Neoliberalismo y posverdad: la batalla por el sentido común

Germán Llorca-Abad



Me gustaría comenzar este artículo llevándolos conmigo a un lugar común. Piensen en cualquier tipo de reunión familiar medianamente multitudinaria. Estos eventos, con frecuencia, suelen iniciarse con conversaciones intrascendentes, de esas que forman parte de una normalidad cotidiana: el último partido de liga de algún equipo de fútbol, el cambio en la dirección de tráfico de alguna calle conocida, o que han cerrado una tienda de las de toda la vida. Los temas van encadenándose fluidamente y con aparente suavidad. Sin embargo, en los últimos tiempos, en un momento determinado de esta deriva temática, siempre emerge una afirmación contundente: “Es que ya no se puede decir nada”. Y en un instante, aquellas personas que hablaban apaciblemente sobre lo bueno que estaba el cocido de la bisabuela Antonia, se enzarzan en una discusión de dimensiones épicas. Es cierto que a la controversia suele ayudar el hecho de que las bebidas espirituosas hayan relajado el ambiente, pero no es conditio sine qua non.

Por supuesto, ese “ya no se puede decir nada” se sustenta en la cabeza de quien lo prorrumpe en una supuesta confabulación, lanzada por los progre-rojos-comunistas-comeniños, que consiste en imponer su agenda electro-eco-gay-lesbiana-trans-feminazi a las personas de bien y de sentido común, que somos casi todOs, con una segunda O mayúscula, ¡cómo Dios manda! Porque todo el mundo sabe que a poco que nos descuidemos, incluso antes de que termine la reunión familiar en curso, los okupas nos expulsarán de nuestra casa. Y es un hecho indiscutible que no hay nada mejor que la sanidad privada, a pesar de que la sanidad pública la inventara Franco, que hizo cosas buenas. Y ¡qué Viva el Rey!, y ¡qué bien se vivía en los años ochenta cuando no era necesario ponerse el cinturón en el coche ni existían las botellas de plástico con el tapón fundido a la rosca! Todo esto pasa por culpa de los burócratas europeos, empeñados en prohibir la siesta, el jamón serrano y la paella; y, cómo no, de los inmigrantes, que solo vienen a darse la vida padre a costa de nuestros impuestos.

¿Cómo hemos llegado a esta situación en la que lo grotesco rivaliza con lo razonable? Yo no sé qué pensarán ustedes, pero esto de ningún modo es una exageración ni se da solo en reuniones familiares. Pasa con los amigos, en el trabajo y en el grupo de WhatsApp del colegio de nuestros hijos. Y nos queda la sensación de que, en situaciones como esta, que todas y todos hemos reconocido, se reflejan varios procesos transversales que son difíciles de aunar en una única explicación que conecte neoliberalismo y posverdad. Para hablar de este binomio, les propongo acercarnos a cuatro de los procesos mencionados y que podemos establecer como los pilares fundamentales que sostienen esta relación viciada. Los cuatro están interconectados, son interdependientes y configuran una aproximación simplificada de la que es la tesis principal de este artículo y que trataré de exponer más adelante.

El primer proceso tiene que ver con la imposibilidad de oponer ningún tipo de argumento racional frente a este tipo de exabruptos, porque los hechos han dejado de importar. Sí, progresivamente, los hechos están dejando de ser un elemento configurador de la realidad. No se trata de una cuestión menor, ya que no se salva casi nada: la efectividad de las vacunas, la esfericidad de la Tierra, o la culpabilidad del Estado de Israel en el genocidio que viene perpetrando en Palestina. En lo estrictamente político, la crisis de los hechos nos ha llevado a una suerte de futbolización de las discusiones: da igual que nuestro equipo juegue bien o mal, ya que siempre vamos a defenderlo, por encima de los argumentos. Por añadidura, a fin de fluidificar más esta última distorsión, sabemos que algún iluminado, o iluminada, inventó el término polarización. Un concepto que permite equiparar, y legitima como iguales, la opinión del energúmeno que propone hundir un barco lleno de niños y la de aquella persona que defiende esa idea loca de los Derechos Humanos

En segundo lugar y en conexión con el anterior, observamos un proceso que tiene que ver con una crisis sistémica y generalizada de nuestras comunidades imaginadas, tal y como las definiera Benedict Anderson: aquellas comunidades, generalmente asociadas a un Estado político, en las que existía un sentido de pertenencia compartido, porque se tenía en común una lengua, unos símbolos y unos relatos históricos que le daban sentido a nuestra identidad colectiva (que en algunos casos fueran comunidades imaginadas impuestas a sangre y fuego sería tema para otro artículo). Lo cierto es que la Globalización, de la que ya casi nadie habla, vino a romper para siempre las reglas de un equilibrio, precario y problemático como todos, pero equilibrio al fin y al cabo. ¿Por qué confiar en unas instituciones que están en crisis? La política, la justicia, la seguridad… todo se derrumba ante nuestros ojos sin que aparentemente pueda hacerse nada, porque la democracia ya no es un valor superior a otro tipo de regímenes más autoritarios.

El tercero de los procesos tiene que ver con la gestión del relato sobre la realidad que hacen los medios de comunicación. El periodismo, en tanto que práctica mediadora entre los hechos y la ciudadanía, vive inmerso en una profunda crisis existencial y de valores. Crisis espoleada por el cuarto de los procesos, que veremos a continuación, y que lo ha abocado a un abismo de confusión interesada por los poderes, sobre todo, económicos. Los medios eran la gran fábrica de los consensos, los que nos ayudaban a identificar y a identificarnos con nuestras comunidades imaginadas. Empujados a competir ferozmente contra las redes sociales en el mercado de la atención, ponen en práctica estrategias comunicativas que ultrajan sus propios principios informativos. Desconfíen de los medios que confunden pluralismo ideológico con mera contraposición de declaraciones, de los que mezclan la opinión con los hechos. Y tampoco olviden la máxima viriliana: el auténtico falseamiento de la realidad es aquel que trata de confundirla o equipararla con las noticias de actualidad.

El cuarto y último proceso de los que quiero hablarles tiene que ver con las características particulares de nuestra realidad tecnológico-comunicativa. Piense un momento en lo siguiente: ¿Cuál es su dieta comunicativa-informativa? ¿Qué es lo primero que hace al levantarse por la mañana? ¿Consulta su canal de Telegram? ¿Lee los titulares de La Cope, o son de La SER? ¿Quiénes le aconsejan esto o lo otro en Instagram, TikTok o Facebook? ¿Quiénes son sus fuentes de credibilidad? ¿Es de los que se deja incendiar con las soflamas de Susanna Griso, con las de Antonio Ferreras, o con las de Risto Mejide? ¿Es usted consciente de la importancia de contextualizar los hechos? Pues eso es exactamente lo que pasa: millones y millones de personas no tienen ni la más remota idea de cómo todos estos pequeños gestos tienen una incidencia decisiva en los desórdenes informativos del siglo XXI. Nuestros hábitos informativos se dan en un contexto de inmediatez, de sobreinformación y autoridades múltiples. Nuestras rutinas aceleradas y superficiales no nos permiten procesar convenientemente el alud de datos y detalles que nos asaltan a cada instante. ¿Nos ha llevado esto a ser más cautos, o más radicales, a la hora de opinar? Juzguen ustedes.

Como les avanzaba líneas atrás, tenemos una tesis principal de adónde nos lleva esta conjunción de variables. Y esta tesis es que, poco a poco, se nos está devolviendo a una suerte de Edad Media tecnificada en la que el sistema económico (neoliberalismo) nos empuja a un escenario de incertidumbre y confusión (posverdad) de la que se benefician solo unos pocos. Sí, la Edad Media; la edad, entre otras muchas cosas, del aislamiento comunicativo, del oscurantismo, de la superstición, de la peste bubónica y en realidad, la que fue Edad de Oro de quienes sabiéndose inmunes a cualquier tipo de castigo, en este o en el otro mundo, actuaban con completa impunidad sobre y contra la vida de quienes estaban por debajo de ellos en los azares de la vida. Esto sí es la polarización real, la que se da en estado puro, la de la sociedad de las turbas enfurecidas y de la más absoluta incomunicación. Nuestros sistemas democráticos no han sabido resolver la convivencia entre los intereses de la mayoría y los intereses de la minoría. Hoy, más que nunca, urge dirigir los análisis hacia la crítica de una situación que beneficia, casualmente, a los ricos entre los ricos: a una élite mundial tecnodeterminista de milmillonarios que terminará haciéndonos creer que el fuego no quema, o que el agua no moja, si con eso salvan su posición de ventaja estructural.

Quien les escribe ha vivido el azar de ser un privilegiado que, desde ese privilegio, tuvo la suerte de que su familia pudiera permitirse pagarle unos estudios universitarios en comunicación audiovisual. En aquellos años, varios eones antes de que existieran Netflix, las hipotecas inversas o el “cruapán”, leíamos con avidez aquel extenso artículo de Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique titulado: Informarse, cuesta. Informarse costaba y sigue costando: en primer lugar, porque es necesario invertir una cantidad de tiempo y de esfuerzo que, como les decía, en el contexto tecnológico-comunicativo actual resulta cada vez más difícil. Tenemos acceso a más información de la que somos capaces de digerir, porque cada vez tenemos menos tiempo para hacerlo, o porque no prestamos la suficiente atención. Es por ello que estamos enfermos de información, como diría Todd Gitlin (también nos gusta el concepto de infoxicados, de Alfons Cornella). En segundo lugar, porque las tecnologías de la comunicación absorben toda nuestra capacidad de discernimiento racional en un torrente inagotable de luz en el que miles de imágenes, vídeos y textos inconexos entre sí nos desenchufan de la experiencia real, inmediata en el sentido de no intermediada, y del contacto real con las otras personas. 

Sí, paradójicamente, estamos en el camino de vuelta a la Edad Media comunicativa. Con nuestros smartphones conectados 24 horas a los datos, nuestros televisores sintonizados con HBO, con nuestros smartwatches que miden hasta el número de veces que respiramos y una miríada de dispositivos que nos distraen de lo que es auténticamente importante. Como decía Schopenhauer (que, dicho sea de paso, era bastante misógino), “no hay realidad sin voluntad de representación” y en esta encrucijada de la Historia, cuando más interconectados estamos, resulta cada vez más difícil, sorprendentemente, establecer una conversación verdadera. Michel Foucault explicó que los discursos están atravesados por relaciones de poder, porque es el poder el que los genera. Creo que a los que están congregados en este texto, no se les escapa que estamos muy lejos de que la comunicación humana se base en la voluntad que deberían tener dos interlocutores por entenderse profundamente.

Si bien la ideología neoliberal, la del individualismo llevado al extremo-centro, ha sufrido algún revés en los últimos tiempos, hasta el punto de que el mismísimo Francis Fukuyama, inventor de los Finales de la Historia y de las Ideologías, dijo recientemente que “igual nos habíamos excedido en dicha interpretación”; sufrimos un síndrome de antipatía. “Antipatía” que, en este contexto, lejos de tener el significado que le atribuimos coloquialmente, se erige como antónimo de “empatía”, término con el que conecta etimológicamente. Sencillamente, cada vez nos cuesta más identificarnos con los demás, porque hemos perdido la posibilidad de definir en comunidad qué significado profundo tienen nuestros consensos más elementales.

Quizá esto es, como ha dicho Žižek, porque precisamente esta crisis del capitalismo tardío ha sido provocada por un desorden nihilista y la reproducción hedonista de nuestras sociedades. Es decir, bajo la apariencia de una libertad sin límites, se nos pide una sumisión absoluta, en cuya falta de profundidad reflexiva encuentran un campo abonado los populismos y los fundamentalismos alimentados por el neoliberalismo más salvaje y la extrema derecha. Actuamos, dice Žižek, como si fuéramos libres y decidiéramos libremente, pero en silencio no solo aceptamos sino que exigimos, que un mandato invisible, inserto en la mismísima forma de nuestra libertad de expresión, nos diga qué hacer y qué pensar. Dicho de otro modo: es como si, ante tanta confusión, necesitáramos una versión ultra-simplificada de la realidad y de los hechos para sentir algún tipo de sensación reconfortante, puesto que ya no hallamos esperanza ni certezas de emancipación en el futuro. Y en esto, en la creación de una neolengua despolitizada de etiquetas vacías de sentido que supuestamente explican la complejidad de la realidad, los señoros neomedievales son únicos. La supuesta normalidad de los desastres que genera el turbo-capitalismo desbocado son: el coworking, el coliving, el cocooning, el nesting, el freeganism, los doers, el me-time, Deliveroo, Uber y Elon Musk, que es un genio.

Les haré ahora, aleatoriamente, algunas preguntas más a propósito de unos temas recurrentes: ¿por qué hay quien se rebela por estupideces sin base ni sentido como “es que ya no se puede decir nada” y no se indigna ante la petición de ciertos representantes sociales de alargar la edad de jubilación hasta los 70 años, como si viviéramos en una novela de Charles Dickens? ¿Cómo es posible que no surja la indignación frente a tantas situaciones de profunda injusticia social? ¿Cómo es posible que hayamos perdido, si es que la hubo en algún momento, la capacidad de identificarnos en un sentido humano de relación con y en el otro? De nuevo, déjenme que haga la analogía con la Edad Media: sacrificio, sufrimiento, aceptación de un orden estamental, jerárquico y determinista, porque “no puede ser de otra manera”; porque “no puede cambiarse”; porque “siempre ha sido así”. Es como si no hubiera existido nunca, al menos como una frágil ilusión de posibilidad, aquella idea de emancipación. Y esto es porque la producción y difusión de los discursos sobre la realidad está en manos de mercenarios sin escrúpulos. A modo de anécdota, Bob Black escribió en 1985 aquel provocativo libelo llamado La abolición del trabajo. Dudo que hoy tuviera la acogida que se le dispensó entonces.

Llegados a este punto, tras este genial diagnóstico que, seguramente con matices, es compartido por muchos de ustedes, me preguntarán: y ¿cuál es la solución? ¿Cómo evitar entrar de nuevo en la Edad Media? Yo les propongo dos tipos de solución: una de carácter individual y otra de carácter colectivo. Ambas tienen un requisito previo y es que levanten la mirada del teléfono de vez en cuando. La primera solución es cargarse de paciencia y hacer pedagogía, pero de la buena. Cuando en una reunión familiar, o en cualquier otro contexto, alguien diga eso de que “ya no se puede hablar de nada”, hagan una pausa mental, respiren hondo tres o cuatro veces y prepárense para el enfrentamiento dialéctico. Recuerden que quien lo ha dicho seguramente sufre de ceguera voluntaria, de un desorden de picnolepsia, o que se informa solo con los NO-DO de Vicente Vallés. Acto seguido, le dan razón. Le dicen que, efectivamente, es imposible hablar de ciertos temas en nuestras conversaciones diarias. Le reafirman en su más que probable percepción de que una mano invisible es la responsable de que esto sea así. Y lo tranquilizan. Díganle: ¡estamos todos en el mismo barco!

Acto seguido, teatralizándolo convenientemente como usted entienda, le proponen alguno de esos temas de los que está prohibido hablar. Estos son algunos de mis preferidos, pero pueden añadir el que deseen (dense cuenta de que se trata de temas asentados en números, que es lo más parecido a un hecho con lo que podemos contar, todos ellos son fácilmente rastreables y contrastables. Infórmense bien y en profusión de detalles para poderlos abordar):

– La evasión fiscal y la corrupción nos cuestan 90.000 millones de euros anuales a los españoles, prácticamente la cantidad a la que asciende toda (TODA) la atención médico-sanitaria prestada por la Seguridad Social.

– Los 30.000 bebés robados durante la dictadura y primeros años de la transición al amparo de una de las instituciones más corruptas que existen en este país. Paco Lobatón ha relatado en múltiples ocasiones que su exitoso programa televisivo, Quién sabe dónde, fue cancelado cuando comenzaron a abordar los casos de los niños robados durante el franquismo.

– Hablando de la iglesia católica, comenten que en un reciente informe de 2023 se cifran en 100.000 las denuncias por violación o abusos sexuales perpetrados en su seno en todo el mundo.

– También pueden hablar de que vivimos en un Estado cuyo ex-jefe, evadido en un paraíso de oriente medio, por motivos que desconocemos, entregó 65 millones de euros, supuestamente de dinero público, a una señora llamada Corinna Larsen.

– Pueden mencionar el horror y el trauma que ha supuesto la muerte de 230 personas en las lluvias torrenciales de la DANA, que asoló la provincia de Valencia el 29 octubre de 2024. En el momento de escribir estas líneas, no sabemos aún quiénes fueron los responsables de la nefasta gestión político-administrativa del desastre, porque aún estamos esperando que una instrucción judicial aclare los hechos.

– En relación con el tema anterior, pueden mencionar todos los estragos que sean capaces de recordar vinculados al cambio climático.

– Propongan hablar del informe de Oxfam de 2023 en el que se detalla cómo en los últimos 5 años, la riqueza del mundo está peor distribuida y que el 1% más rico ha acaparado dos terceras partes de la riqueza generada en ese periodo.

– También pueden mencionar que mientras siguen surgiendo propuestas de alargar la edad de jubilación a los 70 o 72 años, informes como el de 2017 de la consultora McKinsey, nada sospechosa de veleidades izquierdosas, detalla cómo en 2030 la inteligencia artificial y la automatización habrán substituido a un 20% de toda la mano de obra a nivel mundial.

– Los archivos del pederasta Epstein, las decenas de miles de niños y personas asesinadas impunemente por Israel en Palestina, el encarcelamiento arbitrario de raperos, periodistas y artistas, el escándalo de las mamografías en Andalucía, las 1.000 vidas que se cobra al año el Mar Mediterráneo de personas que simplemente tratan de huir del infierno en la Tierra… elijan; elijan cualquier tema sobre los que “ya no se puede decir nada” y disfruten del debate.

La segunda solución que les propongo es que recuperen la conversación. Recuerden a Foucault. Recuerden lo que significan todos los ideales modernos que han envejecido mal como la educación, la justicia, los derechos humanos, la solidaridad, la equidad, o la justicia social y que hay que volver a poner en valor. Recuerden todo eso y hagan política según la acepción número 9 del diccionario online de la Real Academia Española (RAE): f. Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo. “De cualquier otro modo”: en su comunidad de vecinos, en su club deportivo, o también en las reuniones familiares. Involúcrense políticamente  y hagan pedagogía. Y si no son de involucrarse en un nivel que exija mucho compromiso, al menos recuerden todo esto cuando vayan que votar. Porque no, todos los políticos no son iguales.

Por último y siempre, de vez en cuando, levanten la mirada de la pantalla de sus teléfonos. El semiótico y filósofo italiano Umberto Eco, en una de las últimas entrevistas que concedió antes de morir, dijo que las redes sociales solo habían dado el derecho de hablar a “legiones de idiotas”, en lo que consideró una “invasión de imbéciles”. En una referencia menos erudita, el cómico británico Ricky Gervais nos recordaba hace poco en uno de sus monólogos, que aún es necesario poner grandes etiquetas en las botellas de lejía en las que diga “no beber”. Establezcan la conexión entre las dos declaraciones y saquen sus propias conclusiones. Y quedémonos con otro hecho que emerge, muy de vez en cuando, entre todos los vídeos que encontramos en Internet. Un vídeo en el que el filósofo cristiano José Antonio Marina nos pone ante el espejo de nuestro propio sentido común: “El hecho de que exista la ‘libertad de expresión’ no significa para nada que todas las opiniones sean igual de respetables”.

Muchas gracias por haber llegado hasta aquí.

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