2023).
Por consiguiente, si un orden social representa una configuración de poder a partir de alianzas y compromisos entre clases y fracciones de clase, y si de él se deriva un determinado orden político, entonces hay que detenerse un momento para prestar atención a dos cosas: por un lado, a la estructura social que subyace tras ese orden y, por otro, al discurso ideológico que resulta hegemónico por la capacidad de inspirar y justificar las políticas y las intervenciones públicas que se llevan a cabo.
Cada orden refleja una determinada estructura social
En el capitalismo, según Marx, la posición que se ocupa en el proceso productivo de acuerdo con la división social fija del trabajo y la relación con los medios de producción define las diferentes clases sociales. Marx diferenció las dos principales de su época: la clase capitalista o burguesa, constituida por los propietarios de los medios de producción, y la de los trabajadores asalariados que, al estar separados de esos medios, contribuyen al producto social con la venta de la fuerza de trabajo. Desde entonces el capitalismo se ha trasformado profundamente, de manera que el capitalismo que despunta con el comienzo del siglo XX empezó a mostrar una estructura social más compleja.
Una de las caracterizaciones que ha cosechado mayor fortuna es aquella que, atendiendo al nivel de ingresos y de riqueza, describe la actual sociedad de clases a partir de la siguiente triada: las clases populares, medias y altas. Las clases populares se corresponderían con el 50 por ciento más pobre de la población, las clases medias con el siguiente 40 por ciento y las clases altas con el 10 por ciento más rico. Todas ofrecen grados variables de heterogeneidad en su interior, pero –siguiendo a Piketty (2021)– dentro de las últimas cabría distinguir, dada su relevancia e influencia sobre el conjunto social, entre «clases acomodadas» (el primer 9 por ciento, los menos ricos) y «clases dominantes» (el 1 por ciento superior).
Ahora bien, en la práctica la identidad de clase es flexible y multidimensional. No puede reducirse únicamente a un umbral de ingresos o a un nivel de posesión de riqueza. La clase social no depende solamente de la propiedad de medios de producción ni del valor de las posesiones o del nivel de ingresos, también depende del nivel de estudios, de la profesión, del sector de actividad, del género, del origen regional o extranjero, o de la identidad étnica y religiosa. Aspectos, todos ellos, cambiantes y flexibles en función del contexto sociohistórico.
Teniendo presente lo anterior, pero sin caer en una flexibilidad tan abierta que conduzca a la mera subjetividad, puede ser útil describir la estructura social tal y como lo hacen Duménil y Lévy (2014). Según estos autores, en las sociedades capitalistas occidentales adquieren una relevancia creciente aquellos agentes –los cuadros técnicos y profesionales– que desarrollan una función intermediaria entre propietarios y el resto de las personas trabajadoras que constituyen las llamadas «clases populares», compuestas a su vez por los «trabajadores/as de cuello blanco» (empleados/as) y los «obreros/as»2Nos encontramos así, según defienden los autores, ante una auténtica clase social: «Los cuadros constituyen para nosotros algo más que una simple categoría social; una clase social, en el sentido pleno del término» (Duménil y Lévy, 2014, p. 26). Aunque se ha usado con profusión, particularmente en la literatura anglosajona, la expresión «empleados de cuello blanco» para designar a quienes desempeñan funciones de intermediación entre los capitalistas y los trabajadores de la producción, los cuadros se diferencian de los empleados por su capacidad de iniciativa, autoridad y nivel de rentas. Las fronteras existentes entre cuadros y empleados son tan numerosas como las convergencias que unen a empleados y obreros, por lo que cabría distinguir con claridad a los cuadros del resto de trabajadores y trabajadoras, que constituirían lo que se suele denominar clases populares.. Queda así incorporado –además del ingreso o la retribución– el nivel de cualificación y las características sociolaborales en la definición de la estructura social. Los cuadros, sin ser propietarios, tienen una vinculación con los medios de producción grande en la medida en que toman el conjunto de decisiones que implican su uso; y sin dejar de ser trabajadores, se benefician sin embargo de una fracción del plustrabajo en virtud de la relación particular que mantienen con los medios de producción, al asumir las funciones que en ellos delega el capital.
En consecuencia, según esta aproximación, la estructura social en el capitalismo contemporáneo se encontraría caracterizada básicamente por tres clases heterogéneas: capitalistas (que incluye la clase dirigente y la clase alta acomodada cuya riqueza descansa básicamente en la posesión de activos financieros), cuadros (profesionales y técnicos de alta cualificación) y clases populares (formada por empleados/as y obreros/as).
Si, como se ha comentado, la sucesión de los distintos órdenes sociales sirve para dar cuenta a lo largo del tiempo de las distintas configuraciones de poder a partir de las luchas y compromisos entre las distintas clases sociales o fracciones de clase que estructuran a la sociedad, entonces podríamos señalar que:
- El orden socialdemócrata se caracterizó por lograr vincular a los cuadros con las clases populares en una alianza liderada por los primeros.
- El orden neoliberal, a su vez, logró un compromiso entre las clases propietarias y los cuadros en detrimento de las clases populares.
- En el actual orden autoritario nacional nativista lo que parece que se está tratando de forjar es una alianza ente las clases altas (acomodadas y dirigentes, con un protagonismo destacado de los tecno-oligarcas) y ciertos sectores de las clases populares. Se trata de una hipótesis para nada disparatada, si se atiende el respaldo cosechado por Trump, Marine Le Pen u otros dirigentes de la extrema derecha tanto de la oligarquía más pudiente como de amplios sectores populares.
Cada orden refleja un determinado consenso ideológico
Un orden social connota un orden político-ideológico. En el plano del discurso, cada orden exitoso lo es porque ha logrado un cierto consenso ideológico. El orden socialdemócrata, por ejemplo, se asentó sobre un pacto implícito que concedía a las clases populares determinadas ventajas materiales (la mejora de los salarios, redes de protección social, acceso universal a ciertos espacios desmercantilizados como la educación o la sanidad, etc.) a cambio de la renuncia a determinadas reivindicaciones cualitativas (cuestionar la propiedad privada o cualquier otro aspecto sustancial del capitalismo)3El intervencionismo del Estado en la economía, con sectores nacionalizados y elementos de planificación indicativa, condujo a una época con elevadas tasas de acumulación y mejora continuada en los niveles de vida de la población, caracterizada por un reparto menos desigual de la renta y la riqueza, un sector financiero al servicio de la economía productiva, un gobierno de las empresas con criterios más amplios que la simple generación de valor para el accionista, unos Estados que ofrecían protección social y cierta redistribución y una actividad económica centrada en su mayor parte en el propio territorio nacional. El movimiento obrero favoreció esos cambios, pero nunca llegó a disponer del poder, por lo que el papel de agente principal en la sociedad surgida tras la posguerra quedó reservado a los cuadros. Este orden social –también calificado de «socialdemócrata» e interpretado como un «compromiso de izquierdas»– funcionó de manera exitosa gracias a que la productividad del trabajo experimentó incrementos sin precedentes (permitiendo aumentar el poder de compra y la protección social sin afectar a la rentabilidad del capital) y a que, en el plano internacional, la vigencia del orden surgido de Bretton Woods proporcionó gran estabilidad a las relaciones económicas entre los países. . El New Deal en los EEUU y los Estados de bienestar europeos materializaron institucionalmente dichos acuerdos, mientras que la intervención pública se inspiraba en el paradigma keynesiano.
El orden neoliberal, a su vez, cuestionó el consenso anterior e implantó uno nuevo basado en la primacía: 1) del mercado frente al Estado; 2) del individuo frente a la sociedad; 3) de lo privado frente a lo público y 4) los valores de cambio frente a los valores de uso (es decir, la primacía de las mercancías frente a los bienes y servicios, como expresión del protagonismo de los mercados sobre cualquier otra forma de provisión). El paradigma económico estaba inspirado por las distintas escuelas neoclásicas y las políticas económicas sintetizadas en lo que se denominó Consenso de Washington4El término «Consenso de Washington» fue acuñado por el economista John Williamson en 1989. Se refiere a un conjunto de recomendaciones de política económica como la reducción del gasto público y disciplina fiscal, la reforma tributaria regresiva, apertura comercial irrestricta, la liberalización de los tipos de cambio, los movimientos del capital y del sector financiero, etc. para favorecer que las fuerzas del mercado organizaran la sociedad. .
Concordando con el ascenso de un orden político, la ideología dominante muestra su capacidad para doblegar e integrar a la oposición hasta hacer posible un cierto “consenso”. Así, por ejemplo, el neoliberalismo logró un éxito sin precedentes en este campo. Generó un discurso aceptado y asumido incluso por sus oponentes, capturados en un espacio del que no pudieron escapar. En este sentido, los gobiernos de Felipe González, Bill Clinton, Tony Blair, Gerhard Schröder o Barak Obama fueron tan neoliberales como los de Margaret Thatcher o Ronald Reagan.
Cuando un orden político pierde esa capacidad de integración o se resquebraja el consenso, comienza su declive. Los consensos nunca son perfectos, pues los conflictos y contradicciones ideológicas son constantes. En el orden neoliberal hubo siempre una pugna constante entre –siguiendo las denominaciones de Gerstle (2023)– «neovictorianos» y «cosmopolitas», originando las llamadas «guerras culturales» y la polarización ideológica-afectiva en la que aún estamos.
El orden actual, en el plano ideológico, surge de las contradicciones y fracturas del consenso neoliberal. Frente a la multiculturalidad y el cosmopolitismo de las sociedades abiertas y la apuesta por la globalización presentes en el orden anterior surge ahora la reacción etnonacionalista y proteccionista. Se observa con claridad en las políticas del gobierno Trump que privilegian o discriminan a determinados grupos y sectores sociales según el origen étnico, la religión o la orientación sexual. En las relaciones económicas, la apertura internacional está siendo sustituida por una visión neomercantilista que impone un proteccionismo discrecional (Milanović, 2024). La retórica democrática interpretada por el orden neoliberal a partir de la idea de la conveniencia de contrapesos a la acción de los gobiernos (división de poderes, autonomía de los bancos centrales y existencia de autoridades administrativas independientes con funciones atribuidas de supervisión externa) se encuentra cuestionada por tendencias autoritarias e intervencionistas (téngase presente la actitud de Trump frente a Jerome Powel, presidente de la Reserva Federal, nombrado por él mismo durante su primer mandato, o la afirmación de Trump de que no tiene más límite que su propia “moral”). Así pues, se sale de la crisis del orden neoliberal a través de un contramovimiento reactivo que supone una clausura en clave autoritaria (Fraser, 2012).
Nuevo orden internacional
El orden social y el orden internacional se relacionan de forma bidireccional. El orden social impuesto en los EEUU está configurando el nuevo orden internacional y este, a su vez, está influyendo en las configuraciones internas en cada uno de los países. Dejando al margen cómo se concreta en cada país, en el plano internacional el orden que va emergiendo de las ruinas de décadas de globalización neoliberal presenta ya algunos rasgos incontrovertibles.
En primer lugar, se caracteriza por el abandono de la diplomacia y el cumplimiento de las normas. El embrutecimiento de las relaciones internacionales no es nada nuevo, pero al menos antes se guardaban más las formas. Ahora se desdeñan el multilateralismo y los valores que encarnan instituciones como la ONU, el Tribunal Penal Internacional o la Organización Mundial de la Salud. En segundo lugar, lo anterior no es sino la manifestación de un cambio más profundo en la manera de manejar las relaciones internacionales: la imposición de la lógica imperial y la importancia de la geopolítica con las zonas de influencia. La utilización de los aranceles como arma de presión política5La decisión del 20 de febrero de 2026 tomada por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de declarar ilegales buena parte de los aranceles no parece que pueda lograr revertir esta tendencia al manifestar el presidente Trump que se acogerá a otros resquicios legales para seguir imponiéndolos. y la llamada Doctrina Donroe, como corolario moderno de la vieja Doctrina Monroe, representan la voluntad de los EEUU de controlar el hemisferio occidental y limitar la influencia de los competidores extranjeros (principalmente China). En tercer lugar, la imposición de la lógica de las grandes potencias frente a la cooperación internacional supone, en la práctica, un mayor peso de la acción estatal en un contexto involutivo que conduce hacia nuevas modalidades autoritarias y militaristas.
Para comprender bien el tránsito hacia este nuevo orden mundial que se desarrolla sobre la reafirmación de los intereses nacionales y en la confrontación entre potencias que encarnan diferentes tipos de capitalismo con intereses globales en pugna6Branko Milanović (2020) contrapone dos tipos de capitalismo, el capitalismo meritocrático liberal y el capitalismo político, liderados respectivamente por EEUU y China. Por cómo se configuran en la práctica podría ser más conveniente llamar, al primero, capitalismo corporativo transnacional y, al segundo, capitalismo de estado. , no hay que perder de vista en ningún momento un contexto marcado fundamentalmente por tres acontecimientos: 1) el cambio climático y la transición energética; 2) la multipolaridad en un mundo de geografía económica cambiante y 3) la relevancia que adquiere el poder tecnológico asociado al mundo digital7Sigo lo que he expuesto con algo más de detalle en Álvarez Cantalapiedra (2025: pp. 5-11)..
En primer lugar, cada vez son más relevantes los efectos que tanto el cambio climático como la transición energética tienen en el tensionamiento de la geopolítica actual. Sirva un botón de muestra: los efectos del calentamiento global sobre el deshielo del Ártico están abriendo enormes posibilidades tanto de explotación minera como de apertura de nuevas rutas marítimas. Solo hay que mirar el mapa del Ártico para comprobar que la mayor parte de las fronteras marítimas de la zona están bajo control ruso, noruego, danés (Groenlandia) o canadiense. Así se comprende mejor el interés de Trump sobre Groenlandia y su manifestado deseo de integrar a Canadá como Estado número cincuenta y uno de la Unión.
A su vez, la transición energética tiene también claras implicaciones sobre la geopolítica al aumentar la dependencia de los minerales que hacen posible la incorporación de las renovables al mix energético. Ha quedado en evidencia que detrás de los procesos de negociación para tratar de conseguir el cese de la guerra en Ucrania pesa la disputa global por el control de recursos estratégicos. La exigencia de Trump a Ucrania, reclamando una parte sustancial de sus minerales como compensación por la ayuda militar prestada, pero sobre todo las concesiones políticas a Rusia (como el reconocimiento de la soberanía rusa sobre Crimea y del control de las regiones ocupadas de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia), ponen de manifiesto que detrás de las buenas relaciones con Putin está la pretensión de EEUU de poder acceder también a los minerales estratégicos de Siberia (particularmente a los yacimientos de Tomtor y Zashikhinskoye) con los que garantizar la seguridad en el suministro de materiales críticos y tierras raras. Por otro lado, no hace falta recordar que China controla el procesamiento del litio, el cobalto y las tierras raras, lo que le otorga una posición dominante sobre insumos claves en la transición energética y digital y en la industria militar, que constituyen los ejes que articulan hoy las transformaciones productivas en Occidente.
En segundo lugar, el mundo se ha vuelto cada vez más multipolar a medida que el centro de gravedad económica se desplaza hacia Asia oriental. Los cambios en la estructura económica mundial, el declive de la economía de los Estados Unidos y el ascenso de la china (junto con la de otros países, como la India o Brasil) muestra bien a las claras cómo el viejo centro del capitalismo pierde peso relativo y relevancia en el conjunto mundial (Berzosa, 2026). La pugna de los EEUU con China por liderar la economía mundial será una de las principales claves en la comprensión de los próximos tiempos.
Finalmente, el campo tecnológico se presenta como uno de los principales frentes de batalla para quienes están impulsando este nuevo orden, tanto en el plano interno como en el plano internacional. Los tecnoligarcas han financiado la campaña de Trump y, a cambio, presionan para operar libres de regulaciones en Europa y otros países (sobre todo en actividades como la inteligencia artificial). También evidencian la fusión entre el poder económico y político. Las grandes tecnológicas es posible que terminen asumiendo funciones propias del Estado, particularmente en lo que se refiere a los sistemas educativos administrados por plataformas de aprendizaje automático, en los sistemas de salud gestionados por algoritmos predictivos, en tribunales digitales con bases de datos jurisprudenciales que, ayudadas de la inteligencia artificial, permitan resolver litigios en tiempo real, o asumiendo capacidades en los capítulos de defensa y seguridad nacional (Musk ya ha mostrado su influencia al desplegar su red de comunicaciones por satélites Starlink en Ucrania). Acemoglu y Johnson (2023) han resaltado el momento crítico que vivimos en cuanto a las relaciones de la tecnología con la democracia y la gobernanza internacional.
Ultimas consideraciones
La pérdida de hegemonía de los EEUU viene acompañada de su reafirmación imperial. El dominio internacional de una potencia suele tener como componentes el unilateralismo y la hegemonía. El unilateralismo encarna la facultad de configurar las reglas del juego en las relaciones internacionales en función de los propios intereses, pero la hegemonía significa además tener la capacidad de hacerlo sin recurrir a la fuerza, pudiendo apelar simplemente a la persuasión y presión política. Todo indica que el unilateralismo norteamericano ha dejado de sostenerse sobre la hegemonía y que, sin ella, no le cabe ya más recurso que apelar al lenguaje y a la lógica de la fuerza. El abandono de herramientas de soft power (como la Agencia Internacional para el Desarrollo, USAID) y la reclamación constante al incremento del gasto militar en Europa así lo ponen de manifiesto. El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, que se expande por Oriente Medio y amenaza con hundir a toda la región en el caos y golpear la economía mundial, se lleva a cabo en el momento más violento vivido desde la Guerra Fria.
En consecuencia, el orden emergente –sostenido sobre una nueva alianza de fracciones de clase y un nuevo consenso ideológico– presenta rasgos preocupantes en cuanto que parece encaminado, más que a afrontar los desafíos que tenemos planteados (con la crisis ecosocial en el centro), a cerrar las vías del multilateralismo y la democracia, deslizándose hacia formas de imposición unilateral y autoritarias –tanto en el interior de cada sociedad como en el plano internacional– que amenazan seriamente a la democracia y la paz.
Referencias bibliográficas
ACEMOGLU, Daron y JOHNSON, Simon (2023): Poder y progreso, Deusto.
ÁLVAREZ CANTALAPIEDRA, Santiago (2019): La gran encrucijada. Crisis ecosocial y cambio de paradigma, Ediciones HOAC.
ÁLVAREZ CANTALAPIEDRA, Santiago (2021): «Repensar la economía en la crisis ecosocial. Esbozos para una transición ecosocialista» Nuestra bandera nº 251 (segundo trimestre), pp. 33-44.
ÁLVAREZ CANTALAPIEDRA, Santiago (2025): «Orden imperial y amenazas a la paz y la democracia», Papeles de relaciones ecosociales y cambio global nº 169, FUHEM, pp. 5-11.
BERZOSA, Carlos (2026): «Los cambios en la estructura económica mundial y su influencia en la geopolítica internacional (II)», nuevatribuna.es [https://www.nuevatribuna.es/articulo/global/capitalismo-cambios-estructura-economia-mundial-geopolitica-internacional/20260224193252247348.html, 24 de febrero de 2026]
DUMÉNIL, Gérard y LÉVY, Dominique (2014): La gran bifurcación, Catarata/ FUHEM.
FRASER, Nancy (2012): «Reflexiones en torno a Polanyi y la actual crisis capitalista», Papeles de relaciones ecosociales y cambio global nº 118, FUHEM, pp. 13-28.
GERSTLE, Gary (2023): Auge y caída del orden neoliberal, Península.
MILANOVIĆ, Branko (2020): Capitalismo, nada más, Taurus.
MILANOVIĆ, Branko (2024): «The ideology of Donald J. Trump», Global Inequality and More 3.0 [https://branko2f7.substack.com/p/the-ideology-of-donald-j-trump, 12 de noviembre 2024]
PIKETTY, Thomas (2021): Breve historia de la igualdad, Deusto.
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